La
sucesión de hechos delictivos que
afectan a todo tipo de comercios, grandes
o pequeños, causa gran preocupación,
no sólo en este vecindario, sino
en toda la ciudad.
Ya
se ha convertido en paisaje permanente el
enrejado del frente de los locales y la
atención a través de pequeñas
aberturas; o la puerta cerrada con llave
y abierta únicamente al cliente conocido.
En muchos casos se ha cambiado el horario
de atención al público, haciéndose
más largo el cierre temporario del
mediodía para evitar las primeras
horas de la tarde, aprovechada ahora también
para la comisión de delitos. Y por
supuesto, anticipando las de cierre nocturno.
Existen casos,
los conocemos y alguna vez la crónica
policial los ha registrado, de comercios
que sufrieron dos robos en un día.
En el caso de los pequeños locales,
con un solo propietario, se les roba la
recaudación esfuerzo del día,
haciéndole difícil luego la
reposición de las mercaderías.
La ola delictiva también alejó
a los miembros de las familias, ya que por
prevención esposas e hijos quedan
muchas veces en sus domicilios. Sería
largo enumerar las versiones recibidas con
la descripción de las distintas formas
operativas.
La inseguridad
es tanta que los restaurantes de noche tienen
todos vigilancia policial, las empresas
de seguridad privada crecen a la par de
los delitos y es costumbre ya ver los particulares
uniformados en las puertas o en sectores
estratégicos de los locales.
Si hasta los
parques públicos y las esculturas
emplazadas en la Av. Boedo han sido enrejadas.
Esperamos un tiempo en que Buenos Aires
llegue a tener su propia policía
y podamos exigirle a quienes la gobiernan
una especial dedicación al tema de
la seguridad, visto que la Nación
aparentemente es incapaz de brindar la protección
que el ciudadano merece.
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