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CAFÉ MARGOT EN BOEDO

 
 

      Con motivo de la nota publicada sobre el café Margot, nos llegaron algunos pedidos de lectores solicitando mayores referencias sobre el historial de este Café Notable. A continuación, dando lugar a tales solicitudes y por entenderlo de interés para nuestros visitantes, ofrecemos esta

HISTORIA DE UNA ESQUINA:
San Ignacio y Boedo

Boedo tiene una esquina que me desviste el alma,
Donde no me es posible inventar otra historia.
Rubén Derlis

   Hay varias maneras de acercarse a una esquina que forma parte de nuestro propio pasado: Se cierran los ojos y la memoria gira hacia alguna noche de verano cuando todavía Boedo era doble mano y en febrero el corso convocaba a todos los vecinos para caminar por ella. La esquina era casi el centro del espectáculo y uno pasaba por ahí, caminando sin apuro, los pibes disfrazados, la multitud bulliciosa, itinerante, sólo para mirar y ser visto. Los ojos se vuelven a cerrar y la mente se estaciona en una mañana cualquiera rumbo a la escuela, en el tranvía, y se vé pasar la esquina sentado al lado de una ventanilla. Cerramos los ojos, los abrimos otra vez y ahora vemos al "Trianón" como paso obligado después de las dos películas en continuado en el cine Cuyo. Hay tantas visiones cuantas veces cerremos los ojos. Cualquiera puede acercarnos a la esquina. El poeta se acerca con el espíritu. Quiere inventar otra historia y el alma se le subleva. Nosotros trataremos de acercarnos con la historia, para descubrir los significados que este rincón de Buenos Aires tuvo en quienes hicieron de él centro de su universo: quienes soñaron, vivieron, trabajaron, amaron y convirtiéndola en el objeto de sus afanes, sin saberlo o sabiéndolo, tejieron los eslabones de su propia historia y la del mismo barrio. Esa es la historia que hoy proponemos volver a descubrir juntos.

   Dejémonos llevar por un momento a ese tiempo en que el pico y la pala -en manos de obreros en su mayoría inmigrantes llegados a América en la búsqueda de quiméricos destinos- contribuían a la apertura del surco que daría vida al pasaje ganado para la urbanización del poblado incipiente. Tiempo del empedrado recién colocado, del farol aún a gas, y de una calle cuyo nombre recordaba por entonces al precursor del barrio donante de una importante parcela: Lázaro Camio, quien, en las décadas finales del siglo XIX, luego del parcelamiento de la propiedad de Mariano Bejarano, había adquirido su suerte sobre la Av. Boedo, entre Estados Unidos y el hoy Pasaje San Ignacio. Su meta era instalar allí uno de los primeros hornos de ladrillos que conoció la zona, cuando aún Boedo señalaba el deslinde con el pueblo de San José de Flores.

   Para entonces las calles Europa (actual Avenida Carlos Calvo) y Boedo marcaban el confín de los nuevos asentamientos, y hacia el sur de la primera como hacia el oeste de la segunda, aún se podían observar las antiguas quintas de las familias Ballesteros, Pereyra, Guedes, Castillo, etc.

   Tras la capitalización de Buenos Aires, que extendió los límites de la ciudad hasta lo que con el tiempo sería la Avenida General Paz, en forma paulatina desaparecieron las grandes quintas, loteadas en terrenos más pequeños y posibilitando la apertura de nuevas calles, continuación de aquellas que desde el norte, o acercando el río, fueran abiertas muchos años antes. Favorecidos por el alto valor que adquirió la tierra, algunos propietarios ya establecidos -como Camio- también subdividieron sus posesiones, dando nueva fisonomía al vecindario. Para 1900 ya una sala teatral abría sus puertas en parte de los terrenos que ocupaban anteriormente los hornos, mientras que en 1904, otro italiano inmigrante, natural de Chiavari (Génova) , adquiría el terreno que contorneaba al pasaje Camio y la calle Boedo, con un frente de 13 metros sobre la arteria principal y otro de 19 metros hacia la nueva calle. Lorenzo Berisso, el nuevo propietario, soñaba con un proyecto al que pudo dar vida: edificar una amplia construcción de dos pisos parte de la cual se destinaría a vivienda, mientras que dos locales ocuparían el resto: en la ochava misma una fonda, con su despacho de bebidas y el infaltable mostrador de estaño; en el otro, una armería, con polígono en sus sótanos, lugar que cobró notoriedad –según el recuerdo oral que recibieron de sus antepasados los actuales propietarios- por haber sido descubierto un pequeño arsenal, durante la abortada revolución radical de 1905. Para ese tiempo ya la cortada lucía su nuevo nombre: San Ignacio, recuerdo y homenaje a las antiguas Misiones jesuíticas que se establecieron durante el siglo XVII en el actual territorio misionero.

   Cuando la compañía Unión Telefónica introdujo en ese mismo año el sistema telefónico automático, habilitando entre otras la central “Once”, la primera línea de este tipo llegó a Boedo, con el número 647, para instalarse en el domicilio del Dr. Modesto Barcia, en Boedo 950. Este hecho señala el progreso de este suburbio de Buenos Aires: Berisso no se había equivocado al apostar al comercio.

   Aquel sencillo boliche de antaño, seguramente fue improvisado escenario, como sus similares de la época en el incipiente barrio, del canto payadoril, expresión popular de contenido social. Pero el progreso pronto transformaría su actividad, y sus instalaciones, hacia mediados de la década del 20, darían lugar a otro comercio más afín al trajinar que los teatros, los cines y la nueva población otorgaron a la avenida Boedo: “Los mejores bombones y caramelos están en Bombonería de R.. Roses. Boedo y San Ignacio. Se elaboran en la casa” anunciaban los flamantes propietarios, orgullosos de su mercadería, en el programa del Teatro Boedo. Competían en exquisiteces con la recientemente inaugurada confitería “Del Aeroplano” o con la más antigua “Flores Porteñas”. Sucesivos registros fotográficos, iniciados en 1904 con una toma durante la inauguración del edificio, muestran el frente del local donde se dibujan claramente los actuales rasgos de la construcción.

   Con el fallecimiento de Berisso en 1939 se abrió la sucesión testamentaria, pasando la propiedad de “Boedo 851/853 esquina San Ignacio, en la Parroquia de San Carlos” a D. Agustín Sanguinetti. En ese mismo año se hizo cargo del local de San Ignacio y Boedo, remozado en distintos aspectos edilicios, la firma Quintana y Torres, para instalar allí el mítico Trianón . Esta confiterìa con los años alcanzó notoriedad, más allá incluso de los límites de Boedo, por sus célebres “sandwiches de pavita”, realizados bajo una preparación culinaria exclusiva de Da. María Torres, esposa de Serafín Torres. El matrimonio Torres por casi cuarenta años dirigió el único Trianón de Buenos Aires.

    Pasaron los años mágicos de La Ciudad de Boedo durante los cuales la esquina fue privilegiada testigo de acontecimientos que marcaron la historia cultural del barrio: “y era la esquina / de la cortada de San Ignacio / una tribuna proletaria/a medias con la concertina / del Ejército de Salvación / con soldados de paz y una plegaria”

   En 1977 al producirse la desaparición física de Agustín Sanguinetti, hederaron la propiedad sus sobrinos, Alberto y Antonio Mazzini, que se convirtieron en celosos custodios del legado espiritual de sus antepasados.

   Tras el cierre del Trianón en su ubicación histórica, la tradicional esquina fue ocupada por el restaurant Canovra (1986) y entre 1987 y 1993 por la fábrica de pastas y restaurant “Lo penso io”, propiedad de la firma Castro-Pellegrini.

   Por supuesto que en sucesivas transformaciones el edificio fue remozando parte de sus fachadas. El 855 (ex 851) de Boedo, que hasta 1930 ocupó el negocio de armería, es, desde 1979, sede de la firma inmobiliaria que dirige el Sr. Héctor González. En el mismo lugar se recuerda –con anterioridad- un comercio de sedería y una fábrica de pastas frescas.

   Mientras toda esta historia transcurría, formando parte de la nueva oleada inmigratoria que arribaba al país tras la guerra europea, llegaba al puerto de Buenos Aires, con solo dieciséis años, Julio Durán. Dejaba tras de sí no solo su familia, sino una bella comarca española de la Galicia histórica: Frades, pequeño poblado pontevedrés, en estos tiempos villa veraniega y en aquéllos, aldea empobrecida. Lo esperaba para afrontar la dura contingencia del exilio, su medio hermano de nombre Melón, “propietario” de un reparto de hielo que, utilizando un pequeño carro abierto, recorría domicilios y comercios descargando su mercadería. Julio aprendió pronto las particularidades del oficio: la barra de hielo cargada sobre la arpillera colocada en el hombro, el manejo de la sierra, la conducción del carro, la amabilidad en el trato con el cliente.

   Así, durante años, recorrió el barrio de Boedo, siendo querido por los vecinos que miraban con simpatía al “muchacho gallego”. La cortada de San Ignacio figuraba en el itinerario y, en ellas, como punto privilegiado “el Trianón”. Doña María, la esposa de Torres, tenía siempre una palabra de afecto para el joven inmigrante, prolongando el cariño, con el correr de los años, hacia su hijo Pablo a quien llegado el momento confiaría su mejor secreto: la preparación del sandwich de pavita. El apogeo de las heladeras eléctricas redujo notoriamente la actividad de reparto de hielo, decidiendo Julio independizarse, cambiando de producto y de zona: La leche sustituyó al hielo en el reparto domiciliario y Caballito y Parque Chacabuco reemplazaron a Boedo como zona de influencia. No olvidaría, sin embargo, al barrio de sus primeros esfuerzos.

   Para entonces Julio Durán ya había echado raíces en la Argentina: tenía una esposa y tres hijos: Rosa, Julio y Pablo. La posición económica resultado de una vida disciplinada y volcada al trabajo, permitió a Julio, ya cincuentenario, encarar una actividad independiente: Adquirió el fondo de comercio del café Saturno, ubicado en Defensa y Av. Brasil, del barrio de San Telmo. Lamentablemente cuatro años más tarde Julio falleció en forma imprevista y el local quedó a cargo de sus hijos, quienes, andando el tiempo, rebautizaron el café con el nombre de Hipopótamo.

   Pero Boedo había quedado, por herencia, también incorporado al corazón de Pablo Durán, que desde sus años más jóvenes continuó visitando la esquina de San Ignacio, conservando el cariño por Doña María y Gabino Torres, a quienes frecuentaba entonces en el nuevo Trianón, de San Ignacio 3641. Por esos años comenzó a incubarse en Pablo el deseo de recuperar la esencia de la tradicional esquina y tras varios intentos finalmente, en 1993, adqurió el fondo de comercio en ese entonces propiedad de la firma Castro – Pellegini.

    Lo demás es historia reciente. Quizás pensando en los recordados versos de Discépolo: De chiquilín te miraba de afuera/como esas cosas que nunca se alcanzan ... Pablo bautizó al nuevo café con el nombre de una de las mujeres célebres en las letras de tango: Margot, evocación de aquellos arrabales de 1904, seguramente no demasiado diferentes de la cuna del personaje creado por Celedonio Flores. Paso a paso, año tras año, bajo el ímpetu creativo de Pablo y su esposa Laura, Margot fue consolidando su "personalidad” hasta convertirse en el lugar cálido y acogedor que hoy conocemos, puerto de partida y llegada para quienes, desde cualquier lugar de Buenos Aires, estén deseosos de compartir la travesía hacia un Boedo distinto que recuperó la esquina que desviste el alma del poeta, donde no es posible inventar otra historia.

Aníbal Lomba
www.nuevociclo.com.ar

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