Escribe
RODOLFO LEIRO
En
un contexto general, las interpretaciones
de Carlos Gardel, aún de aquellas
canciones que aparecían como de poco
mérito, pueden considerarse de las
más brillantes de todos los tiempos
en el espectro del canto Argentino.
Como
he sido un “Gardeliano” casi
insolente por lo fanático, ya que
la película del sello “Paramount”,
“El día que me quieras”,
fue la primera que vi de Carlos Gardel,
junto con varios amigos del barrio “El
Picaflor” de mi ciudad natal, Junín,
en la Provincia de Buenos Aires., en el
hoy desaparecido cine “Cristal Palace”.
Y
si se me permite una pequeña digresión,
en este Cine Teatro “Cristal Palace”,
en 1933 cantó don Carlos Gardel.
Terminada
la función, el zorzal criollo se
encontró con una multitud en la calle
y al preguntar acerca de tanta presencia,
mucho mas de las que había dentro
del Teatro - Cine (un peso era mucha plata),
le dijeron: son los que no pudieron pagar
entrada, Carlos...
Y
allí, en plena calle, don Carlos
Gardel ejecutó, a capella, varios
canciones para aquellos que no habían
podido ingresar al teatro, pero que deseaban
aunque fuere, simplemente, verlo.....
Pido
disculpas y continúo con “Sus
ojos se cerraron”.
Esta
canción caló muy hondo en
mi espíritu bohemio, en mi carácter
poético y la he visto tantas veces
que, ¡quiero volver a escucharla en
la película!..
En
mi concepto y en el de tantos otros, la
mejor interpretación de Don Carlos,
aunque cierta gente se inclina por “Volver”,
“Cuesta abajo”, y “Tomo
y obligo”. .
Sobre
esta última, “Tomo y obligo”,
Gardel la interpreta un día que no
estaba dispuesto a filmar y que fue presionado
para que la interpretara.....
¡Como
hubiere sido un día en que estaba
dispuesto!
Hoy
voy a referirme a la letra de “Sus
ojos se cerraron”, donde Alfredo Le
Pera le da la oportunidad a don Carlos de
lucirse en un momento de la película
de intenso dramatismo, que don Carlos conjuga
con su incomparable arte de cantor, de actor,
de pionero, casi diría que de profeta
de la vida del Tango.
Y
es que la letra, en uno de sus paisajes,
acuña una verdad que pareciera esmaltarse
en las paredes de un recinto funerario,
cuando nos dice, desde el pupitre magistral
que lo consagra:
“...yo
se que ahora vendrán caras extrañas,
con su limosna de alivio a mi tormento...todo
es mentira...mentira ese lamento...¡hoy
está solo mi corazón!”
Tal
vez nadie mejor que el suscripto para aseverarlo,
en el momento despótico y terrible
en que empujé el ataúd para
que entrara al crematorio el cadáver
de la que fue mi hija, Susana Beatriz Leiro...
Y hoy sigue estando solo
mi viejo corazón....
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