OSVALDO SORIANO
A
diez años de un largo adiós
Por Francisco N. Juárez
El próximo
lunes 29 de enero, una breve ceremonia en el
Cementerio de la Chacarita evocará al
consagrado escritor frente al nuevo sepulcro
que recientemente le destinó el gobierno
de la ciudad de Buenos Aires.
El decreto 1201
del gobierno de la ciudad de Buenos Aires del
23 de agosto pasado asignó un triángulo
del Cementerio de la Chacarita –sin bóvedas
ni tumbas, pero arbolado con añosos eucaliptos–
para el nuevo emplazamiento de los restos mortales
de Osvaldo Soriano, sepulcro que quedará
inaugurado el próximo lunes 29 a las
11 (hora a confirmar) durante una breve ceremonia
a la que, según lo programado, asistirá
su viuda Catherine Boucher y Manuel, el hijo
de ambos, además de colegas y amigos
del periodista y escritor, altas autoridades
comunales, representantes de las distintas manifestaciones
del mundo cultural y popular, sus fieles lectores
y seguidores que también lo son de su
amado San Lorenzo de Almagro. En la misma fecha,
canal (á) emitirá un programa
especial dedicado a su memoria que grabó
la producción de Román Lejtman.
Ese día
se cumplirá una década desde que,
a los 54 años, Osvaldo Soriano emprendió
su viaje definitivo. Pero en realidad se quedó
entre nosotros. Como hacía en sus pocas,
trasnochadas, pero memorables visitas a sus
amigos más íntimos, se apoltronó
sin pudor por su leve obesidad y ese proverbial
desdén que mantuvo por toda pituquería
(cierta vez, exigido por un acto protocolar,
pidió un traje y partió de casa
brotado de tics y muecas de incomodidad anudándose
malhumorado la corbata frente al espejo del
ascensor).
Con mejores humores y su charla
amena, quedó instalado no sólo
en la memoria de quienes compartimos con él
casi treinta años de amistad, redacciones,
viajes, bohemia y la vigilia del último
tramo de su agonía, sino que su figura
–y sobre todo sus libros– pasó
a ser la pertenencia de millares de lectores
de buena parte del planeta. Para siempre y en
todos los idiomas.
Plantado frente a la
computadora, releyendo los últimos párrafos
y maldiciéndose por los errores cometidos,
distribuía a ciegas caricias alternativas
a su propia calvicie, a algún gato trepado
a su falda o a la rubia cabeza del pequeño
Manuel, ahora a punto de cumplir diecisiete
años.
Los resultados
impresos demuestran que Soriano se ingenió
ya desde su magro celibato para reclutar esa
inmensa legión de seducidos por el desparpajo
atrapante de su prosa o las imágenes
sugeridas por los personajes novelescos tan
impredecibles y a la vez hechos a la medida,
audaz y atropellada, con que treparon a la pantalla
de la cinematografía nativa.
Periodista implacable y polémico, narrador
cautivante, novelista que ganó la indiferencia
académica y el desdén de cierta
crítica, pero abrumadoramente exitoso,
sobrevive en la seguridad de que ya "no
habrá más pena ni olvido"
porque su "triste, solitario y final"
no acongoja sino que lo resucita por cada página
suya, agigantado.
Sobrevive y reina
desde una sonrisa socarrona y el habano enarbolado
en una mano, aunque él haya sucumbido
en la guerra del tabaco, y porque los humos
que le dictaron la sentencia jamás se
le subieron a la cabeza, esa soberana redondez,
cobija de sus ideas claras y nada vacilantes,
por ejemplo, en la condena a la dictadura militar
o en los oprobios que encontró en la
historia no contada del Mayo inicial y revolucionario,
cabeza o techo calvo brillante para guarecer
tanto ingenio retratado en los diálogos
desopilantes de los protagonistas de sus libros.
Todo eso porque, desinhibido y a todo riesgo,
él mismo se había planteado desde
el vamos su futuro de escritor diferente, mezclándose
como protagonista junto al detective Philip
Marlowe de su primera novela, tomado a préstamo
de las de trama policial del reverenciado Raymond
Chandler.
Cauteloso con
los "mufas" y cabalero desde el paraíso
de los gatos, como el pequeño maullador
Pulqui de su infancia, pasando por el Negro
Vení parisino –luego aporteñado–
y la Chiruza, gata que daba el visto bueno a
lo por él escrito sentándose sobre
las nuevas carillas (o que reprobaba arañándolas),
resultó un aprovechado observador durante
la vida itinerante de la familia, siempre en
pos de los destinos laborales de su padre. Desde
la oceánica Mar del Plata de su nacimiento,
la Cipolletti irrigada por acequias y goles
cabeceados como centro delantero adolescente,
y la serrana Tandil de la juventud, escenario
de sus escarceos de cineasta nonato y periodista
por entonces intermitente.
En la casa de Janville-Juine en las afueras
de París que el Gordo no conoció
y en donde ahora viven Catherine y Manuel, sobrevive
Pirulín, uno de los tres gatos que compartieron
los últimos días de Soriano en
su casa de Palermo Viejo.
Para él,
que deambuló de chico con su familia
por distintos confines del país y más
tarde por el mundo, como periodista y luego
como exiliado, ésta será su última
mudanza para un descanso de sosegado entorno
verde. Es cierto que los cementerios nunca le
cayeron mal y solía recorrer el de Père-Lachaise,
donde se inspiró para iniciar la trama
de su imaginado espía Julio Carré,
el protagonista de El ojo de la patria, que
conocía de memoria el recorrido entre
tumbas de famosos. Un Carré que saludaba
a Oscar Wilde, le confesaba a Chopin que le
habían robado sus discos y le pedía
disculpas a Balzac por no haberlo leído
jamás. Un Carré que vio construir
su propia tumba y le pareció un lugar
sereno y acogedor, como ahora le parecería
a Soriano la suya.
Francisco N. Juárez
(Nota enviada por Graciela Chajud)
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