NO
TODAS LAS NOTICIAS QUE RECORREN EL MUNDO
SOBRE LA REPÚBLICA ARGENTINA HAN
DE SER NEGATIVAS. ADEMÁS DE LAS PASIONES
Y LOS ENFRENTAMIENTOS QUE A MUCHOS NOS AVERGÚENZAN,
NUESTRO PAÍS PUEDE OFRECER A LA CULTURA
PLANETARIA SEÑALES DE EXCELENCIA.
ESTA ES UNA DE ELLAS.
Para los lectores
de poesía la aparición de
un nuevo poemario de Horacio Ferrer siempre
es algo para festejar. Si bien se trata
de uno de los más importantes estudiosos
del tango de todos los tiempos –desde
El tango. Su historia y evolución
(1960) en adelante–, Ferrer ha sido
y es reconocido en el mundo fundamentalmente
como poeta, y se halla sin duda entre los
mejores en lengua española de la
actualidad.
La reciente
publicación de Megamor. Solo de poesía
por el sello Marcelo H. Oliveri Editor nos
permite el reencuentro con una voz inconfundible
de la poesía del Río de la
Plata.
Megamor consta de
tres partes, que conforman un movimiento
de afuera hacia adentro, como si se tratara
de tres círculos concéntricos.
En la primera (“Videncias”)
el poeta despliega su mirada del mundo.
No hay amargura allí, pero se respira
cierto desencanto. En la cosmovisión
de Ferrer los pájaros, los peces,
los ojos son puntos de referencia y cada
etapa de la vida, todo un país. El
mundo no es del todo hostil, pero sí
es difícil, áspero, inconquistable.
La segunda parte
se llama “Retratos” y se divide
en dos colecciones de poemas: la conmovedora
“Versos de Alicia y Horacio padre”
ofrece distintos retratos de los progenitores
del poeta. Allí su madre inunda con
el canto (“qué afinación
perfecta tu alegría”) la casa
de infancia, y el profesor Ferrer vuelve
con su sueño del hijo arquitecto
para darle, una vez más, la razón
a Horacito.
En “Más
retratos” –que se abre con el
monumental “La musa criolla”,
dedicado a José Gobello– el
poeta da cuenta de un imaginario en el que
se entrelazan poetas y escritores (Vallejo,
Celedonio, Balzac), cantantes (Imperio Argentina,
Susana Rinaldi, Miguel de Molina, Chabuca
Granda), músicos (Pugliese, Troilo,
Gary Burton), fotógrafos y artistas
plásticos (Sessa, Sigfredo Pastor,
Manuel Domínguez Nieto, Lino Palacio)
y amigos (como el “Gaucho” Castro
o Gabriel Soria). He aquí el segundo
círculo, en el que el amor de los
padres funda, constituye y el de los amigos
y los artistas admirados moldea, protege.
La tercera
parte se titula “Lulú y Horacio”
y es el círculo interior, donde aparece
en todo su esplendor uno de los grandes
temas de la poesía ferreriana: el
amor erótico. A partir de estos poemas
puede reconstruirse la historia de amor
con Lucía María (o Lulú).
En ellos la figura de la amada es exaltada
y deificada hasta la hipérbole. Sobresalen
el originalísimo “Treinta y
cinco mimos y la yapa” y los inspiradísimos
“Esquelita arrojada…”
y “Megamor”.
Contra lo que podría pensarse, la
poesía de Ferrer ha ido creciendo
en calidad. Su imaginación y creatividad
no decaen con los años; por el contrario,
se fortalecen, se potencian, se agigantan.
Ferrer es siempre un poeta que dobla la
apuesta, que se abisma en las audacias del
lenguaje, que juega con él y con
él fluye hacia donde su apasionamiento
poético, su corazón, su mirada
andariega y su talento lo llevan.
Oscar Conde
Academia Porteña del Lunfardo
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