BOEDO,
TRADICIONAL BARRIO DE BUENOS AIRES FUE,
DURANTE VARIAS DÉCADAS, ESCENARIO
DE UNA INTENSA ACTIVIDAD BILLARÍSTICA
HECHO QUE LE POSIBILITÓ INGRESAR,
A NIVEL MUNDIAL, EN LA HISTORIA DE ESTE
DEPORTE.
LA HISTORIA DEL BILLAR EN LA ARGENTINA,
TRABAJO DE INVESTIGACIÓN DE LA HISTORIADORA
Y ESCRITORA SILVIA MARTÍNEZ ES UNA
VALIOSA CONTRIBUCIÓN AL CONOCIMIENTO
DE ESTA DISCIPLINA DEPORTIVA CUYO DESARROLLO
EN ESTAS TIERRAS COMIENZÓ EN EL PERÍODO
HISPÁNICO.
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del billar en la argentina se halla debidamente
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la autora para con este medio, ya que el
texto es una importante contribución
al conocimiento de un deporte que, durante
muchos años, fue uno de los más
populares no solo en nuestro país
sino en el resto del mundo..
Buenos Aires, Enero de 2010..
Historia del billar en la argentina
345 AÑOS DE BILLAR
EN LA ARGENTINA
Por Silvia Martínez
ORÍGENES
El billar no reconoce un origen claro. Se
dice que existe una ordenanza de Carlos
V “El Sabio” (1337-1380) rey
de Francia, suscrita en 1369, que prohibía
varios juegos, entre ellos el billar, pese
a que él lo practicaba asiduamente
en palacio, aunque a diferencia de hoy,
lo jugaba sobre el suelo.
La primera mesa de que se tiene noticia
fue mandada a construir por Luís
XI de Francia (1423-1483), a un ebanista
llamado Oliverio Necker, quien la habría
fabricado con madera de encina. Uno de sus
sucesores, Luís XIII, fue quien permitió
a los plebeyos practicar billar, juego hasta
entonces monopolizado por las casas reales
europeas. Se sabe que Luís XIV jugaba
por prescripción de su médico,
el Dr. Fagon, que se lo recomendaba para
una buena digestión.
Hasta esa época las bolas se impulsaban
con la “masse”, especie de taco
curvo y ancho en su extremo inferior, muy
pesado. El taco actual, mucho más
largo y delgado, data de fines del siglo
dieciocho.
Hay datos de que algo similar al billar
se jugaba en China, mucho antes de la época
de los Luises, pero se hacía sobre
una mesa con troneras de bronce cincelado
que semejaban una mandíbula, y aunque
la superficie de la tabla estaba recubierta
con un paño algo rudo, las bolas
se impulsaban a mano.
Se dice que en Inglaterra se jugaba “pall
mall” precursor del billar actual,
para el que se utilizaba sólo un
taco y una bola, por lo que hay quien afirma
que el billar se inició en Inglaterra
y se perfeccionó en Francia.
Otra de las cuestiones a dirimir es el origen
de la palabra billar. Según la Real
Academia Española, deriva de la palabra
francesa billiard, que viene de bille que
en francés significa bola (sólo
de billar o de rodamientos mecánicos).
Hay otra teoría según la cual
deriva del inglés ball-yard (pelota-patio),
pues con ese nombre se conocía un
juego practicado sobre tierra, con bolas
y un bastón curvo.
Y la última versión, aunque
algo rebuscada, es la que dice que todo
comenzó con un prestamista de Londres,
llamado William Kew. Existían en
el frente de su negocio las clásicas
tres bolas que identificaban el ramo del
local, las que por las noches eran retiradas
por Kew como medida de seguridad. Una noche,
haciendo tiempo antes de cerrar su establecimiento,
Kew puso las bolas sobre una mesa, haciéndolas
rodar y entrechocándolas, ayudado
por su propio bastón y pronto se
percató de que aquél podía
ser un buen entretenimiento. Para evitar
que las bolas cayeran al suelo, ideó
unas bandas de madera que lo impedirían
y así nació el juego.
Algunos investigadores han dicho que la
palabra deriva de Bill (diminutivo de William)
y de Yard porque el palo que usaba Kew para
jugar, era una vara que utilizaba en su
negocio para medir “yardas”.
Y como si esto fuera poco, dicen que del
apellido del inventor del juego, Kew , derivó
la palabra cue con la que en inglés
se denomina al taco de billar.
Hacia 1827, cuando las bolas aún
no retrocedían, un parisiense llamado
Mingaud, fue preso por razones políticas,
en la convulsionada Francia de entonces.
Al principio el hombre se aburría,
pero descubrió que en la prisión
había un billar y pronto se granjeó
la benevolencia del director, hasta lograr
jugar con él. A partir de entonces,
terminó su aburrimiento, entregándose
con frenesí al estudio del billar,
y allí tuvo la brillante idea de
unir un disco de la suela de su zapato al
extremo delgado del taco. Esto hizo que
el juego tuviese enormes progresos al lograr
que la bola retrocediese. El primer jugador
en emplear la suela en el taco para las
grandes jugadas de efecto, fue el francés
Sauret, profesor de billar del Duque de
Orleáns.
Un párrafo aparte para las bolas.
Hasta mediados del siglo veinte, se utilizaron
en todo el mundo las bolas de marfil, pero
dado el alto costo de las mismas, se comenzó
a emplear la baquelita como pasta sintética
y luego la moderna resina fenólica.
Las bolas de marfil se lograban cortando
a elefantes de cierta edad los colmillos,
y éstos, a su vez, se subdividían
en pequeños trozos de 70 milímetros
de alto, estacionándolos hasta el
momento de tornearlos y convertirlos en
bolas de un diámetro máximo
de 66 milímetros para la especialidad
de casín y de un diámetro
entre 61 y 62 y medio milímetros,
medida ordenada por la Federación
Argentina de Billar, para los torneos oficiales.
Las tres bolas que componen un juego, ya
sea de marfil o material sintético,
deben tener el mismo peso e igual diámetro.
Lo que no pudo ser conseguido igualar en
las bolas sintéticas, es el “alma”
que posee el marfil, pues no se debe olvidar
que este es materia animal, que no “muere”
al cortar los colmillos al animal. Por tanto,
las bolas están sujetas a los cambios
climáticos que accionan sobre ellas,
deformándolas y amelonándolas,
lo que origina “caídas”,
que se producen porque la veta central del
colmillo, o sea el corazón de la
bola ya torneada, puede estar fuera de su
perfecto centro, sin que el torno rectificador
pueda hacer nada para solucionarlo.
En países de clima muy seco y frío,
como Chile, no se podía usar el marfil,
porque se corría el riesgo de que
un cambio de ambiente brusco partiese la
bola en dos como si fuese una nuez.
Volviendo a los orígenes, digamos
que el billar ha sido en sus comienzos un
juego de elites. Baste mencionar a Napoleón,
que jugaba con su esposa Josefina; Eduardo
VII de Inglaterra; Alfonso XIII, compañero
de juego de su madre la Reina Regente María
Cristina; y ya más democráticamente
podemos nombrar a George Washington, que
jugaba largas partidas con el Gral. La Fayette
mientras éste residió en Estados
Unidos. Estas partidas entre ambos, dieron
motivo para que desde entonces, existiese
un Salón de Billar en la Casa Blanca.
También Abraham Lincoln jugaba regularmente
al billar, del que dijo: “Es un juego
de inspiración, científico,
que proporciona un recreo a todo espíritu
fatigado”.
Cabe resaltar también que en el siglo
dieciocho, la educación de los Borbones
se sostenía en cinco puntos fijos:
Política, historia, equitación,
armas y billar.
Entre nosotros, podemos citar a los presidentes
Avellaneda, Sarmiento y Mitre como grandes
aficionados. Bartolomé Mitre tenía
incluso una mesa de billar en su casa, donde
jugaba asiduamente con su nuera, la Sra.
Astengo de Mitre, una de las primeras jugadoras
del bello sexo de que se tenga noticia en
Argentina. También la hija del Juez
Tedín, Ministro de la Suprema Corte,
desafiaba a los amigos de su padre que visitaban
la casa, ganándoles variadas sumas
de dinero gracias a su destreza con el taco.
Por último, para no hacer tan larga
la lista de amantes del billar, podemos
recordar a Esteban Echeverría, Federico
García Lorca y más acá
en el tiempo, Roberto Goyeneche, Jorge Salcedo
y Adolfo Pedernera.
Obviamente, se trata de un juego ciencia
semejante al ajedrez, pero con el agregado
de que utiliza todo el cuerpo del jugador
por su proyección geométrica,
la posición del cuerpo, destreza
de los brazos y precisión visual.
Actualmente, en Bélgica y Holanda,
es materia optativa en el colegio secundario.
En el Buenos Aires colonial
Para conocer los orígenes
del billar en nuestro país, debemos
bucear en los primitivos y escasos datos
que han llegado hasta nosotros a través
de viejas crónicas y testimonios
de viajeros, algunos de los cuales pueden
carecer de la exactitud precisa, pero es
todo lo que se sabe hasta ahora.
Se dice que allá por 1610, en lo
que es hoy la esquina sudeste de Alsina
y Bolívar, se instaló un local,
mezcla de café o pulpería,
con garito, propiedad de don Simón
de Valdez, que era entonces el tesorero
de la Hacienda Real. Según el historiador
Raúl A. Molina, el tal Valdez era
un pillo, contrabandista y traficante de
esclavos que instaló su negocio a
todo lujo y pronto contó con una
selecta clientela que dejaba en las partidas
de naipes, dados y hasta ajedrez, fuertes
sumas de dinero.
Pero la máxima atracción del
local era la mesa de “truque”.
Este juego puede llamarse el antepasado
más cercano del actual billar en
Argentina, ya que se jugaba sobre una mesa
especial, con bandas forradas con paño
e intervenían dos jugadores con un
taco de madera y un bolo de marfil. En la
sala donde se jugaba, se contaba con “asiento
de tablas, dos bufetes, tres pares de bolas,
ocho tacos y seis tableros”, según
nos cuenta Molina. La casa de juego estaba
construida con material perpetuo, es decir,
tejas y ladrillos, puertas y ventanas trabajadas
en Brasil y toda ella dotada de un lujo
en el que se regodeaban los oficiales reales,
hidalgos, funcionarios, maestres y traficantes
enriquecidos con el contrabando de esclavos
y de mercaderías diversas.
En 1615 don Valdez fue destituido de su
cargo por el gobernador, don Hernando Arias
de Saavedra, quien, cansado aparentemente
de los fraudes que cometía el tesorero,
lo envió de regreso a España
para ser juzgado por su mal desempeño
en la función pública. Pero
antes de partir, Valdez tuvo tiempo de vender
su establecimiento a un florentino llamado
Bacho de Filicaya, un florentino alarife
y comerciante en todos los ramos, incluso
la trata de esclavos negros. El florentino
instaló su garito en una casa anexa
al Cabildo y alquilada a éste, según
contrato celebrado en 1616 por el término
de 1 año, con un alquiler de $ 65
anuales.
Para finalizar la historia de la mesa de
“truques”, diremos que la misma
fue más adelante confiscada por el
Gobernador Jacinto de Lariz, quien era un
apasionado jugador y pudo así disfrutar,
en la soledad del fuerte, del aristocrático
juego.
La siguiente mención del billar aparece
recién en 1764, cuando se menciona
al Café de la Sonámbula, que
dicen debía su jerarquía a
su mesa de billar. El juego movía
en ese tiempo tanta pasión y tanto
dinero en apuestas, que el Virrey Vértiz,
en 1799, se vio obligado a reglamentarlo.
Llegamos así a la instalación
del célebre Café de Marco.
Este comercio, inaugurado en 1801, fue el
primero en anunciar su apertura en el “Telégrafo
Mercantil” cosa sumamente novedosa
en esos años y lo hizo bajo el apelativo
de: “Billar, Confitería y Botillería”.
Ubicado en la misma esquina que ocupara
la Casa de Truques de Simón de Valdez,
contaba con dos mesas de billar, todo un
adelanto si lo comparamos con los cafés
de Martín, Mestre o Mendiburu, que
sólo tenían una.
Frente a la iglesia de La Merced, actuales
Reconquista y Perón, se abrió
en 1804 el Café de la Comedia, propiedad
de Monsieur Raymond Aignasse, un rico comerciante
francés, el cual tenía la
particularidad de incluir una escuela culinaria
para los esclavos de la aristocracia. Lindante
con el café, Aignasse construyó,
en sociedad con un famoso actor de la época,
José Speciali, el Coliseo Provisional,
también llamado Teatro de la Comedia,
que fuera por muchos años, el único
teatro de Buenos Aires.
La sala del teatro comunicaba por una puerta
con el Salón de Billares del café,
donde los caballeros asistentes a la función,
terminaban la velada. Como dato curioso
diremos que el Café de la Comedia
fue el encargado de suministrar la última
cena a los condenados a muerte por el llamado
“Motín de las Trenzas”
(diciembre de 1811), y que consistió
en gallina hervida, puchero de garbanzos,
vino carlón, yerba y cigarros. El
café de los desdichados fue un obsequio
del Café de Marco.
Finalmente, el último de los pioneros
es el Café de la Victoria, ubicado
en la esquina de Hipólito Irigoyen
y Bolívar, frente a la Plaza, que
abrió sus puertas en 1820 y cerró
en 1879.
Entre los muchos ingleses que viajaban a
Buenos Aires en esa época, hubieron
varios que dejaron su testimonio sobre los
cafés porteños. Así,
Alcides d’Orbigny decía en
1836 que “eran malos y concurridos
por gente pendenciera”. Igualmente
Arsenio Isabelle, en la misma época,
los describía como “espaciosos,
pero pasablemente malos”. En cambio
Thomas George Love, también conocido
como John Lacock o Míster Love, en
sus memorias sobre Buenos Aires, en 1820,
dice que “El Café de la Victoria
es espléndido y no tenemos en Londres
nada parecido. Como el Café de Marco,
el de los Catalanes y el de Martín,
este café tiene un amplio patio cubierto
con toldos, y la mesa de billar está
siempre concurrida y las mesitas rodeadas
de gente”.
Y por último, otro inglés,
J. A. Beaumont, anotaba en 1828: “Los
cafés de Buenos Aires son muy concurridos
y todas las noches se reúne en ellos
gran cantidad de público a jugar
a las cartas o al billar”.
Pasaron los años y las mesas de billar
se multiplicaron ya no sólo en los
cafés, sino también en casas
de familia y clubes aristocráticos,
como el Club del Progreso y el Jockey Club.
Y es entonces, a fines del siglo XIX, que
se inaugura un café que sería
cuna de nuestro primer Campeón Mundial
de Billar.
Augusto Vergez
Nació en 1896 y a los ocho años
ya empuñaba el taco. Don Silvano
Vergez, su padre, era dueño entonces
del Café Los Pirineos, sito en Esmeralda
492, justo donde ahora está la boca
del subterráneo. Era un lugar muy
concurrido por gente de la farándula,
como Florencio Parravicini y Roberto Casaux,
y asimismo era el café preferido
por los campeones de lucha libre que actuaban
en el cercano Teatro Casino, de la calle
Maipú, cuyo espectáculo era
muy cotizado en ese tiempo.
“Los Pirineos” poseía
dos billares, y debajo de uno de ellos siempre
estaba el banquito que utilizaba Augusto
para jugar, especialmente cuando los luchadores
Paul Pons y Constant Le Marin, figuras de
relieve mundial que actuaron bastante tiempo
en Buenos Aires, se disputaban el honor
de jugar cada tarde con el pequeño
Vergez.
En esa temporada de 1904, Parravicini actuaba
en una obra en el Teatro Verdi, sito en
la calle 25 de Mayo, donde cada noche apagaba
de un tiro una vela que sostenía
otro actor llamado Lacomette. El acto era
muy aclamado, pues a pesar de ser Parravicini
un experto tirador, el riesgo era real.
Esto dio lugar a una apuesta: Jugarían
una partida de billar Augusto y Le Marin,
contra Pons y Casaux, bajo el arbitraje
de Parravicini, y el que ganase sostendría
esa noche la famosa vela en el teatro. Comenzó
la partida y lo cómico fue que cuando
Augusto no alcanzaba a realizar la jugada
ni con la ayuda del banquito, el gigante
Le Marin lo sostenía por los fundillos
del pantalón con una mano, y así,
en el aire, el niño ejecutaba difíciles
carambolas.
De más está decir que esa
noche Augusto sostuvo la vela en el desaparecido
Teatro Verdi.
Vinieron luego los años de estudio
en el colegio Mariano Moreno de Rivadavia
al 3500. Alrededor de 1913, cuando era un
aventajado estudiante de tercer año,
un compañero le dijo que le había
concertado un desafío con un alumno
de quinto año que tenía ínfulas
de billarista. Vergez se resistía
a ser mirado como bicho raro y se negó
a jugar, pero su amigo había apostado
unos pesos a su favor y no podía
dejarlo en la estacada.
Cuando la mañana señalada
llegó al café con los libro
bajo el brazo, creyendo que sólo
habría unos pocos compañeros,
se encontró con que había
tres divisiones enteras ya acomodadas alrededor
de la mesa. Mientras tanto en el colegio,
el rector, preocupado por la falta de tal
cantidad de alumnos, se enteró por
un celador de lo que ocurría.
Mediaba ya la partida que Augusto ganaba
por marcada diferencia, cuando se presentó
en el café el Dr. Derqui, rector
del colegio. Desbande general. Sólo
quedaron Vergez y su rival para dar explicaciones
y el resultado fue un día de suspensión
para todos y para los “héroes”
diez días, con asistencia a clase.
Luego intervino el profesor de Álgebra
de Vergez, Sr. Zaldarriaga, quien conociendo
al muchacho como excelente alumno, logró
que le levantaran la suspensión.
El joven continuó con sus estudios,
practicando sólo de tiempo en tiempo,
pero aún así, en 1917, jugando
con un amigo, marca una serie mayor de 15
carambolas que le reporta el título
de Recordman Sudamericano de serie mayor.
Este record tuvo por escenario el salón
“Dos Mundos” de la calle Paraná.
En 1922 participa en un torneo de tres bandas
en “Los 36” de la calle Corrientes
(abatido más tarde para la ampliación
de la avenida), y lo gana invicto. Se dedica
luego a la dirección de su afamado
restaurante L’Odeón, de Esmeralda
casi Corrientes, que abriera su padre en
1913 y que cerró sus puertas en 1949.
Junto con Juan, su hermano menor, también
billarista, adquiere en 1927 el salón
“Los 50 Billares” de la calle
Carlos Pellegrini, donde se jugaron memorables
torneos que tuvieron como protagonistas
a los dos hermanos junto a Enrique Navarra,
Silvio Rebecchini y Carlos Friedenthal.
Eran en verdad un quinteto temible.
Al año siguiente, Juan y Augusto
diseñan e inauguran con gran éxito
un nuevo salón, el “Odeón”,
en Corrientes y Esmeralda, que en su piso
bajo tenía una confitería
de gran categoría. Allí, ambos
practicaban para el primer campeonato mundial
de tres bandas que organizaba la flamante
Federación Argentina de Billar y
que se inició el 18 de setiembre
de 1938 en el entonces Teatro Maravilla,
sito en Victoria (hoy Hipólito Irigoyen)
y San José, que más adelante
se llamó “Onrubia” y
cayó al fin bajo la piqueta del progreso.
Junto a ellos jugaron Miró y Friedenthal;
Zaman, campeón belga; Tiecke, alemán;
Iglesias Díaz, chileno; Davin, francés;
Silva Correa, uruguayo y Lagache, el campeón
mundial.
Augusto Vergez ganó por 15 carambolas
y se consagró como el mejor billarista
del mundo en tres bandas, invicto, dándole
al país el primer campeonato mundial
en deporte.
Vergez era un hombre de ciudad, de la ciudad
noctámbula de un Buenos Aires muy
diferente al de hoy, estaba conformado en
la psicología del hombre de café,
pero no era un desperdiciador de tiempo,
pues no lo perdía alrededor de la
mesa de billar y además le sobraba
para ir adquiriendo otros conocimientos,
otras culturas. Sereno, correcto, sobrio
en todas sus expresiones podía encarar
los problemas de una jugada con la inteligencia
avizora de quien sabe transformar el simple
juego en una nueva concepción de
belleza.
Café, Bar, Billares
Ya en la década del treinta, todos
los cafés contaban por lo menos con
una mesa de billar. La gran mayoría
de esas mesas fueron retiradas poco a poco
por los dueños de los establecimientos
en la década del sesenta, debido
a las sucesivas crisis económicas
que afectaron a nuestro país, ya
que entonces era más redituable colocar
más mesitas para consumición
que “aguantar” a los grupos
de aficionados que pasaban horas consumiendo
sólo un café, y a veces, ni
siquiera eso.
Entonces quedaron sólo los reductos
tradicionales y los clubes, último
refugio de los amantes del juego. Podríamos
agregar que en las últimas décadas
los argentinos han debido dedicar muchas
más horas al trabajo que al esparcimiento,
con lo que el tiempo antes dedicado a “ir
al café” fue quedando relegado.
Queremos dejar constancia de algunos lugares
que han cobijado alrededor de sus mesas
a grandes billaristas desde sus comienzos,
y que desgraciadamente ya casi ninguno existe.
En el barrio de Flores, cuna de muchos grandes
aficionados, estaban: Las Orquídeas
en Artigas y Yerbal; el Flores, en Rivadavia
y Nazca; La Cosechera, luego Odeón;
El Palacio de los Billares, en Yerbal y
Artigas. Eran también muy afamados
El Alba, en Pompeya; Edison, en Once; El
Vasquito, en Chiclana y Virrey Liniers;
Pedigree, en Pueyrredón y Santa Fe;
El Central, en Venezuela y Bernardo de Irigoyen.
Y los más famosos del barrio de Boedo:
El Dante, en Boedo al 700; Petit Munich;
Boedo Billar Club y los 20 Billares, también
en Boedo al 800.
Ya en la zona centro estaban Los 36 de Corrientes;
Los 36 de Cochabamba y Entre Ríos;
el Club Ebro, en Corrientes frente al teatro
Astral; Richmond Florida y Richmond Buen
Orden; Café La Paz en Corrientes
y Montevideo; los 36 Billares de Avenida
de Mayo; El Tortoni; el Galeón y
el mítico Club Callao, de Callao
11 al que nos referiremos más adelante.
Había otro espacio aparte de los
cafés, donde se practicaba el billar
con mucho entusiasmo, y eran los clubes
de fútbol. Racing, Gimnasia y Esgrima
La Plata, Boca Juniors, River Plate, Independiente
y Huracán, entre otros, tenían
mesas de billar que vieron nacer a varios
campeones de las distintas especialidades
y sus derivados: esnoquer, casin, bochetas
y carolina. También el Club Español
y el Club Italiano fueron refugio de los
aficionados.
Sirva esta breve enumeración como
agradecido recuerdo a todos esos nombres
ya olvidados y sin los cuales no hubiera
podido el billar argentino alcanzar los
más altos puestos en el mundo.
Nace la Federación Argentina de Billar
Don Juan Carlos Basavilbaso fue el fundador
y director de la revista “Billar”
cuyo primer número salió a
la calle el 1º de agosto de 1925. Dedicado
al billar desde 1918, llegó a ser
profesor y director de la sala que había
en el subsuelo de Avenida de Mayo y Carlos
Pellegrini, llamada Colón.
El tema principal de la revista era el relativo
a la necesidad de la fundación de
una entidad directriz del juego. Basavilbaso
opinaba que era imposible el progreso de
la actividad sin una dirección adecuada.
Logró al fin la primera reunión
de los hombres más importantes del
deporte, el 21 de enero de 1926 en el salón
de actos de Última Hora, en Esmeralda
173.
Allí se nombró una comisión
provisoria presidida por J.C. Basavilbaso,
para que convocara a Asamblea General, la
que se llevó a efecto en el salón
de actos de “La Razón”
el 8 de febrero de ese mismo año.
De allí surgió la primera
comisión Directiva de la Federación
Argentina de Billar presidida por el Dr.
Juan Carlos Ávila y como vicepresidente
Juan Vergez, prematuramente desaparecido.
Pese a los esfuerzos de sus integrantes,
hubieron grandes lagunas de inactividad,
hasta que en 1937, estando en la Argentina
el fuerte aficionado español Raimundo
Vives, que organizara el billar en Barcelona
y Madrid, Basavilbaso encontró el
aliado indispensable para la definitiva
consolidación de la Federación.
Así, el 20 de mayo de 1937, en una
reunión realizada en el bar “Los
36” de Cochabamba y Entre Ríos,
se lograba el intento que había de
ser definitivo, ya que la entidad dirigió
desde esa fecha los destinos del billar
argentino, colocándolo al tope del
concierto mundial en ese deporte.
En 1938 el secretario de la Federación,
don Pascual Germino, tuvo la brillante y
audaz idea de solicitar a la Unión
Internacional de Amateurs de Billar, con
sede en Francia, autorización para
organizar un campeonato mundial de tres
bandas. Germino contó desde el primer
momento con el apoyo moral y material de
los hermanos Vergez, y juntos hicieron realidad
la temeraria empresa que culminó,
como ya vimos, con la obtención del
primer puesto a manos de Augusto Vergez.
Desde esa fecha hasta 1945, año en
que falleció, Germino fue primero
elegido Presidente de la Federación
y luego reelecto en ese puesto siempre por
unanimidad. Bajo su presidencia, la Federación
vio aumentar el número de sus afiliados,
llegando en 1950 a cuarenta y ocho entidades,
entre las que se contaban las más
importantes del país. Siguiendo con
la relación de los logros de la Federación,
digamos que el 18 de setiembre de 1941 se
jugó en el club Huracán el
primer Campeonato Sudamericano de cuadro
45/2. Ganó Juan Navarra, José
Bonomo fue segundo y el tercer puesto lo
ocupó Pedro L. Carrera. Un dato curioso
en relación con ese torneo: Huracán
había ofrecido su sede de la avenida
Caseros al 2800 con muy buena voluntad,
pero en el momento de instalar las dos mesas
de billar necesarias, se dieron cuenta que
no había espacio suficiente para
ellas. La solución fue derribar una
pared en la cancha de pelota donde se jugaría
el campeonato para lograr así el
lugar necesario y desde entonces la cancha
tiene casi el doble del largo reglamentario.
Poco a poco la actividad fue elevando su
nivel cultural, dejando atrás la
cantina y el café para ubicarse más
cerca de los clubes importantes y de las
casas de familia, hasta que en 1942 la Confederación
Argentina de Deportes reconoció al
billar como deporte y le concedió
la respectiva filiación.
A partir de entonces se organizaron junto
con la Federación Uruguaya de Billar
los Campeonatos Rioplatenses de Tres Bandas,
que la Argentina ganó por tres años
consecutivos adjudicándose en consecuencia
la copa en disputa (1944/45/46).
En 1947, tras la muerte de don Pascual Germino,
asumió la presidencia de la Federación
Argentina de Billar don Enrique Faragasso,
quien logró que se organizara un
nuevo Campeonato Mundial de Tres Bandas
en la Argentina, pero esta vez el cetro
quedó en manos del belga René
Vingerhoetd, ocupando José Bonomo
y Augusto Vergez el segundo y tercer puesto,
respectivamente.
Ese mismo año habían viajado
a Chicago, Estados Unidos, Ezequiel y Juan
Navarra, donde el primero ganó invicto
el Campeonato Norteamericano, seguido por
Juan, pero ambos quedaron en segundo y tercer
lugar al jugar por el Campeonato Mundial
y ser derrotados por el legendario Willie
Hoppe.
A raíz de esta actuación de
los hermanos Navarra en el mundial de Chicago,
la Unión Internacional de Billar,
con sede en Francia, declara a los billaristas
argentinos profesionales, debiendo abstenerse
en el futuro de participar en torneos amateurs.
Existía ya el antecedente de 1947,
cuando había tenido problemas Pedro
Leopoldo Carrera por haber jugado un match
en París con el brillante profesional
francés Roger Conti, especialista
en cuadro, de resultas de lo cual la Unión
Internacional lo castigó con una
suspensión de un año por haberse
enfrentado a un taco profesional, a lo que
Carrera contestó que daba por bien
perdido ese lapso, ya que la enseñanza
recibida durante el match, valía
mucho más.
El gran suceso del año 1949 resultó
ser el match jugado por Ezequiel Navarra
y el Campeón mundial Willie Hoppe
en el mes de junio, que se comenzó
a jugar en el Casal de Cataluña y
culminó en el Luna Park, habiendo
convocado en nueve noches más de
45.000 aficionados que ovacionaron a Navarra
al vencer al viejo campeón en 1500
carambolas con el excepcional promedio de
1.23.
Enrique Navarra
Debemos aquí retroceder en el tiempo
y volver por un instante al 7 de octubre
de 1905, año en que nace Enrique
Navarra. Pocos meses después de cumplir
los diez años, sus padres lo enviaron
a pasar unos días a la casa de su
tío Ezequiel quien tenía una
mesa de billar en su domicilio familiar.
Don Ezequiel era profesor de billar y aspiraba
a ganar el campeonato argentino, por lo
que cuando queda libre de su trabajo como
instructor del juego en el café que
poseía en Entre Ríos y Alsina,
en los bajos de la Sociedad Española
de Socorros Mutuos, se encerraba a entrenar
en su cuarto.
Su sobrino pasa esas tardes de vacaciones
sentado muy quietecito en el bar, observando
el juego de los parroquianos, hasta que
una tarde, al ver al sobrino prestando tanta
atención, el tío le da el
taco, diciéndole: “Prueba,
a ver si haces una carambola”. El
chico toma el taco, se inclina sobre la
mesa, mira las bandas, tira y ... carambola.
“Puede ser casualidad”, comenta
el tío, un poco impresionado por
la naturalidad y seguridad con que tiró
el niño. “!Prueba otra vez!”
. Lo mismo que antes: tranquilo, seguro,
como si hubiera nacido con el taco en la
mano, Enrique tira y ... ¡carambola!
Luego otra, otra y otra más, ¡ocho
carambolas seguidas!
Para don Ezequiel es la revelación:
El niño tiene condiciones innatas
para el juego. A partir de entonces, lo
entrena hasta ocho horas diarias, sin que
Enrique pierda nunca la serenidad. Cinco
meses después, es presentado en los
cafés, batiendo a todos sus rivales.
La noticia cruza el río y lo convocan
para desafiar a Jacinto Vargas, veterano
Campeón uruguayo. Enrique viaja con
don Ezequiel, y juega encaramándose
a un cajón, ganando tres de los seis
matches. Al finalizar el último partido,
Vargas declara al público que se
apiña en el café, frente a
la plaza Independencia, en Montevideo: “Amigos
míos, miren bien a mi pequeño
adversario, porque dentro de dos o tres
años, a lo sumo, lo tendremos convertido
en Campeón del Mundo¡”
. El tiempo confirmó el vaticinio
de Vargas, pero sólo se equivocó
en un detalle: la fecha.
Después de Montevideo, Enrique participa
y gana varios torneos, pero al cambiar los
pantalones cortos por los largos, se produce
un fenómeno inexplicable: Pierde
su seguridad anterior y se convierte en
un manojo de nervios. Recién a los
diecinueve años, después de
un tremendo desgaste físico y mental,
se consagra Campeón Argentino de
cuadro 45/2.
El triunfo le destroza los nervios y lo
postra en cama semanas enteras. Maldice
el día que sostuvo un taco en sus
manos por primera vez y renuncia al billar.
Pero pasados unos años sus primos
Navarra lo chucean para que vuelva a competir,
y cede. Vuelve a entrenar y en 1937 es Campeón
Argentino de Carambola Libre ... y otra
vez en cama con el sistema nervioso hecho
trizas. “¡Al que me diga que
vuelva a jugar, le pego dos tiros!”
, se le escucha decir, furioso.
Pero el tiempo trae el olvido y la tentación
vuelve a ganar: En 1948 gana el Campeonato
Argentino de Tres Bandas y en 1949 el Campeonato
Sudamericano de la misma especialidad. Y
otra vez cama y nervios. Ese año
1949 se entera que se seleccionará
al mejor jugador para acompañar a
Pedro L. Carrera en la lucha por el mundial
de tres bandas que se disputará en
Europa. Y esta vez él mismo resulta
ser su mejor médico, al autoconvencerse
de que es preferible la derrota, a quedarse
inmóvil como simple espectador.
Y en menos de dos meses de entrenamiento,
el milagro: ¡Enrique Navarra, Campeón
del Mundo de Tres Bandas!
Veamos un poco lo que le sucedía
a Enrique y que también afectara
más tarde a su primo Ezequiel: El
“trac”. Es conocido el trac
que afecta a los actores y cantantes, ese
temor inexplicable a no poder salir a escena,
y el que aterroriza a los billaristas es
muy similar.
Este consiste en una inhibición que
aparentemente es física, pero sólo
es el resultado de reflejos nerviosos del
cerebro. La palabra trac, extraída
del francés, equivale a miedo, emoción,
inquietud. Monsieur Barantiére, una
de las glorias del billar de Francia, lo
definió como “el suplicio de
la silla”. Consiste en un trac pasivo,
pues ataca al jugador mientras espera que
su rival termine la serie, y el que lo sufre
pasa instantes cerebrales caóticos
que en la mayoría de los casos se
traduce en espasmos que atacan al brazo
derecho y no lo dejan actuar libremente.
El padre de Navarra había comprado
en 1922 el salón 20 Billares, de
Boedo 787 y allí el joven Enrique
fue maestro de casi toda la muchachada del
barrio, entre ellos alguien que también
llegaría lejos en la actividad: José
Bonomo, que perdió el primer puesto
en el Mundial de Tres Bandas de 1948 por
una carambola, frente a René Vingerhoetd
y fuera más tarde director de billares
del Boedo Billar Club y del café
Dante, ambos en el barrio de Boedo, y además
inauguró con Enrique el mítico
Club Callao.
En 1926 comenzó a concurrir al Club
del Progreso, donde su tío Ezequiel
era profesor de la sala de billar y pronto
se convirtió en el niño mimado
de los aficionados que frecuentaban el distinguido
club, con los que jugaba memorables partidas.
Una de ellas fue con el Cónsul argentino
don Miguel A. Molina, a quien le dio una
ventaja de 500 en 1000 en cuatro series
de 250 carambolas. El match se jugó
en una mesa histórica: la preferida
de Bartolomé Mitre, Nicolás
Avellaneda y Domingo F. Sarmiento. Por supuesto,
ganó Enrique, y el Cónsul
dijo: “Es más grato perder
ante Navarra que ganarle a cualquier otro.”
Enrique Navarra cumplió en 1943 su
serie mayor al Cuadro 45/2 durante un entrenamiento
en la famosa mesa 4 del Club Callao. Jugó
una hora y veinte minutos hasta llegar a
las 726 carambolas, errando la siguiente
más por cansancio que por otra cosa,
ofreciendo a los presentes una verdadera
cátedra de billar.
El Club Callao había sido arrendado
por Enrique y su hermano Atilano al no poder
reflotar comercialmente los 20 Billares
de Boedo. Se trataba de un local muy grande
que había estado desalquilado durante
mucho tiempo en Callao 15.
Eran años de crisis e incertidumbre
económica, pero cuando en marzo de
1936 abrió sus puertas, el éxito
se vio asegurado desde el primer día,
por lo que de inmediato se configuró
un club de billar que se denominó
Callao. Este, junto con otros tres clubes,
fueron los miembros fundadores de la Federación
Argentina de Billar que hasta hoy rige el
deporte en nuestro país.
Navarra presidió el Callao durante
muchos años, a partir de 1941, siendo
su secretario el dirigente y periodista
Silvio E. Martínez, gran amigo suyo
y responsable, según Lita Navarra,
de que Enrique continuara jugando. Lita
se desesperaba ante las crisis de nervios
de su esposo, pero era su infatigable admiradora,
y su presencia era infaltable en los torneos
que jugaba Enrique.
La carrera de Navarra se vio coronada en
1953, al ganar el Campeonato Mundial de
Tres Bandas, pero también cuentan
en su haber tres títulos Sudamericanos,
tres Premios República Argentina
en Tres Bandas de 1949/53/55 y un Premio
República Argentina de Carambola
Libre en 1956, e incontables torneos menores.
Vale la pena mencionar que Lita atesoraba
en su casa 40 medallas de oro, 15 de plata,
15 trofeos, 20 pergaminos y más de
10 plaquetas que daban fe del billarista
excepcional que era Enrique Navarra.
Los hermanos Navarra
Don Ezequiel Navarra nació en 1883
en Santa Lucía, viejo barrio de Montevideo.
Se radicó en Buenos Aires a fines
del siglo XIX y con el correr de los años
se estableció con un Bar y Billares
en Canning (Scalabrini Ortiz) y Ribera.
Allí, sus pequeños hijos tuvieron
amplio campo para sus incursiones billarísticas,
pero don Ezequiel, que había sido
profesor de billar del Ambos Mundos y del
Oriente, no se acostumbraba a la rutinaria
tarea del bar, por lo que pronto dejó
el comercio y volvió a dedicarse
a enseñar y a la compraventa de billares
y accesorios, a la vez que cuidaba de cerca
la formación de su sobrino Enrique,
de su primogénito Juan, de 12 años
y de Ezequiel, de 9.
El mayor de los hermanos ganó ese
año su primer Campeonato en Villa
Crespo, ante el asombro de los rivales por
la seguridad del niño. Pero la pasión
de Juancito era el fútbol. Jugó
en la 4º división de Boca Juniors
e integró el cuadro de Floresta Juniors
con el que fue Campeón de Liga Independiente
en 1930. Pero el golpe descalificador de
un adversario le ocasionó la rotura
de un tobillo, lo que unido a la prédica
de don Ezequiel, acabó por enfriar
su entusiasmo y volver al billar.
Ambos hermanos, dirigidos por su padre,
ofrecieron exhibiciones en cafés
y clubes, asombrando a los billaristas porteños
y fueron creciendo al mismo tiempo que la
Federación Argentina de Billar, que
también comenzaba por esos años
a regir los destinos del deporte.
Los Navarra actuaron en torneos oficiales
a partir de 1940, Juan en Tres Bandas, Cuadro
y Libre, y Ezequiel sólo en Tres
Bandas. Juan ganó en 1941 el Campeonato
Sudamericano de Libre jugado en Huracán,
del que ya hemos hablado y poco después
igualó la marca continental de 552
carambolas al Cuadro 45/2 que poseía
su primo Enrique.
Ezequiel era un fenómeno, pero con
poca suerte para lograr los primeros puestos,
hasta que en 1945 logró vencer a
Pedro L. Carrera en un match amistoso que
tuvo su revancha recién 10 años
más tarde, como veremos más
adelante.
La noche del 18 de setiembre de 1941, cuando
Juan ganó el Sudamericano, Ezequiel
tomó el taco, mientras su hermano
recibía las felicitaciones de los
amigos, y enhebró dos series de 300
carambolas, que por una errada, no fue un
nuevo record. Si hubiese practicado el Cuadro
con igual dedicación que las Tres
Bandas, hubiese llegado a ser otro Roger
Conti.
En 1945 surgió a las lides el hermano
menor, Enrique C., “Quito” para
la familia, quien un año más
tarde ya jugaba en 1ª y fue Subcampeón
Argentino en Tres Bandas y Subcampeón
Sudamericano en Chile, en el campeonato
ganado por su primo Enrique. Pero a pesar
de su formidable pegada ambidextra y su
amor por las Tres Bandas, Enrique C. ha
encontrado en la Fantasía su verdadero
campo. Su extraordinaria habilidad para
las “cosas raras” que se pueden
hacer con un taco y tres, cuatro, cinco
o 10 bolas, unida a su destreza manual y
su gran simpatía, provoca risa y
asombro por igual en sus sorprendentes exhibiciones.
La temporada de 1947 fue la última
en que actuaron Juan y Ezequiel en el país,
ocupando los primeros lugares del Campeonato
de ese año. A fines de ese año
viajaron a Estados Unidos y allí,
en febrero de 1948, Ezequiel se consagró
Campeón Nacional de ese país,
con Juan en el segundo puesto y Willie Hoppe
en el tercero. Disputado luego el Mundial,
también en Chicago, vuelve a coronarse
campeón el veterano Willie Hoppe,
siendo Ezequiel el subcampeón, seguido
por Juan.
A raíz de esta actuación,
la Unión Internacional de Billar
los declaró jugadores profesionales,
como ya hemos visto. Ezequiel fue un gran
billarista que ya a los nueve años,
ante un desafío de su padre tomó
el taco y realizó 200 carambolas
sin interrupción, por lo que don
Ezequiel resignó sus ambiciones personales
y se dedicó exclusivamente a entrenar
a su familia. También posee Ezequiel
un record de velocidad: 500 carambolas en
17 minutos ante el campeón español
Raimundo Vives.
Algo más que atañe a los hermanos
Navarra. El 17 de octubre de 1951 se iniciaron
en Argentina las emisiones de televisión,
maravilla que los porteños sólo
podían ver a través de las
vidrieras de los comercios que vendían
artículos para el hogar y que exhibían
los flamantes televisores encendidos, para
atraer la atención de los posibles
compradores. La programación de las
primeras semanas de transmisión consistió
casi exclusivamente en la proyección
de películas y algún que otro
programa en vivo, los que tenían
una duración de pocos minutos. Uno
de esos programas, emitido el 2 de noviembre
de 1951, consistió en la transmisión
de una exhibición de billar que estuvo
a cargo de los hermanos Navarra, siendo
árbitro de la misma el dirigente
de la Federación Argentina de Billar,
Silvio Eduardo Martínez.
Nace la Asociación Mundial de Billar
para Profesionales
Un grupo de aficionados - algunos de ellos
ex dirigentes del billar amateur argentino
-, resolvieron en 1954 crear una entidad
para encauzar y regir la rama profesional
del deporte. El primer esfuerzo de la Asociación
fue la concreción del Campeonato
Mundial de Profesionales de Tres Bandas,
que se jugó en Buenos Aires en octubre
de 1954, con la participación de
los estadounidenses Harold Worst, Ray Kilgore,
Welker Cochran y Ray Miller; el mejicano
Joe Chamaco y la japonesa Masako Katsura.
Los argentinos Juan y Ezequiel Navarra,
favoritos del público, resultaron
segundo y tercero, respectivamente, ocupando
la japonesita el cuarto lugar. El torneo
fue ganado por Harold Worst, de 27 años,
a quien se conocía en su Chicago
natal como “el niño maravilla”,
veterano de la guerra de Corea pese a su
juventud.
Este brillante campeonato se desarrolló
en el estadio Luna Park, con gran concurrencia
de público, el que alentó
no sólo a los billaristas locales,
sino también a la encantadora Masako,
que atrapó tanto las miradas masculinas
por su brillante actuación, como
la de las numerosas damas presentes por
sus elegantes vestidos.
Ezequiel Navarra dio la revancha a Pedro
L. Carrera por aquel único match
jugado por ambos en el Casal de Cataluña
en abril de 1945, del que resultara ganador
Ezequiel, recién 10 años más
tarde. Pudieron volver a cruzar tacos en
1956, porque después de muchos años
de amateurismo, Pedro había decidido
pasar al profesionalismo para ampliar su
campo de juego. Hablaremos ahora de él
Pedro Leopoldo Carrera
Alrededor de 1932, Pedro Leopoldo Carrera
era uno de los buenos aficionados que hacía
sus prácticas en el viejo 36 Billares
de la calle Corrientes y a pesar de su dedicación,
no podía pasar de un promedio de
ocho o nueve, es decir, de un jugador de
segunda categoría. Estaba por “colgar
el taco” cuando don Antonio Pisto,
veterano profesor, le propuso practicar
con él para que aprendiera lo que
más le gustara de su juego.
Al poco tiempo, Pedro hacía promedios
de 20, es decir, había duplicado
su capacidad como jugador. La confianza
ganada, unida a sus naturales aptitudes,
hicieron que aflorara en él ese billarista
exquisito que logró, a lo largo de
su carrera, récords absolutos, como
el del año 1942, cuando hizo una
serie de 1000 carambolas en cincuenta minutos,
en la sede del Racing Club, institución
a la que representó por muchos años.
Muchacho del interior, había llegado
desde su Tres Arroyos natal a los 15 años,
enviado por su familia para estudiar. El
compás de espera entre clase y clase,
lo llevó un día a entrar en
un café cercano y ahí, frente
a un paño verde y a ese andar de
las bolas, que parecen tener vida propia
cuando el taco las impulsa, allí,
nació el campeón.
Ya en 1939 gana el Campeonato Argentino
de Libre y en 1944 logra el Campeonato Argentino,
en la Federación de Box de la calle
Castro Barros, nada menos que sobre Augusto
Vergez, quien fue a partir de entonces,
su padrino. Muchos lo hemos escuchado a
Vergez decir que Pedrito representaba para
él, el hijo que nunca tuvo.
En 1946 gana el Tercer Campeonato Rioplatense
disputado en Uruguay, y en 1947 y 1949 se
corona campeón Argentino de Carambola
Libre. Llega 1950 y el 8 de junio se adjudica
en Madrid, el 14º Campeonato Mundial
de Libre y en diciembre del mismo año
gana el Campeonato Sudamericano de Carambola
Libre que se jugó en el Casal de
Cataluña.
Vuelve a ganar el Campeonato Argentino de
Cuadro 47/2 en agosto de 1951 y en noviembre
de ese año se adjudica el Campeonato
Mundial de Cuadro 47/2 disputado en los
salones de Gimnasia y Esgrima de Buenos
Aires. Revalida en 1952 el título
de Campeón Argentino de Cuadro 47/2
en el salón La Argentina, y el de
Campeón Argentino de Tres Bandas,
en el Casal de Cataluña.
La novedad técnica de ese último
campeonato fue que en las mesas de juego
se colocó un sistema de calefacción
por el método de rayos ultravioleta,
que mantenía la pizarra y las bandas
a una temperatura uniforme de 30 grados,
lo que hacía que éstas resultaran
más “blandas y elásticas”,
con beneficio para el ángulo y la
velocidad, sin perjudicar el mueble ni el
caucho, ya que no era una calefacción
directa ni con resistencias eléctricas,
como antiguamente se había ensayado
en Francia.
Y llegó octubre de 1952, en que frente
a un Luna Park colmado de aficionados (12.000
personas, record en ese deporte), Pedro
Leopoldo Carrera se coronó Campeón
Mundial de Tres Bandas.
Jugó mejor que nunca, marcando un
promedio general de 1.070 y volvió
a lucir con prestancia el blanco clavel
en la solapa de su smoking. También
en ese torneo fue un factor importante la
temperatura uniforme de las mesas, sin esa
terrible humedad que perjudicaba tanto a
los jugadores.
Para no perder la costumbre, marca un nuevo
record en la provincia de Tucumán,
donde se entrena para el Campeonato Argentino
de Libre, haciendo 1.453 carambolas en dos
horas de juego. Reconquista también
ese título nacional con una marca
general de 147,66, otro record para su carrera.
Viaja en junio de 1953 a España,
y allí, en la ciudad de Vigo, conquista
el Campeonato Mundial de Carambola Libre
que ya obtuviera en 1950, y como decía
un versito de esos días: “Llevó
el título a exhibir, entre campeones
ilustres, y con él supo venir, después
de sacarle lustre”.
En mayo de 1954 gana el Campeonato Sudamericano
de Libre, disputado en el Salón Príncipe
George, en Buenos Aires. El piso de la sala
carecía de la firmeza necesaria para
nivelar correctamente las mesas, pero igualmente
Carrera impuso su maestría y ganó.
Un mes más tarde recupera el Campeonato
Argentino de Libre que se juega en el Casal
de Cataluña y que había perdido
a manos de Enrique Navarra, quien resulta
en esta ocasión, subcampeón.
Un nuevo Sudamericano de Cuadro se juega
esta vez en Brasil, en agosto, y otra vez
Pedro Carrera se queda con el título.
Un detalle de este torneo de San Pablo,
es que jugaron con bolas de material sintético,
a las que no estaban acostumbrados nuestros
billaristas, que preferían las de
marfil, pero igualmente su depurada técnica
se impuso frente a sus rivales.
El Campeonato Mundial de Billar Completo
(Nuevo Pentatlón) se juega en noviembre
de 1954 en el Salón Príncipe,
de Sarmiento 1230. Las cinco especialidades
eran: Libre, Cuadro 47/2, Cuadro 71/2, Una
Banda y Tres Bandas.
Nuevamente Carrera resultó vencedor,
ubicándose Enrique Navarra en el
segundo lugar. Pocos meses después
de este triunfo único en la historia
del billar, Pedro decidió ingresar
a las exiguas filas del billarismo rentado.
Y decimos exiguas porque en ese entonces
sólo dos figuras argentinas actuaban
en ese lote: Ezequiel y Juan Navarra.
Carrera argumentó que al haberse
clasificado Campeón Mundial en Libre,
Cuadro, Tres Bandas y Pentatlón,
ya no lo quedaba nada por lograr en el amateurismo,
y que además era el único
camino para enfrentarse en un match con
Ezequiel, único billarista en ese
momento, capaz de igualar sus hazañas.
Para cerrar este capítulo dedicado
a nuestra máxima figura, digamos
que ganó el título en 31 oportunidades,
entre ellas 5 Campeonatos Mundiales, 3 Campeonatos
Sudamericanos y 23 Campeonatos Argentinos
y había en su historial 81 récords
en promedios particulares, generales y de
serie mayor.
Lo que se dice, un gran campeón.
La Mujer y el Billar
Hace muchos años, existió
en Buenos Aires el Club Argentino de Mujeres,
que contaba en sus salones con una mesa
de billar donde practicaban muchas de sus
asociadas, pero ninguna de ellas se atrevió
a romper las barreras sociales de entonces
y enfrentarse con un oponente masculino.
Es sabido que muchas damas de la sociedad
argentina eran amantes del billar, pero
jugaban sólo en la intimidad de sus
hogares, muchos de los cuales contaban con
una sala de billar perfectamente equipada.
No sucedió lo mismo en otros países.
En Francia, Inglaterra y España se
han jugado matches internacionales y Holanda
tuvo durante años la Campeona Mundial
de Carambola Libre, con un promedio envidiado
por muchos varones.
La más famosa ha sido casi con seguridad
la japonesa Masako Katsura. Esta delicada
criatura que nos visitó en ocasión
del Campeonato Mundial de Tres Bandas realizado
en el Luna Park en 1954, comenzó
a jugar a los catorce años por consejo
médico. Ganó numerosos torneos
en Estados Unidos, donde se radicó
al contraer matrimonio con un militar norteamericano.
Alguien que la vio jugar en ese Mundial
de Argentina, asegura que ella concentraba
todas las miradas, al moverse como una exótica
flor oriental, trasplantada al duro asfalto
de la avenida Corrientes.
Lo cierto es que su cuarto puesto, detrás
de Harold Worst y los hermanos Navarra,
habla por sí sólo de la estupenda
jugadora que había detrás
de la frágil Mujercita.
Pero no sólo las mujeres billaristas
merecen que se las nombre y recuerde. En
nuestro país, cuna de jugadores brillantes,
hubieron siempre mujeres que acompañaron
a sus maridos en las interminables noches
de torneos, devoradas por los nervios, en
silencio, pudiendo dar escape a sus emociones
sólo en el aplauso que premiaba una
tacada especial o el éxito de una
carambola difícil.
Todas ellas, sentadas en un palco del Casal
o en los salones de Gimnasia y Esgrima,
el club Español, el Italiano y tantos
otros lugares, la mayoría de los
cuales ya no existen, merecen que se las
nombre, aunque sea por única vez
y en homenaje al apoyo que siempre brindaron
a sus hombres: Lita Navarra, You-You Vergez,
las esposas de los tres hermanos Navarra,
la esposa de Carrera, que por vivir en Azul
con sus pequeños hijos, no le era
fácil acompañar siempre a
Pedro; y también las esposas de algunos
dirigentes de la Federación Argentina
de Billar, como Taca, Maruja, Magdalena,
Cachi, Matilde, Delia y tantas otras que
se alegraban o entristecían, según
el derrotero seguido por el caprichoso marfil
sobre el paño verde.
Conclusión
Habría mucho más por decir
acerca del billar, pero hasta aquí
llegamos, habiendo abarcado 345 años
de la actividad en nuestro país.
Nos hemos referido principalmente a la llamada
Epoca de Oro: 1935 – 1955, tratando
de dejar constancia de los principales hitos
que lograron nuestros más afamados
jugadores.
Sería injusto no nombrar, aún
sin dar detalles, a algunos de los que también
hicieron la historia del billar en la Argentina,
a pesar de no haber alcanzado el máximo
nivel. Recordamos y agradecemos entonces
a: F. Canitrot, C. Friedenthal, J. Bonomo,
E. Miró, A. Piscitello, R. Accatti,
O. Berardi, O. Lauletta, M. López,
E. Débole, N. Esper, y E. Belmaña,
entre muchos otros.
El billar fue símbolo de una época,
aquella en la que Buenos Aires contaba con
un café cada pocas cuadras y la muchachada
de entonces hacía de ellos su parada
habitual para terminar la noche, y también
antes de salir para la milonga sabatina.
Quizá por eso cuando vemos alguna
vidriera de bar donde aún se lee
“Café, Bar, Billares”,
se nos enciende la melancolía, y
la nostalgia nos hace escuchar, a pesar
del silencio, el fantasmal entrechocar de
las bolas de marfil sobre un desaparecido
paño verde.
SILVIA NORA MARTINEZ
Bibliografía y Fuentes
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Aires. Editorial Plus Ultra, Buenos Aires,
1986
GESUALDO, Vicente: “De Fondas, Cafés,
Restaurantes y Hoteles en el Antiguo Buenos
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p. 10. 1995
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España. Editorial Juventud. 1952
GRANDES PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA: Hernandarias
de Saavedra, 1999, Editorial Planeta
LOMUTO, Jorge: Los Secretos de un juego
de Ciencia y Exigencia”, Revista El
Arca No. 58/59, Año 15, Buenos Aires,
Mayo 2006
MARTINEZ, Silvio Eduardo: ABC del Billar,
Mundo Deportivo No. 31, Editorial Haynes,
1949
MARTINEZ, Silvio Eduardo: Archivo Personal
MOLINA, Raúl A. : Hernandarias, el
Hijo de la Tierra, Buenos Aires, 1948, Editorial
Lancestremire
ROCCA, Edgardo: Cafés de la Ribera,
Entorno e Influencia, en Buenos Aires, los
cafés, 1999, Librerías Turísticas
SCENNA, Miguel Angel: Los Cafés,
una Institución, Todo es Historia
No. 21, 1977
www.nuevociclo.com.ar
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