El
15 de marzo próximo se cumplirán
35 años del fallecimiento de Leónidas
Barletta, cuyo nombre y personalidad es
evocado en una de las esquinas más
tradicionales del barrio de Boedo, en la
capital argentina, la intersección
suroeste de Av. Boedo y Pasaje San Ignacio,
que fue bautizada con el nombre del escritor
el 30 de agosto de 1902, al cumplirse el
centenario de su nacimiento. La Junta de
Estudios Históricos del Barrio de
Boedo, fiel custodio del acervo cultural
de ese vecindario fue promotora del homenaje
tributado en la ocasión, con el auspicio
de las autoridades de la ciudad.
Desde este pequeño lugar en la inmensa
red de conocimientos que nos ofrece Internet
, www.nuevociclo.com.ar quiere dejar testimonio
de su admiración y respeto por el
reconocido hombre de letras, para lo cual
tomará prestado de la inmensa bibliografía
existente sobre Leónidas Barletta,
las páginas escritas por quien fue,
seguramente, el último de los grandes
historiadores que tuvo el teatro argentino,
Don Luís Ordaz, que en 1992 testimonió
sobre su gran amigo, Leónidas Barletta,
en la víspera del que hubiera sido
el cumpleaños 90 del creador del
Teatro del Pueblo.
Aníbal Lomba;
Boedo, febrero 2010
Voy
a limitarme a tratar a Leónidas Barletta
como "hombre de teatro" porque su
personalidad era sumamente rica y abarcaba
planos muy diversos, no sólo en lo
político-social, sino también
como promotor y militante activo de una intensa
brega artístico-cultural. Tan era así
que, hace cinco años, a comienzos de
abril de 1987, el Instituto "Amigos de
Aníbal Ponce" rindió homenaje
a Barletta, en la XIII Feria Nacional del
Libro, poniendo de relieve su labor en las
distintas áreas en las que, durante
más de medio siglo, participó
tercamente y con una capacidad de lucha asombrosa.
En dicha ocasión, y para dar una muestra,
apenas, de la dedicación sobresaliente
e incansable de Barletta, se conformó
un programa durante el cual Sebastián
Ávalos Noguera se refirió a
Barletta "periodista"; Raúl
Larra, su amigo y biógrafo, destacó
"el hombre"; el fiscal de la Nación
Ricardo Molinas, "el ser político";
Onofre Lovero, "el creador de Nuestro
Teatro Independiente", y yo me ocupé,
en pocos trazos, de "Barletta y el teatro".
Teniendo como presentador a Mario Giusti,
el acto se completó con Inda Ledesma,
quien leyó un cuento de Barletta y,
entre otros participantes, Osvaldo Dragún
señaló que el recién
creado Teatro de la Campana retomaba la lucha
artístico-cultural del veterano Teatro
del Pueblo, rememorando su histórico
logotipo y ocupando su antiguo local en el
subsuelo legendario de la Diagonal Norte 943,
de nuestra ciudad.
En esta circunstancia, y aprovechando la cordial
invitación de esta Fundación
"Cesar Pennetti", alentada y conducida
por ese trabajador de nuestra cultura popular
con inquietud y jerarquía que es el
buen amigo Clemente, podré extenderme
algo más.
De cualquier manera, la elección de
esta charla tiene para mi dos motivaciones.
La primera es que en el día de mañana,
de tenerlo entre nosotros, Leónidas
Barletta cumpliría 90 años,
dado que había nacido en una "casa
pobre de barrio rico" (eran sus palabras),
allá por Libertad y Arenales, en la
zona Norte, el 30 de agosto de 1902, y falleció
en nuestra ciudad de Buenos Aires, el 15 de
marzo de 1975.
La segunda motivación parte de algo
sumamente personal. Por tareas realizadas
sobre la historia de nuestro teatro, he recibido
varios lauros que estimo y valoro mucho, pero
ninguno tiene para mí -y lo confié
cuando me lo entregaron- la trascendencia
entrañable del que, a fines del año
pasado, me otorgó la Fundación
Cultural Universitaria Nacional que lleva
el nombre, precisamente, de Premio Leónidas
Barletta.
Y, ahora sí, entro en el tema.
En 1931, luego de presentarse en la sala
de la Wagneriana (Florida 936), el Teatro
del Pueblo, fundado por los últimos
días del año anterior, se
instaló en un cuchitril de la calle
Corrientes angosta 465, número que,
en la actualidad, corresponde a un edificio
moderno de más de diez pisos.
Por ese mismo tiempo y durante los tres
años siguientes, en una lechería
que existía a pocos pasos del local,
por la misma vereda hacia el bajo, me reunía
habitualmente con algunos amigos desbordantes
de ensoñaciones líricas -varios
se sentían poetas- con los que, finalmente,
organizamos el "grupo claridad"
(en minúscula, en nuestra ingenua
rebeldía), bajo la incitación
del "grupo" creado en París
por Henri Barbusse, nada menos. Nos encontrábamos
allí porque varios de los amigos
eran "mensajeros en bicicleta"
de la Western Unión, empresa telegráfica
internacional que se hallaba muy cerca (creo
que aún se encuentra en dicho lugar),
en la calle San Martín, entre Corrientes
y Sarmiento. Sólo uno de esos pichones
de poeta -el recordado José Rodríguez
Itoíz, ser angelical que nos dejara
en plena madurez- vivía en Lanús
Oeste, y todos los demás éramos
de la Capital Federal. Sin embargo, una
vez constituido el "grupo" establecimos
nuestra sede en la casa de Rodríguez
Itoíz (Bueguerestain 3725, en pleno
despoblado) y hacia allí viajábamos
en tranvía todos los sábados,
y algún domingo, para realizar actos
artísticos y culturales por toda
la zona de Lanús, este y oeste, en
los clubes de barrio, agrupaciones vecinales,
etc., en donde se desarrollaban programas
con conferencias, recitados de poemas, debates,
exposiciones de pintura, etc.
Fue en aquella lechería porteña
de la calle Corrientes angosta, al promediar
el 400 que, por la cercanía, fuimos
entrando en contacto e intimando con los
integrantes del Teatro del Pueblo y, por
supuesto, con Leónidas Barletta quien,
no como leyenda pintoresca sino como realidad,
y doy fe de ello, se colocaba en la puerta
del teatro agitando una gran campana de
bronce mientras hablaba. En ocasiones, la
gente se acercaba para oir lo que proclamaba
el pregonero a campanazo limpio. Otras veces,
por el contrario, se veía a los transeúntes
abandonar asustados y presurosos la vereda
donde se hallaba el "mancebo compañero"
-como pudo habérsele ocurrido decir
a nuestro Roberto Arlt- , para esquivar
a quien, entre los tañidos, invitaba
a penetrar en el sucucho y asistir al espectáculo
teatral que estaba por comenzar, por sólo
veinte centavos. O gratis, si al candidato,
al que se tomaba del brazo con toda campechanía,
insinuaba algún reparo por el importe.
El caso fue que los integrantes del "grupo
claridad" lanusense nos convertimos
en fieles asistentes a sus funciones. Recuerdo,
a lo largo de esos tres primeros años
de lechería a las actrices Rosita
y Celia Eresky, Josefa Goldar, Ana Grinspun
(luego Anita Grin), y a los actores Joaquín
Pérez Fernández, Pascual Naccarati,
José Veneziani, Hugo D'Evieri, Juan
Eresky y Tomás Migliacci (que figuraba
como auxiliar), entre otros. Recuerdo, asimismo,
a Alvaro Sol, novelista y autor teatral;
a Manuel Aguiar, que creaba escenografías
estupendas para el reducido tabladillo;
a los plásticos Facio Hebéquer
y Abraham Vigo; a los ya por entonces maestros
a nuestros ojos el sereno y patriarcal Álvaro
Yunque y el narrador vigoroso Elías
Castelnuovo.
Por la frecuentación que teníamos
con los artistas del Teatro del Pueblo,
logramos que un sábado el elenco
fuera en pleno, generosamente, hasta Lanús,
con Leónidas Barletta al frente,
para hablar y ofrecer su espectáculo
en uno de nuestros actos artísticos-culturales.
Nos identificábamos tanto con la
brega del Teatro del Pueblo, hasta hacerla
nuestra, que cuando en abril de 1934 conseguimos
editar, con mucho sudor y la credibilidad
de un imprentero bohemio de la zona, un
periódico al que llamamos "fibra"
-también en minúscula, claro-,
mi primer artículo, no ya sólo
de ese número inicial sino también
de mi labor periodística, lo dediqué
por entero al Teatro del Pueblo. Lo titulé
"Arte y voluntad" y lo encabezaba
un agudo y hermoso pensamiento de Álvaro
Yung que decía: "El diamante
es un vidrio con voluntad". En el número
siguiente publicamos un trabajo del propio
Barletta sobre "El arte y nuestras
ideas sociales".
Vuelvo a aquel primer artículo periodístico
mío, en el que, al reseñar
la labor que estaba cumpliendo el elenco
de Barletta, registraba los espectáculos
que se habían ido ofreciendo. Allí
figuraban desde "Mientras dan las seis",
de los poetas Eduardo González Lanuza
y Amado Villar, y "Títeres de
pies ligeros", del recio ensayista
Ezequiel Martínez Estrada, hasta
"El humillado", de Roberto Arlt
(que era un capítulo de su novela
recientemente laureada, "Los siete
locos") y "Temístocles
en Salamina", sátira política
de Román Gómez Masía,
entre los autores nacionales; y desde "Aulularia",
del latino Plauto; "Los bastidores
del alma", del ruso Nicolás
Evréinov, e "Intimidad",
del francés Pellerin, hasta "El
horroroso crimen de Peñaranda del
campo", del español Pío
Baroja y "El Emperador Jones",
del norteamericano Eggenio O'Neill, en lo
referido al repertorio universal de todas
las épocas.
Los pocos títulos consignados y sus
autores pueden ir dando una idea de cuales
eran los propósitos que se perseguían
al luchar por un teatro popular que revalorizara
nuestra escena, subalternizada por la explotación
comercial de la que estaba siendo objeto.
Al llegar a este punto, creo oportuno rebobinar
y proponer un par de preguntas que puedan
ser claves para poder seguir adelante. ¿De
dónde salía el Teatro del
Pueblo? y ¿Quién era Leónidas
Barletta?. Procuraré hilvanar los
tramos de historia que desembocan en el
"movimiento de teatros independientes",
a partir de la cuarta década del
siglo que renovó y revitalizó
nuestra escena, en todos los niveles hasta,
a través de varias etapas, singulares
todas ellas, llegar sus resultados e influencias
hasta estos días.
Todo empezó con el grupo llamado
de "Boedo" (porque ocupaba un
cuartucho en dicha barriada sur de la ciudad)
que entró en conflicto, o no, con
el denominado grupo "Florida"
(por tener su refugio literario en esa arteria
elegante y central de la urbe), Los dos
núcleos presentaban actitudes que
podían estimarse igualmente como
revolucionarias. La diferencia, fundamental
para el caso, estribaba en que mientras
los de "Florida" eran rebeldes
en estética y se sentían ocupando
una avanzada estrictamente literaria, los
de "Boedo", eran disconformes
ideológicos y se empeñaban
en impulsar la Revolución Social,
ya triunfante, por entonces, en la antigua
Rusia de los Zares. Las diferencias no desaparecerían
nunca, pero algunas aristas cortantes se
irían limando con los años,
y los integrantes de ambos grupos se encontrarían
precisamente compartiendo las carteleras
del Teatro del Pueblo. Mientras los de "Boedo"
creían firmemente y bregaban por
un teatro popular, los de "Florida",
cuando asomaba en ello la inquietud escénica,
sólo aspiraban a lograr un escenario
de arte, aunque sospechando, que por el
momento, y debido a supuestas carencias
en la materia, no podía ni pensarse
en ello. La opinión aparecía
en la revista Martín Fierro que editaba
el grupo "Florida". En el número
17, de mayo de 1925, Sandro Piantanida publicó
un artículo titulado "Teatro
de poesía", en el que daba cuenta
de las experiencias que se estaban cumpliendo
en Europa ("desde hace treinta años,
en Mónaco, Berlín, Ginebra,
Moscú y Roma") y, como síntesis,
descartaba que, a corto plazo, pudieran
ser interpretados los autores clásicos
por elencos nuestros con tal capacidad.
¿Podéis imaginar -puntualizaba
y se preguntaba- un drama griego o una comedia
de Plauto desenvolviéndose sobre
las tablas de cualquiera de nuestras escenas?"
Además, y para ir a lo sustancial,
según el citado Piantanida sólo
podía pensarse en un tablado de arte
para satisfacer las necesidades de cierta
elite intelectual. En cambio, los del grupo
"Boedo" mostraban desde el comienzo,
gran interés por un teatro de calidad,
crítico y con fuertes resonancias
populares. Por eso bien pronto, y mucho
antes de que hubiera podido imaginarlo Piantanida,
Barletta, en su Teatro del Pueblo, llevó
a escena no sólo a Sófocles
y a Plauto, sino también a Shakespeare,
entre los aportes que he reseñado
algo más arriba.
En el grupo "Florida" se encontraban
intelectuales como Evar Méndez, Eduardo
González Lanuza, Oliverio Girondo
y Jorge Luis Borges, entre las figuras capitales;
en el de "Boedo" participaban
los ya nombrados Álvaro Yunque, Elías
Castelnuovo y Leónidas Barletta,
los poetas y narradores, y contaba con un
núcleo de plásticos modernos
a cuyo frente se encontraban los también
ya nombrados Guillermo Facio Hebequer y
Abraham Vigo.
Hay quienes niegan que haya existido un
conflicto -ni siquiera de índole
literaria- entre los de "Boedo"
y los de "Florida", y no vale
la pena entrar ahora en la cuestión,
pues otro es mi propósito al trazar
el panorama que continúo.
En el número de enero de 1926 de
la revista Los Pensadores, del grupo de
"Boedo", se insertaba un artículo
titulado "Ellos y nosotros". Allí
se expresaba con total claridad, "La
cuestión empezó con Boedo
y Florida. El nombre y la designación
es lo de menos. Tanto ellos como nosotros
sabemos que hay algo más que nos
divide". Se concretaba: "La literatura
no es un pasatiempo de barrio o de camorra,
es un arte universal cuya visión
puede ser profética o evangélica".
Castelnuovo a la vez testimoniaba con su
firma: "Fuimos nosotros, indudablemente,
los que sostuvimos la misión social
del arte". ¿Cómo no iba
a interesarles el teatro -añado yo-,
arte social por excelencia, tanto por su
forma como por sus contenidos y alcances?
Conviene ir destacando ya la participación
en el grupo de Boedo del joven poeta y narrador
Leónidas Barletta, pues será
uno de los que, desde entonces, bregará
tercamente por la organización de
elencos experimentales y de avanzada teatral
entre nosotros.
En 1903, Romain Rolland publicó en
París su libro "Teatro del Pueblo",
cuya segunda edición, también
francesa data de 1913. Pero recién
en 1927, se tradujo a nuestro idioma y apareció
en Buenos Aires. Si bien no se disponía
fácilmente, por entonces, de noticias
respecto a las experiencias del "nuevo
teatro", que se estaban cumpliendo
en los paralelos de la vanguardia europea,
no era extraño que a quienes le interesaba
el tema supieran de los trabajos que estaba
realizando Antoine, Lugné-Poé
y Erwin Piscator, Jacques Copeau, en Francia;
Bragaglia, en Italia; Otto Braham en Alemania;
H.T.Grein en Inglaterra; Stanislawski y
Nemérovich-Dánchenko, en Rusia;
Rivas Sherif y Valle-Inclán, en España,
entre otros luchadores, a distinto nivel,
por un nuevo teatro. De Europa llegaban
los rótulos de Teatro Libre, Teatro
Independiente, Teatro de Arte, Teatro Político,
etc.
Sin embargo, y resulta importante destacarlo
para que no haya confusión, cuando
entre nosotros se intentaba "un teatro
distinto" al imperante en nuestro medio,
no se partía precisamente de influencias
ajenas, aunque los logros podían
servir como reflexión y aliciente.
Las motivaciones y propósitos eran
otros, como se irá viendo.
En 1926, Octavio Palazzolo, que había
sido agudo crítico teatral del diario
La Vanguardia, era el director artístico
de un elenco profesional con altas miras,
pero que, al no resultar satisfactoria la
recaudación, la empresa le exigía
que cambiase el repertorio proyectado por
obras de nivel menor para que fuera más
rendidora la boletería. Palazzolo
se negó y además, renunció
a su puesto por entender, y así lo
denunciaba en una nota, que "proseguir
mis actividades en el teatro, aceptando
una situación poco independiente,
implicaba someterse a una claudicación
vergonsoza y agotar un caudal de energías
en una labor estéril". Es la
primera vez que yo encuentro, en un documento
referido a nuestro teatro, la palabra "independiente",
con una significación que se irá
definiendo y ahondando con el correr de
la lucha.
Al año siguiente (1927), Palazzolo
se reunió con los escritores Alvaro
Yunque, Elías Castelnuovo y Leónidas
Barletta, y los artistas plásticos
Facio Hebéquer y Abraham Vigo, -todos
de "Boedo"- y conformaron el grupo
denominado Teatro Libre. En la Declaración
de Principios -inevitable, en estos casos-,
se explicaba: "Aspiramos a crear un
teatro de arte donde el teatro que se cultiva
no es artístico; queremos realizar
un movimiento de avanzada donde todo se
caracteriza por el retroceso". Yunque,
siempre fervoroso, señalaba en un
reportaje: "En Buenos Aires, ya existe
una cultura media que hace posible la subsistencia
de un teatro que esté sobre la angurria
del empresario, la vanidad de la actriz,
la ignorancia del actor y la chatura del
público burgués". Es
de señalar cómo, a esta altura,
iban asomando los conceptos que habrían
de imponerse y serían bandera del
ya inmediato "movimiento de teatros
independientes".
Como es tan común entre nosotros,
en Teatro Libre se produjeron desinteligencias
y Palazzolo se retiró de la agrupación.
El resto de los integrantes crearon entonces
(1928), el Teatro Experimental Argentino,
cuya sigla TEA subrayaba los propósitos
de rebeldía y alumbramiento de la
nueva etapa escénica que animaba
a sus miembros. Leónidas Barletta
era el secretario. TEA llegó por
fin a un escenario con "El nombre de
Cristo", drama antibélico de
Elías Castelnuovo, con escenografía
de Abraham Vigo. A la vez, se anunciaba
"Odio", drama de Leónidas
Barletta que iba a llevar decorados de Facio
Hebequer. Pero el grupo se disolvió
y la obra de Barletta quedó sin estrenar.
Existen otros antecedentes al respecto que
en ocasiones marchaban en forma paralela
demostrando, como lo expresara Yunque, que
en Buenos Aires existía ya la inquietud
por un teatro popular de jerarquía,
sin bastardeos de ninguna índole.
En la Biblioteca "Anatole France"
se formó en 1929, La Mosca Blanca,
grupo escénico en el que intervenían,
como actores, Hugo D'Evieri y Pascual Naccati,
entre otros. Se hablaba de que tenían
entre manos dos obras: "Los bastidores
del alma", de Evréinov, y "Cuando
tengas un hijo", de Samuel Eichelbaum,
autor dramático que pertenecía
a la agrupación cultural. Sin embargo
no llegó a concretarse ningún
espectáculo. De este grupo, en 1930
se desprendió un nuevo elenco al
que se denominó El Tábano
(seguramente por la aseveración socrática
popularizada por el diario Crítica)
y se definía como Laboratorio de
Teatro. A los intérpretes ya nombrados
se agregaron Joaquín Pérez
Fernández y la inquietud de Leónidas
Barletta. Es con ellos y otras personas
que, al disolverse también El Tábano,
de vida muy corta, Barletta fundó,
el 30 de noviembre de 1930, el Teatro del
Pueblo, el cual desde los inicios, se declaraba
"Agrupación al servicio del
arte", y adoptará como lema
la frase de Goethe: "Avanzar sin prisa
y sin pausa, como la estrella".
Por todo lo dicho, cuando Barletta apareció
al frente del Teatro del Pueblo en el cuchitril
de la calle Corrientes al 400, además
de poeta -lo testimonian "Canciones
agrias", de 1924. y narrador vigoroso
y tierno a la vez -bastaría recordar
"Vientres trágicos", "Vidas
perdidas" y algo que siempre le preocupó,
"Los pobres"-, además de
ese bagaje, repito, que definía su
actitud frente al ser humano y la literatura,
había cumplido una preciosa experiencia
en los grupos escénicos principales
que antecedieron al Teatro del Pueblo y
lo contaron en sus filas en primerísimos
puestos de orientación.
Barletta no era, pues, un improvisado. Sabía
bien lo que pretendía y por lo que
habría de luchar con tenacidad y
con talento. Se vivían momentos sumamente
difíciles por la crisis sociopolítica,
con profundas incidencias económicas,
que había provocado la revolución
reaccionaria de septiembre de 1930 que quebró,
por primera vez, el desarrollo institucional.
Desastre que, como sabemos, generó
consecuencias trágicas que llegan
hasta estos días. Empero, Barletta
se proponía "realizar experiencias
de teatro moderno para salvar el envilecido
arte teatral y llevar a las masas el arte
general, con el propósito de propender
a la elevación cultural de nuestro
pueblo". Esa era su cartilla y para
imponerla, ofrecía toda su capacidad
y su dedicación.
Jacques Copeau, al crear en París
su Vieux Colombier, allá por 1913,
reaccionaba contra "la industrialización
frenética, más cínica
cada día, que está degradando
la escena francesa", al ser acaparada
" la mayor parte de los teatros por
un grupito de comicastros pagados por comerciantes
deshonestos". Barletta, por su parte,
aseveraba que "ir al teatro aquí,
en Buenos Aires, no es una fiesta del espíritu,
como cualquier ejercicio intelectual, es,
cuando mucho, una fiesta de los bajos instintos".
Se proponía contrarrestar, con un
repertorio de calidad indudable -en el que
cabían todos los géneros,
estilos y tendencias dramáticas,
unidos clásicos y modernos- la labor
funesta que estaban cumpliendo los escenarios
porteños comercializados. Fue desde
ese momento que empezaron a imponerse y
flamear al tope, las tres banderas típicas
de la escena libre: independencia de los
empresarios, independencia de divas y capocómicos
de turno, e independencia del rendimiento
de la boletería.
Si bien Barletta, como quedara dicho, era
poeta y narrador muy preocupado por desentrañar
y captar, hasta la minucia a veces, las
angustias, los dolores y los pobres ensueños
de los seres humildes, sentía una
gran atracción por el espectáculo
dramático, así como por las
resonancias populares que descubría
en él.
Además de participar, muy activamente,
en las agrupaciones teatrales que se habían
ido formando a partir de 1926, en procura
de un nuevo teatro y de la dignificación
de nuestra escena, él tenía
ya escrita como lo he registrado, una obra
dramática "Odio", dispuesta
para ser estrenada. En la noticia previa
que colocó al editar su farsa satírica
"La edad del trapo", en 1956,
certificaba: "En los treinta años
de mi actividad literaria he escrito también
una decena de piezas dramáticas".
Añadía: "No las he llevado
a escena en el teatro que dirijo para dar
oportunidad a colegas que esperaban su turno;
no he propuesto su estreno a otras compañías
de teatro de arte, para que no se pensase
que no confiaba en la que dirigía".
Hacía otras consideraciones y, al
aludir a la celebración de los 25
años de "la fundación
del primer teatro independiente que sustenta
una teoría de arte moderno"
(eran sus palabras), señalaba que
dedicaba el esfuerzo y los logros "a
quienes sacrificaron parte de sus vidas
en la atrevida empresa, vivos y muertos
y, también, a quienes, con su inconsecuencia,
destacaron más la nobleza de quienes
constituyeron el habitual servirse a sí
mismos, por el desinteresado servir al pueblo".
Se trataba de una propuesta ética,
a la que Barletta seguía aferrado,
trazando una "conducta" (palabra
ésta de su predilección y
que dio nombre a una de sus publicaciones
teatrales más perdurables que se
mantuvo batallando a lo largo de varios
años).
La referencia me lleva directamente a la
condición autoral de Barletta. No
todos conocían sus inquietudes de
dramaturgo. La primera obra, "Odio",
que quedara pendiente desde Teatro Libre
pudo haber llegado, a comienzos de 1933,
al pequeño tinglado de Corrientes
465, como se había programado. Pero
un día de ese año, al pasar
frente al teatro ví como el propio
Barletta escribía la noticia referida
a que, había decidido no estrenarla,
dando las razones que después publicó
al frente de la edición de la obra
en abril del mismo año. La verdad
es que me sentí muy conmovido ante
la acción tan serena como responsable
del propio Barletta. En dicha edición
se explicaba: "De esta obra se dio
una versión en privado el 10 de febrero
de 1933, considerando su autor y sus amigos
presentes que no debía ocupar el
escenario de un teatro de vanguardia".
A mi juicio las razones eran muy válidas.
La obra iba a ser interpretada con escenografía
de Manuel Aguiar, por Amelia Díaz,
Catalina Asta, Josefa Goldar, Carlota González,
José Veneziani, Pascual Naccarati,
José Pétriz, Mecha Martínez
y Nelida Peucelli. Los nombro como reconocimiento
y homenaje hacia todos aquellos que, por
entonces, tenían a su cargo los espectáculos
del Teatro del Pueblo.
En Barletta hubo un largo silencio como
autor dramático. Sólo muchos
años más tarde, el Taller
de Teatro Cincel, de Santa Fe, estrenó
"La edad del trapo", con dirección
de Israel Wisniak y comentarios musicales
de Astor Piazzolla. Luego se conocieron
otras dos obras suyas, en la nueva salita
del Teatro del Pueblo de Diagonal Norte
943. Se titulaban: "A las 6.20 de la
mañana", en 1968, y "Sálvese
quien pueda!", en 1974. La última
subió a escena un año antes
del fallecimiento de Barletta, y fue repuesta
en la temporada siguiente por el elenco,
como homenaje póstumo al autor y
director de la obra, y fundador y orientador
del conjunto a lo largo de 45 años.
A partir del Teatro del Pueblo, y bajo su
ejemplo, fueron formándose numerosos
grupos escénicos como el "Juan
B. Justo", que dirigía Enrique
Agilda, y "La Máscara",
que conducía Ricardo Passano, entre
tantos otros núcleos que crearon
un "movimiento" arrollador que
desbordó la Capital Federal y sus
aledaños, se extendió por
todo el país y, saltando fronteras,
alentó a realizar una tarea artístico-cultural,
semejante a agrupaciones de países
hermanos como Uruguay, Chile, Bolivia, Paraguay
y Perú.
En su carácter de director y de maestro
de actores, Barletta dejó testimonios
de su saber y de sus preocupaciones en tres
libros: "Viejo y nuevo teatro",
de 1956; "Manual del actor", de
1961; y "Manual del director",
de 1969. En ellos pueden encontrarse sus
conceptos, algunos de ellos manifestados
previamente de manera fragmentada; particularmente
en lo que se refería a que, según
lo afirmaba como un reto, él podía
hacer de cualquier individuo un actor. Tal
vez en algún momento de su lucha,
y sobre todo en los últimos tiempos,
se habría visto obligado a ello;
pero ése no era su pensamiento más
hondo y total. En "Manual del actor",
antes del tramo que dedica a la "preparación",
señala: "Joven principiante:
yo puedo hacer de usted un actor, pero sólo
de usted depende llegar a ser un artista".
Esta era la idea completa de Barletta y
por ella sabemos lo que en realidad pensaba,
y ayuda a que supongamos todo lo que tuvo
que bregar -en ocasiones sin resultado-
para que sus actores fueran convirtiéndose
en artistas. En el volumen que comento,
dedica cortos capítulos a distintos
aspectos del futuro actor, desde los problemas
de la "puntualidad", las técnicas
para "maquillarse" y "demaquillarse",
correctamente, hasta proponer, con gráficos,
una especie de "Cursillo del lenguaje
de las manos". Pueden leerse allí
recomendaciones sumamente curiosas. Se advierte
al actor que tenga mucho cuidado al afeitarse,
y que debe hacerlo con agua tibia. Puntualiza:
"Primero, lavarse la cara con jabón,
frotando con las yemas de los dedos las
partes más tupidas del mentón
y bozo". Añade: "Enseguida,
una jabonada con la brocha que no dure menos
de un minuto". Y un detalle por demás
candoroso. "Si la navajita tira -indica-
y no hay otra de repuesto, se puede asentar
en el interior de un vaso ancho, pasándola
en vaivén con dos dedos, unas veinte
veces". Otro consejo que sorprende,
al referirse al aseo de los camarines y
al comportamiento, es que el actor debe
"tener la ropa de escena colgada del
revés, para que se airée".
Habría más detalles para destacar
el "método" que Leónidas
Barletta había ido componiendo, mezclando
lo teórico y lo práctico,
lo trascendente con lo meramente superficial,
a lo largo de los años.
Leónidas Barletta, lo reitero, ofreció
en su Teatro del Pueblo, las obras de la
dramática universal más significativas
de todos los tiempos -desde los clásicos
griegos hasta lo más moderno del
repertorio contemporáneo universal-,
sin olvidar, en ningún momento, a
los poetas y narradores nacionales, a quienes
ofrecía su escenario y los invitaba
para que se convirtieran en autores dramáticos.
Así ocurrió, aparte de los
ya nombrados, con Octavio Rivas Rooney y
Roberto Mariani, con Raúl González
Tuñón, Luís Cané
y Nicolás Olivari y muchos más
pero, muy particularmente, con Roberto Arlt.
De no haber alcanzado lo que logró
con tanta brega, el Teatro del Pueblo hubiera
merecido figurar, igualmente, en la historia
de nuestra escena, por haber incitado y
apoyado a Roberto Arlt para que escribiera
su teatro. Pues si del Teatro del Pueblo
parte una de las etapas más significativas
e importantes del desarrollo escénico
nacional, cuyos resultados permanecen, con
las obras de Roberto Arlt se inició
la revolución, específicamente
dramática, la etapa renovadora que
llega hasta estos días. Sin el talento
y el desenfado de Arlt no podrían
concebirse los cambios fundamentales operados
en la materia.
A Barletta y al Teatro del Pueblo se les
debe, asimismo, las primeras representaciones
orgánicas efectuadas en Buenos Aires
al aire libre, durante la época veraniega.
En una islita de los lagos de Palermo se
estrenó "Myrta", el poema
de Pedro Calou y, sobre el tabladillo levantado
en una feria, se presentó "La
isla desierta", la joyita escénica
de Roberto Arlt.
Leónidas Barletta realizó
con su Teatro del Pueblo una labor en verdad
ciclópea. Desde el cuchitril de la
calle Corrientes al 400 -para 120 espectadores
posibles, sentados sobre toscos bancos de
madera y telón de arpillera-, llegó
hasta una sala teatral ya perfectamente
conformada, como era la de Corrientes 1530,
después de pasar por locales provisorios
como los de Carlos Pellegrini 340 -donde
nació el celebrado "teatro polémico",
y Corrientes 1741, al que se llamó
Corral de la Pacheca, y en cuyo patio se
animó una versión singular
de "Juan Moreira", de Gutiérrez.
La sala de Corrientes 1530 -que anteriormente
había llevado los nombres de Corrientes
y Nuevo-, en 1937 se denominó Teatro
del Pueblo, transformándose, desde
ese momento, en una auténtica Facultad
de Humanidades, entrañablemente popular,
sin exámenes de ingreso ni entrega
de diplomas, pues los "cursos"
que se dictaban eran abiertos y libres,
y no concluían nunca. En ella, con
capacidad para 1550 espectadores -y a menudo
hubo que colocar en la boletería
el cartelito de "No hay más
localidades"-, no sólo se ofrecieron
espectáculos teatrales y danza, sino
también conciertos, exposiciones
de variada índole, ciclos de conferencias
y se editaron obras de teatro de autores
nacionales y una revista: Conducta.
A pesar de todo ello (o por todo ello, más
exactamente), tras la Revolución
de 1943, funcionarios reaccionarios se hicieron
cargo de la Comuna Municipal porteña
y, una de sus primeras tareas fue desalojar
a Barletta y a su gente de la sala que,
a partir de entonces, se llamó Teatro
Municipal de la Ciudad de Buenos Aires y,
una vez demolido el viejo edificio, y muy
ampliado el predio, se construyó
el modernísimo Teatro Municipal General
San Martín de estos días.
Barletta y los suyos defendieron como tigres
su teatro, hasta que finalmente sus puertas
fueron forzadas por piquetes de policías
y bomberos, cargándose en camiones
municipales de basura, a granel, cuatro
pisos de elementos -trajes, muebles, cuadros,
focos, libros, etc- que habían sido
utilizados para ofrecer arte y cultura.
Como no podía bajar los brazos y
entregarse, Barletta se cobijó con
su gente en el subsuelo de la Diagonal Norte
943, en cuyo frente, hasta hace muy poco
tiempo, había un pequeño cartel
que anunciaba: Teatro del Pueblo. Al fallecer
Barletta, la salita fue dedicada a exposición
de artistas plásticos argentinos
y, como ya lo indicara en el intróito
de esta charla, funciona actualmente el
Teatro de La Campana. Ustedes saben ahora
bien por qué, y todo lo que significa
ese rótulo. Es una bandera que rinde
homenaje a la capacidad y al tesón
de Leónidas Barletta.
Podría hablarles de mis propias emociones
como autor presentado en dos oportunidades
-"Maternidad" y "Sobre los
escombros"- por el elenco de Barletta,
ya en Corrientes 1530, y durante las bulliciosas
funciones de "teatro polémico",
y hasta leerles párrafos de una carta
que me enviara Barletta a raíz del
conflicto que se planteó allí,
por fallas que se produjeron en el montaje
y la interpretación de mi segundo
estreno. Carta escrita con su inconfundible
letra grande, clara, y colmada de redondeces,
en la que se me daban explicaciones que
yo no me hubiera atrevido a pedirle, y que
guardo con gran cariño.
Como muchos de mi generación -y de
las posteriores, pues ha transcurrido más
de medio siglo desde el punto de partida-
vengo del Teatro del Pueblo; me sentí
enfervorizado por su brega e incitado por
su obra y, por lo tanto, es para mí
un orgullo que me conmueve, aportar esta
noche algunos datos apenas, sobre la personalidad
vigorosa y tan alerta en lo que a nuestro
teatro concierne, de Leónidas Barletta,
ese ser duro y generoso, violento y reflexivo,
todo a la vez, que creyó en las posibilidades
enormes del hombre y de la mujer para trabajar
con responsabilidad y a conciencia -con
"conducta", diría él-
por sus vidas y sus sueños, en libertad,
con justicia y en paz.
Veo ante mí (¿cómo
borrar la imagen?) a Leónidas Barletta,
con su cara de luna llena y gesto de bonanza
-a pesar de la firmeza que denunciaba su
mentón poderoso-, dando campanazos
frente a la puerta de su teatrito de la
angosta calle Corrientes 465. Veo ante mi
al "fundador mitológico del
teatro independiente argentino", como
lo calificara ese otro batallador de nuestra
escena libre y siempre en la brecha que
es Onofre Lovero.
Felizmente, Leónidas Barletta tiene
ya una salita -su antigua salita, renovada
con autores y directores jóvenes-
que recuerda su lucha, y un libro estupendo,
dedicado al "campanero mayor",
escrito con gran comprensión y enorme
afecto, por mi tan admirado y querido Raúl
Larra.
Ya como cierre quiero leerles unos párrafos
del capítulo inicial de dicho libro
que se titula, precisamente, "El hombre
de la campana". Es una "acuarelita
porteña", digna del Roberto
Arlt que también aparecerá
en ella y, ayudará a comprender mejor
un ámbito -en su tiempo, en su clima
y en su propio jugo-, y el accionar de Leónidas
Barletta cuando, allá por 1931, y
el comienzo de uno de sus espectáculos.
He aquí unos cuantos párrafos
de cómo lo cuenta Raúl Larra.
Así eran Leónidas
Barletta y su Teatro del Pueblo, con la
intervención en vivo de Roberto Arlt,
según Raúl Larra, allá
por 1931. Acababa de nacer y empezaba a
echar a andar nuestra "escena libre"
o "independiente", y se iniciaba
la nueva etapa renovadora de nuestro teatro
nacional, en todos sus niveles, que llega
hasta estos días. ¡Y menudo
es el mérito!
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