BOEDO,
Barrio de la ciudad de Buenos Aires, cuenta
con centenares de historias que ameritan
ser considerado como uno de los más
populares de la capital argentina. Esta
nota se refiere a uno de los personajes
que, nacido en él a principios del
siglo XX, forma hoy parte de la historia
universal, se trata de Héctor Valdivielso
Sánz, el Primer Santo de nacionalidad
argentina.
Pero vayamos ya a la historia.
Cuando a comencé
a escribir esta nota sobre mitos o leyendas
de Boedo estuve vacilante en la elección
del personaje ya que los sucesos o personajes
que revisando la historia del barrio de
Boedo aparecían en la memoria, o
en los antecedentes escritos, no tenían
entidad suficiente para despertar un cierto
grado de interés. Los personajes
que podían encarnar cierto grado
de leyenda, estaban relacionados con la
marginalidad o el delito, como las actividades
y la propia muerte de Eufemio Pizarro o
“La Chancha”, incorporados al
recuerdo a través de la poesía
de Julián Centeya u Homero Manzi.
Pensé
entonces que lo primero que correspondía
hacer era definir la verdadera significación
o sentido de las palabras Mito y Leyenda.
Y no solo me ayudó el diccionario
de la RAE, sino – también-
un cuadernillo pedagógico de uso
escolar, que pretende explicitar al cuerpo
docente la aplicación de tales expresiones.
No quedaba duda que hablar de Mitos era
un poco arriesgado, ya que tendríamos
que situarnos en un tiempo ahistórico,
es decir anterior al hombre. Por el contrario,
en las leyendas, podemos advertir que existe
un tiempo y una geografía que, real
o ficticia, están mucho más
próximas a nosotros.
De
acuerdo a la definición del diccionario
mayor de nuestra lengua, la palabra leyenda
etimológicamente viene del latín
legenda. Las dos primeras acepciones de
la palabra son: 1. Acción de leer
y, 2). Obra que se lee. Pero nuestro interés
se centralizó en los significados
3 y 6 del término: El primero, es
decir la tercera acepción dice textualmente:
Historia o relación de la vida de
uno o más santos, mientras que la
6. expresa: persona o cosa admirada con
exaltación, -que casualidad- se halla
próxima a la tercera acepción
de la palabra mito, que explica: Persona
o cosa de extraordinaria estima.
En
consecuencia, parecería que de hecho,
en el caso particular que voy a abordar
en esta ocasión, ambas definiciones
serían casi paralelas: Leyenda: Persona
admirada con exaltación; Mito: Persona
de extraordinaria estima.
Tras
esta introducción quizás un
poco tediosa, les anticipo que mi disertación
va a estar referida a la vida de un santo.
El único santo de nacionalidad argentina
que integra el santoral de la Iglesia Católica,
me refiero –en su nombre civil- a
Héctor Valdivielso Sáez, que
es hoy San Héctor, también
el primer Héctor que ingresa a dicho
santoral, que en la actualidad venera a
614 de ellos.. Y no hay duda que en la vida
de todos los santos existe ese componente
casi mágico, sagrado, que es un suceso
de carácter extraordinario y que
está dado por el Milagro, suceso
inexplicable desde la experiencia humana
y que es condición imprescindible
para alcanzar el privilegio de la santidad.
Y
por qué San Héctor. Por la
sencilla razón que nació en
el actual barrio de Boedo, que en aquellos
tiempos era un sector de los arrabales de
Buenos Aires. Fue en una de sus calles,
en ese momento recién abierta, donde
dio sus primeros pasitos de niño,
ciudad a la que soñó volver
y barrio que lo recibió, ya santo,
para reverenciar sus reliquias frente a
la casa natal. Pero eso será parte
de la historia.
En
nuestro caso, la leyenda será una
historia real, que no nos fue transmitida
por testimonios orales, sino que la hemos
podido vivir en nuestro propio tiempo. Pero
vayamos ya al grano.
Eran
los primeros años del siglo pasado,
1907 quizás, o 1908, década
signada no solo por el permanente desarrollo
de una ciudad que veinte años antes
era casi una aldea, sino fundamentalmente
por la oleada inmigratoria que trajo a nuestro
puerto a más de 1.700.000 viajeros,
en su mayoría italianos y españoles,
pero también franceses, británicos,
alemanes, portugueses, rusos y de toda Europa,
gran parte de los cuales, casi un tercio
de ellos, regresaría luego de permanecer
un corto tiempo trabajando en establecimientos
agrícolas, o decepcionados por no
haber encontrado en nuestro suelo las oportunidades
buscadas.
Esta
parecería haber sido la situación
de la familia formada por Benigno Valdivielso
Angulo y su esposa Aurora Sáez Ibáñez,
nacidos uno en Hermosilla y otro en Zuñeda,
pequeños villorrios de origen medieval,
residentes luego en Briviesca, villa poblada
de historia situada, como aquellas, en las
proximidades de Burgos y que, en los años
iniciales del primer milenio se la ubicaba
a la vera del Camino de Santiago. Tierra
que alguna vez le fue otorgada en premio
al Cid Campeador por Alfonso VI, quién
luego se la retiraría como castigo
por su ausencia en la batalla de Aledo,
un pequeño pueblo-fortaleza que llegó
a albergar tras sus muros a más de
10.000 soldados. La historia de la villa
es rica en sucesos resonantes, habiendo
sido capital del Reino de Castilla en 1387,
cuando era propiedad de Pedro Fernández
de Velazco.
América
había recibido ya, en los años
de la conquista, a un briviescano ilustre,
que fue Juan de Ayolas, lugarteniente de
don Pedro de Mendoza que en 1536 llega con
la expedición al Río de la
Plata fundando un asiento que llevó
el nombre de la patrona de los navegantes:
Santa María del Buen Ayre. El destino
trágico de Ayolas, luego de una exitosa
expedición que le permitía
regresar con un importante botín
de oro y plata es por todos conocido. Fue
muerto por los indios Apayaguares a su regreso
a Candelaria, (Paraguay) junto con los 80
hombres que le seguían. Desde 1932
el antiguo Paseo de La Taconera, en Bivriesca,
lleva el nombre de Juan de Ayolas. Aquella
población que en 1894 recibiera de
Don Alfonso XIII el título de ciudad,
por el constante aumento de su población
y comercio, fue la que dejaron atrás
Benigno y Aurora, en la búsqueda
de un mejor proyecto de vida. América
era, para los europeos de principio del
siglo XX El vellocino de oro de la leyenda
griega. Briviesca tenía entonces
alrededor de 3.500 habitantes, pocos centenares
más que la población que albergó
a Juan de Ayolas.
Boedo,
para aquellos años, insinuaba ya
su potencial de futuro. La apertura de las
calles como producto de los loteos de quintas
permitió el afincamiento de nuevos
pobladores. Así ocurrió, entre
otras, con la ex Treinta y Tres (1893),
Génova en la denominación
del plano de la Oficina de Obras Públicas
de 1895, arteria que en tal época
se extendía solo hasta Europa (actual
Carlos Calvo), comenzando más allá
las quintas de Guedes, Rosetti y otros propietarios
primerizos de la zona. En el predio señalado
hoy con el Nº 1075 de la actual Treinta
y Tres Orientales, se levanta una construcción
que aún conserva, en parte, muros
de su anterior destino. Allí, próximo
a la Av. San Juan y a pocas cuadras de Av.
La Plata, fue a vivir el matrimonio Valdivielso.
Él, de profesión talabartero,
fue uno de los 644 que con ese oficio llegaron
a nuestro país entre los años
1900 y 1910. Tenía solo 25 o 26 años
y 22 la joven esposa. Muy pronto el hogar
se alegró con el nacimiento de José
Alfredo y, dos años después,
el 31 de octubre de 1910 (en la partida
de nacimiento emitida tres años más
tarde consta 29 de octubre) Aurora daba
a luz a su segundo hijo, Héctor Antonio.
Era el año del Centenario y Buenos
Aires celebraba el fasto acontecimiento
con gran fervor. Pocos días antes
del nacimiento de Héctor, el Dr.
Roque Sáenz Peña asumía
la presidencia de la República, en
un país cuya población superaba
ya los seis millones de habitantes.
Poco
o nada se conoce de la actividad laboral
de Benigno Valdivielso, pero la felicidad
de haber engendrado tres hijos, había
nacido ya María Luisa, se vio empañada
por la muerte de Cesar Manuel, un niño
llegado al mundo pocos meses antes. La conmoción
y pena por este desgraciado suceso pudo
ser uno de las causas motivadoras del regreso
a su tierra, producido en 1914. Previo a
la partida, en mayo de 1913, Héctor
fue bautizado en la antigua parroquia de
San Nicolás de Bari, en la misma
Pila bautismal donde habían sido
bautizados Mariano Moreno y Bartolomé
Mitre, figurando el acontecimiento en el
acta Nº 435.
Finaliza así
su este primer capítulo en la vida
de Héctor Valdivielso Sáez
Volvemos
a encontrar a los Valdivielso en 1915, durante
la Alcaldía de D. Lorenzo Munguina
Sagredo, en su vivienda de la calle de Pancorbo,
hoy denominada Justo Cantón Salazar,
en recuerdo de quién, nacido el 19
de julio de 1824, perteneció a una
de las familias más antiguas de la
ciudad. La imagen nos lleva al templo de
Santa María de Briviesca, uno de
los más espaciosos templos del lugar,
herencia renacentista, cuyas dos torres
gemelas datan del S. XVIII, donde el 9 de
julio de 1915 Héctor Antonio recibe
el Sacramento de la Confirmación
de manos del Arzobispo de Burgos, D. José
Cadena y Eleta, que ejerció su ministerio
entre 1913 y 1919. Pocos meses después
ingresa al Colegio de las Hijas de la Caridad,
en lo que llamaríamos hoy Nivel Inicial.
Hacia 1918 la situación económica
de la familia no había mejorado y
Benigno decide regresar a América,
pero ésta vez a Méjico, instalándose
en la ciudad capital aparentemente con mejor
suerte. La correspondencia entre papá
Valdivielso y su familia es abundante, especialmente
con sus hijos cuando éstos son ya
mayores. Sin embargo, la dura realidad del
diario vivir la enfrenta Aurora Sáez,
quién debía afrontar los cuidados
y educación de sus tres hijos. José
y Héctor comenzaron a concurrir a
la Escuela Municipal de la ciudad, recibiendo
éste último su Primera Comunión
cuando tenía nueve años.
En
aquella época en España, y
especialmente en sus pueblos y aldeas, la
religiosidad ocupaba lugar preponderante
en la vida familiar. En el caso particular
de la villa de Briviesca, por su proximidad
geográfica con Bujedo, localidad
donde desde principios del S XX se había
instalado una comunidad lasaliana, se recibía
frecuentemente la visita de los Hermanos
que allí oficiaban de maestros, anudándose
así lazos de amistad con las familias
residentes. Uno de ellos, según cita
el Hno. Telmo Meirone en su biografía
de San Héctor, fue el Hno. Celestino
Pedro, que visitaba con asiduidad la casa
de los Valdivielso, reemplazando seguramente,
muchas veces, la figura paterna ausente.
Sus relatos, su misión pastoral y
educadora lograron inclinar la vocación
de José, el primer hijo del matrimonio,
que con once o doce años, ingresa
al Monasterio de Santa María de Bujedo,
donde funcionaba la Escuela Cristiana Lasaliana.
Es
bueno en este momento detenerse un instante,
para comprender mejor el resto de la narración,
en la historia de San Juan Bautista de La
Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas. La Salle nació en Reims,
Francia, el 30 de abril de 1651, ordenándose
como sacerdote en 1678. En el s. XVII, la
educación era casi un privilegio
de la nobleza y el Sr. de La Salle imaginó
la posibilidad de abrir escuelas gratuitas,
para instruir a los artesanos y campesinos,
a los pobres en general, enseñándoles
no solo a leer, escribir y contar, sino
formándolos en el molde de una educación
cristiana. Reconfortado por el eco favorable
que su idea había tomado en un pequeño
grupo de jóvenes célibes,
redactó una serie de reglas con el
propósito de reemprender el camino
iniciado por los primeros cristianos. Así
comenzó la fervorosa tarea que iniciada
a poco de su ordenación sacerdotal,
en l679, llenaría de luz todos los
instantes de su vida, hasta el momento mismo
de su fallecimiento, el 7 de abril de 1719.
En esos cuarenta años las Escuelas
Cristianas se expandieron por el mundo,
siendo España el primer país,
fuera de Francia, que las recibió.
Fue el H. Justino María el primero
en llegar a Madrid en 1879, siendo 1892
el año en que el destartalado edificio
del Monasterio de Santa María de
Bujedo, se convierte en la sede “Alma
Mater” del nuevo Instituto Lasaliano.
El 22 de julio de ese año de 1892
queda fundado el luego llamado Bujedo Lasaliano.
Las cifras dan idea de la proyección
posterior. Hoy –en 85 países
– las Escuelas Cristianas dan formación
a más de 900.000 alumnos. La obra
del fundador mereció la atención
del Papa León XIII (Joaquín
Pecci), quien aprobó su beatificación
el 19 de febrero de 1888 y su canonización
el 24 de mayo de 1900. S.S.León XIII
dejó el legado de su encíclica
Rerun Novarum, sobre el trabajo y la política
social.
Retomamos los párrafos anteriores,
entre los que se encontraba la cita de Bujedo,
que dejamos en el momento que ingresaba
al Instituto el mayor de los hermanos Valdivielso,
Un año después, el 31 de agosto
de 1922 probablemente influenciado por aquel
ejemplo Héctor hace lo propio, expresando
ambos jóvenes (14 y 12 años
respectivamente) su interés por continuar
luego la vida religiosa, circunstancia que
contó con la aprobación primero
de su madre y luego de su padre, aún
en Méjico.
La
vida en el internado era una especie de
aspirantado para el posterior Noviciado.
Un grupo de 100 a 200 niños de 11
a 16 años completaban allí
su instrucción civil, con cursos
científicos y de formación
humanística, que incluían
el desarrollo de las artes, el deporte y
también formación en el trabajo
doméstico. Por supuesto la educación
religiosa ocupaba lugar preferente. Cuando
los alumnos alcanzaban los quince años,
se acrecentaban las particularidades de
ésta última, con vista a la
proximidad del noviciado. Para Héctor,
esta etapa no lo encontró en Bujedo.
Sucedió que cuando cursaba su segundo
año en el Instituto, surgió
una invitación para algunos aspirantes
que quisiesen continuar el Aspirantado en
el Centro Internacional donde la Congregación
tenía su sede central, en una ciudad
belga llamada Lembecq-lez Hal. La intención
de las autoridades era formar allí
personas que luego estuvieran dispuestas
a misionar en otras partes del mundo. Es
interesante la nota que incluye el Hno.
Meirone en su obra, destacando que en la
carta que Héctor le envía
a su padre solicitando su autorización
para el viaje, que lleva fecha 10 de agosto
de 1923, le habla de su deseo de ser misionero
en Brasil o de regresar a la Argentina ,
a quién llama nuestra patria.
Autorizado
el viaje, Héctor y tres compañeros
más, inician el viaje de Bujedo al
país belga, incorporándose
durante el trayecto otros aspirantes llegando
a diez el número de viajeros que
finalmente arriban al destino deseado. En
Lembecq Lez Hal Héctor finalizó
su preparación, continuando allí
mismo el estudio del Noviciado. El 6 de
octubre de 1926, a los dieciséis
años, recibía el hábito
y con él el nombre de Hermano Benito
de Jesús, que indicaba su plena consagración
a la vida religiosa.
Pocos días
más tarde, el 17 de octubre, la Congregación
lasaiana celebra la primera beatificación
de uno de sus miembros, con excepción
de su fundador. El Papa Pío XI, que
había sucedido en el trono de San
Pedro a Benedicto XV, beatifica a 188 mártires
muertos durante uno de los primeros episodios
de crueldad de la Revolución Francesa.
Entre ellos se encontraba el Hno. Salomón
Leclerq (Nicolás Leclerq), nacido
en Boulogne Sur Mer, Francia, el 14 de noviembre
de 1745. Durante la Revolución Francesa
fue uno de los sacerdotes que se negó
a prestar juramento a la Constitución
Civil del Clero, que daba al estado el control
de la Iglesia en Francia. . El 10 de agosto
de 1792, cuando se produce el ataque a las
Tullerías y la consecuente caída
de la Monarquía, el Hno. Salomón
se desempeñaba como Secretario del
Superior General de la Congregación
en París. La mayoría de los
Hermanos, al negarse a juramentar el nuevo
orden, dejaron las comunidades pasando a
vivir en la clandestinidad. El Hno. Salomón
fue detenido unos días después,
siendo llevado al Convento de las Carmelitas,
que se había convertido en prisión.
Entre el 1º y el 2 de septiembre la
casi totalidad de los prisioneros fueron
muertos, quedando sus cadáveres en
los salones y jardines del Convento. Al
día siguiente, despojados de todos
sus objetos, algunos cuerpos fueron llevados
al cementerio de Vaugirad, siendo otros
enterrados en los propios jardines de los
carmelitas.
El
conocimiento del desafortunado acontecimiento
que había motivado la decisión
papal conmovió sin duda el alma del
joven novicio Benito de Jesús, reavivando
su sentimiento de amor a Cristo y su fe
religiosa. Prueba de ello es una de las
cartas que se conservan fechada 9 de noviembre,
cuando le escribe a su padre, que recordamos
está en Méjico, diciéndole
–entre otras palabras: “Usted
manifieste ahí su adhesión
a la Santa Iglesia, pues está en
un país de persecución. Yo
estaría contento, si pudiera estar
como usted, en medio de una persecución,
donde poder obtener el martirio e ir al
cielo sin pasar por el purgatorio”.
Pareciera que allí esta adivinando
o eligiendo su posterior destino. Justificaban
los dichos de Héctor los cruentos
sucesos que se venían produciendo
en Méjico, que desde 1911 vivía
en un clima de guerra civil, enfrentamiento
con Estados Unidos y las grandes compañías
petroleras. Los nombres de Emiliano Zapata
y Pancho Villa, entre otros, se constituyeron
en bandera de las revueltas armadas. En
1924, había asumido la presidencia
de Méjico Plutarco Elías Calles
y si bien logró encaminar distintos
aspectos económicos, realizó
una profunda reforma religiosa, que desembocó
en un serio enfrentamiento con la Iglesia
que se negó a aceptar la secularización
impuesta. Entre 1926 y 1929, período
al que se refiere el novicio, se desata
la llamada “Guerra Cristera”,
donde con métodos de guerrilla los
cristeros, defensores de las instituciones
religiosas, atacaron pueblos haciendas y
escuelas laicas. Un fanático religioso
llegó a asesinar, en 1928, al reciente
presidente electo Álvaro Obregón.
Por supuesto que en aquella guerra, la peor
parte la llevaron los activistas cristianos.
Es bueno recordar que durante la guerra
civil española, el gobierno mexicano
apoyó a las fuerzas republicanas
y, vencidas éstas, recibió
a más de 40.000 asilados.
Volviendo
atrás, a la referencia sobre la beatificación
del Hno. Salomón, diremos que aquellas
188 víctimas inmoladas en Las Carmelitas
no fueran las únicas. Su Santidad
Juan Pablo II beatificó, el 1º
de octubre de 1995 a 64 mártires
de la Revolución Francesa, entre
los que estaban cuatro de los siete hermanos
de las Escuelas Cristianas detenidos en
los llamados “pontones de Rochefort”,
nombre que se daba a los dos barcos anclados
en el puerto de aquella ciudad, que sirvieron
de prisión, entre 1794 y 1795 a más
de ocho centenares de personas, de las cuales
murieron en esos meses 542. El Pontífice
beatificó a los Hnos. Rogelio, Uldarico,
León y Pedro Cristóbal. Los
tres restantes, Donato, José, Avertín
y Jugon, estuvieron entre los sobrevivientes.
Finalizado
su año de noviciado y tras emitir
sus primeros votos religiosos, Héctor,
ahora Hno. Benito de Jesús, fue destinado
a la Comunidad del Escolasticado de Bujedo,
para completar sus estudios de profesor.
Pudo así, por razones de cercanía,
recibir la visita de su madre y sus hermanas,
que lo llenaron de alegría. Durante
los dos años de su estadía
en el sitio se dedicó por completo
al estudio y la oración, siendo muy
apreciado por sus maestros y compañeros
por el buen trato y el permanente buen humor
que mostraba en la comunicación con
ellos. Pero su pensamiento estaba en la
llegada del momento en que pudiera estrenar
su condición de educador. Le escribe
a su padre, en noviembre de 1927, “De
Bujedo tengo que salir hecho un sabio, para
emplear mi ciencia en la salvación
de las almas, que es el único fin
de mis estudios”
Y ese momento
llega cuando es enviado a la Escuela de
Astorga, donde deberá reemplazar,
precisamente, a su hermano mayor, José,
que recordamos se había iniciado
en Bujedo un año antes que Héctor,
recibiendo –al tomar el hábito-
el nombre de Hermano Narciso Emiliano. Astorga
era un pequeño poblado de apenas
47 km2. de extensión, en la provincia
de León. En la antigüedad formó
parte de la vía romana conocida como
la Ruta de la Plata. Localidad también
rica en historia, fue destruida primero
por los godos en 457, luego por Almanzor
en 984, durante una de sus campañas
contra los núcleos cristianos que
lo llevaron desde Barcelona hasta Santiago
de Compostela y, finalmente, en tiempos
de la guerra de independencia española.
Se conserva su catedral gótica, s.
XVI y el Ayuntamiento, s. XVIII, Su Palacio
Episcopal es una de las primeras obras de
Antoni Gaudí. En esa comarca, conocida
como La Maragateria, zona agrícola-ganadera,
se había instalado en 1909 una de
las Escuelas Cristianas, que atendía
a más de 300 alumnos, a cargo de
cinco Hermanos. De esa correspondencia tan
rica, de cuyo testimonio da cuenta la ya
citada biografía del Hno. Telmo,
extraemos este párrafo de una carta
remitida a su padre en 1930. “¡Tengo
96 niños en clase!. Qué feliz
soy en su compañía. Todos
están contentos conmigo y yo estoy
contento con todos”. ¡Qué
lejos de imaginar el destino que le aguardaba!
Los
cuatro años transcurridos en Astorga
fueron de inocultable desarrollo en la personalidad
de San Héctor. Además de su
entusiasta entrega a la enseñanza,
no perdió ocasión de incrementar
sus conocimientos, obteniendo nuevos diplomas
académicos, dedicando gran parte
de su tiempo a la lectura, participando
como columnista en un periódico de
la localidad, todo lo cual fue conformando
una personalidad que, por su preparación,
su vocación religiosa y su forma
de ser, merecía la adhesión
y el aprecio de sus alumnos, superiores
y vecinos de la comarca. Las reglas de la
Congregación imponían la renovación
trienal de votos, para lo cual se trasladó
a Valladolid donde cumplió sus ejercicios
espirituales., concretada el 15 de agosto
de 1929. Tras un paso por su querida Briviesca,
regresó a Astorga.
España,
como toda Europa, Asia y buena parte de
América, vivía para entonces
años verdaderamente tumultuosos como
resultado del accionar de los movimientos
políticos y gobiernos revolucionarios
nacidos luego de la revolución socialista
de octubre Ya hemos hablado de Méjico,
de Francia como ejemplos de las persecuciones
religiosas desatadas en esos tiempos. En
España, tras las crisis vividas por
la Monarquía, Alfonso XIII, el último
de los Borbones, hasta la restauración
monárquica en 1975, había
consentido el régimen de Dictadura
impuesto en el gobierno por Miguel Primo
de Rivera y Orbaneja, que impuso serios
controles al sistema democrático,
decretando la censura de prensa, ordenando
la persecución política y
cerrando el Parlamento. Apoyado por elementos
de extrema derecha, logró algunos
éxitos en el orden económico,
concretando varias obras públicas
de importancia. Sin embargo, la oposición
de intelectuales como Miguel de Unamuno
o Ramón del Valle Inclán,
de políticos, estudiantes, sindicatos
y secciones militares erosionaron su gobierno,
obligándole a la presentación
de su renuncia al Rey el 28 de enero de
1930, Dos meses más tarde fallecía
en París. Si bien el rey intentó
restaurar el orden, nombrando los sucesivos
gobiernos de Dámaso Berenguer y Juan
Bautista Aznar, en las primeras elecciones
municipales realizadas luego de estos hechos,
el 13 de abril de 1931, sufrió un
significativo revés, ya que socialistas
y republicanos ganaron las principales ciudades
de la península. El 14 de abril Alfonso
XIII renunciaba para evitar la guerra civil.
Se dio inicio así a la II República.
Las Cortes, presididas por Nicolás
Alcalá Zamora , tras azarosas conversaciones
entre los miembros de los partidos de izquierda
lograron conformar una Constitución
que establecía a España como
una República de trabajadores de
toda clase. Las buenas intenciones en el
aspecto socioeconómico no guardaron
correspondencia con las medidas adoptadas
para la relación Iglesia y Estado,
motivando un incuestionable rechazo en buena
parte de la población. Eso se puso
de manifiesto cuando Alcalá Zamora
disolvió las Cortes y llamó
a elecciones municipales, en noviembre de
1933, que arrojaron un rotundo triunfo de
los sectores conservadores y de derecha
que se habían unido como Conferencia
Española de Derechas Autónomas.
Era necesario
para interpretar los años siguientes
en la vida del Hno. Benito de Jesús,
esta incursión en la historia política
de la madre patria. Habíamos dejado
al maestro lasaiano en momentos de su regreso
a Astorga, tras la ceremonia de ratificación
de sus votos.
La mencionada
Constitución de 1931 prohibía
ejercer la docencia a los integrantes del
clero o congregaciones religiosas, por cuya
razón en el Instituto de Astorga
como en las demás Escuelas Cristianas
ubicadas en España, hubo de recurrirse
a docentes laicos. Esta situación
causó verdadera desazón en
los Hermanos, expresando la población,
a través de la prensa local, su adhesión
a la obra de los Hermanos de La Salle. También
tuvo lugar un homenaje popular, como reconocimiento
a esa labor educativa que –durante
24 años- habían llevado adelante
los miembros de la Congregación.
Aquellas
elecciones de 1933 provocaron algunos cambios,
frenando el reformismo especialmente en
los aspectos vinculados con la laicicidad
de las escuelas. Pero esa efímera
coalición del Partido Radical y la
Confederación Española de
Derechos Autónomas (CEDA) que permitió
a esta última tener cinco ministros
y el nombramiento de Francisco Franco como
Jefe de Estado Mayor del Ejército,
cosechaba grandes oposiciones, provocando
los alzamientos revolucionarios de Barcelona
y Asturias, en octubre de 1934 con sus tristes
secuelas. Estos, a su vez, engendraron en
1936 el levantamiento militar y el estallido
de la Guerra Civil. Lo demás es ya
historia reciente.
Las Escuelas
Cristianas, para poder continuar los propósitos
educativos que se había planteado
su fundador debieron simular la verdadera
identidad de sus maestros que, públicamente,
aparecían como profesores legos.
Así sus superiores le enviaron a
Turón, una localidad en la provincia
de Asturias , donde funcionaba la Escuela
de Nuestra Señora de Covadonga y
se impartían las clases del denominado
Colegio de Turón. El Hno. Benito
de Jesús arribó a Turón
sobre el fin del verano de 1933 e inmediatamente
comenzó su labor docente y apostólica,
sin cuidar demasiado las apariencias. La
propia experiencia le demostró, en
poco tiempo, que se encontraba en un pueblo
con avanzadas ideas socialistas, hecho que
le animó aún más para
sostener los valores de su apostolado, organizando
reuniones de oración y cursos con
el propósito de multiplicar las vías
de comunicación tanto con el resto
de los Hermanos como con la población
civil.
Para comprender un poco más el relato,
deberemos primero situarnos geográfica
e históricamente en el lugar.
.
En el Ayuntamiento de Mieres, Asturias,
se encuentra un valle, el del río
Turón, que
comprende tres parroquias históricas,
cuya existencia viene ya del siglo VIII,
son las de Santa María de Urbiés,
la de San Martín de Turón
(actualmente subdividida en la parroquia
de Nuestra Señora del Cármen,
en San Andrés; la de San Martín,
en Felguera y la de Santa Bárbara,
en La Cuadriella) y la de Santa María
de Figaredo, cuyas antiquísimas actividades
agropecuarias fueron reemplazadas sobe fines
del XIX por la implantación de la
explotación hullera que se materializará
por medio de compañías arrendatarias
extranjeras,
La principal de ellas Hulleras del Turón
fue constituida el 20 de Abril de 1890 tras
la obtención de la concesión
por el Estado para explotar diversos yacimientos
localizados en Turón. La creciente
industrialización, la primera guerra
mundial y demás conflictos bélicos,
el auge de la navegación y los ferrocarriles,
fueron factores incidentes en el rápido
desarrollo de la actividad que, para los
años 20 había incorporado
las más modernas maquinarias para
la industria, habiéndose conformado
lo que llamaríamos hoy un polo industrial,
donde vivían y trabajaban miles de
personas. La parroquia que adquirió
mayor importancia fue la de Turón,
donde se instalaron esencialmente los modernos
lavaderos de hulla. Por supuesto la villa
minera fue en la época el destino
de centenares de obreros provenientes de
otras partes de España y de Europa
y campo propicio para la propagación
y el activismo de las organizaciones “rojas”
como ellas mismas se llamaban, que habían
hecho suyo el ideal de la revolución
rusa.
Es
en ese clima de concientización obrera,
militante, que como contrapartida del reformismo
que surgía en Madrid y resto de la
península y las medidas que presagiaban
el fracaso de la revolución radical
de 1931, se producen los acontecimientos
del 5 de octubre de 1934, alteraciones del
orden en toda la nación, que son
controlados con excepción de aquellos
localizados en Barcelona, que se declaraba
autónoma y en Asturias, en la cuenca
minera de Turón. En el primero de
los casos, tras la proclamación del
Estado autónomo catalán dispuesto
por Luis Companys, en ese momento Presidente
de la Generalitat, el Gobierno da la orden
de dominar la insurrección, que se
cumple luego del bombardeo del Palacio de
Gobierno dispuesto por el General Bate.
En el Valle de Turón, la rebelión
se extendió por quince días,
entre el 5 y el 20 de octubre, lapso durante
el cual –según sus protagonistas-
tuvieron el honor de ser la primera insurrección
que durante un mes construyó y puso
en práctica un estado obrero socialista,
como lo fue la Comuna de París en
1871.
De
acuerdo a la información que, todavía
hoy, difunde la Unión Comunista Internacional,
en aquella lucha se había formado
un ejército rojo de 50.000 obreros,
a los que tuvo que dominarse con las tropas
moras.
Pero los hechos
dramáticos sucedieron antes de la
dominación del terror impuesto por
la dirigencia revolucionaria. En la misma
tarde del 5 de octubre, vencida la resistencia
de la Guardia Civil, los dirigentes socialistas
moderados dirigidos por Leoncio Villanueva
fueron superados por los más violentos
miembros del Partido Comunista, requisándose
todos los objetos de valor de la población,
procediéndose a la detención
de los directores de la empresa Hullera
de Turón, entre los que figuraba
el Director General, Rafael Del Riego y
Ramón, de los sacerdotes, párrocos
de la localidad, de los Guardias Civiles,
periodistas y vecinos considerados peligrosos
para la revolución. Todos eran derivados
a la Casa del Pueblo, convertida en prisión.
Durante la revuelta fueron en total asesinados
33 religiosos, entre ellos ocho Hermanos
de las Escuelas Cristianas, profesores de
la Escuela de Turón y el sacerdote
Pasionista Inocencio de de la Inmaculada,
que les acompañaba al momento de
la detención. Entre los muertos civiles
se encontraba el Ing, Rafael del Riego y
Ramón.
Antes
que ello ocurriera, en el Colegio, donde
nada se sabía, llegaba la noticia
por intermedio de la cuñada del capellán
de la parroquia local, quién instó
a los Hermanos a huir para evitar ser detenidos.
Por el contrario, al tomar noticia de lo
ocurrido, los Hnos. se reunieron en la capilla,
adelantando la hora de la Santa Misa. Mientras
estaban celebrando el oficio religioso,
siendo las seis de la mañana, escucharon
violentos golpes en la puerta. Intuyendo
la profanación, el Padre Inocencio
abrió el sagrario, pidiendo a los
Hermanos que le ayudaran a consumir las
hostias consagradas. Mientras esto ocurría
ya unas treinta personas armadas se habían
introducido en el patio. Los intrusos comenzaron
a recorrer las instalaciones del Colegio,
registrándolo todo. Finalizada la
recorrida informaron a los moradores que
quedaban todos detenidos y que serían
llevados a la Casa del Pueblo. Salvo el
Padre Inocencio, que vestía su sotana
y que luego por orden de sus captores debió
cambiar por una vestimenta civil, y el Director
del Colegio, el Hermano Cirilo, que llevaba
un abrigo, los demás vestían
el guardapolvo negro que utilizaban usualmente,
al no poder vestir sotana. A partir de ése
momento la escuela se convertiría
en el Cuartel General de los revolucionarios.
Cuatro
fueron las jornadas durante las cuales los
Hermanos y el Padre Inocencio estuvieron
detenidos, junto a otros personajes, en
la citada Casa del Pueblo. Durante esos
días las alternativas de la detención
fueron dispares; mientras que por momentos
eran bien atendidos, se les acercaban alimentos
y a veces ropas, en otros se les amenazaba
con llevarlos al frente o fusilarlos. Debe
mencionarse que muchos de los obreros insurrectos
no estaban de acuerdo con su dirigencia
y solicitaban el buen trato y la libertad
para los Hermanos.
Lamentablemente
todas las rogativas fueron vanas ante la
inflexibilidad de los miembros del Comité
de Guerra de Turón encabezado –entre
otros- por un tal Silverio Castañón,
que junto a Ceferino Álvarez Rey,
Herminio García y Gaspar Argüelles,
formaron luego el pelotón de ejecución.
Tanto los Hnos. como el Padre Inocencio
tomaron la noticia de su próximo
sacrificio con entera calma. El día
7 el Padre Inocencio recibió la confesión
de las 17 personas que estaban detenidas
en la misma sala, incluyendo los Hnos.,
tras lo cual se entregaron a las oraciones
y a conversaciones sobre el amor a Dios,
para llevar en todos ellos el convencimiento
que su muerte sería un verdadero
martirio, ya que serían sacrificados
por la única razón de ser
religiosos. Los testimonios posteriores,
tanto de sobrevivientes como de los propios
revolucionarios luego encarcelados, permitieron
establecer que en la tarde del día
8 en el cementerio de la villa se había
cavado una amplia fosa de unos nueve metros
de largo de profundidad variable. Cuando
habían pasado ya las doce de la noche,
Castañón impartió la
orden: ¡Adelante! En marcha. Castañón
y García entraron a la habitación
donde dormitaban los condenados y, armados,
obligaron a salir a los elegidos, previo
registrar sus pocas pertenencias. En filas
de tres debieron caminar hasta una camioneta
ubicada al frente del local. Verificando
en ese momento que las personas a transportar
eran trece, contando los carabineros, siendo
de once la capacidad del vehículo,
dejaron en el lugar a los dos curas de la
parroquia. Junto a los religiosos marchaban
el Teniente Coronel y el Comandante de Carabineros,
también despojados de todas sus pertenencias.
La presencia de ánimo de los Hnos.
era tal que durante el trayecto pronunciaron
la absolución de sus captores. No
hubo palabras en el trayecto al cementerio.
Algunos miraron por última vez las
luces encendidas del Colegio, ahora en manos
del Comité.
Abierto
el cementerio, las víctimas fueron
colocadas de espaldas al foso y de frente
a los escopeteros. Cuando Castañón
dio la orden, se escucharon dos descargas
y las víctimas cayeron dentro de
la fosa. Castañón y García
ejecutaron los tiros de gracia. Se había
consumado el crimen. Dos días después
igual suerte correría el Director
de la Compañía Hullera. D.
Rafael del Riego.
El alzamiento revolucionario fue dominado
luego de quince días de enfrentamientos.
El 20 de octubre el ejército republicano
logró, con el acompañamiento
de legionarios y tropas moras, dominar a
las milicias armadas, imponiendo luego una
cerrada disciplina, cometiéndose
también numerosos abusos contra la
población civil, anticipo de lo que
sería el cruel enfrentamiento de
los años 1936 a 1939, que culminó
en la dictadura del General Francisco Franco,
que se prolongó hasta el momento
mismo de su fallecimiento.
Finalizada la insurrección y detenidos
los ejecutores en la cárcel de Mieres,
el 24 de diciembre de ese año confiesa
Castañón ante el Hermanos
Santiago: “Cuando les dijimos que
los íbamos a fusilar por rebeldes,
muy recogidos y en oración, recién
confesados, iban preparándose para
el sumo sacrificio. Les dijeron si tenían
algo que alegar y dijeron que nada, que
ya estaban preparados y que hicieran de
ellos lo que quisieran. Mandaron hacer fuego
de fusil y escopetas y los acribillaron
a balazos. A uno de ellos le dieron con
una maza de hierro, que guardamos. Luego
los echaron en la fosa”
Ya para esos
meses los cuerpos de los hermanos inmolados
habían sido rescatados por sus compañeros
de Congregación y –tras la
identificación- fueron trasladados
a la casa pastoral de Bujedo, en cuyo cementerio
recibieron sepultura en una tumba especialmente
construida para ellos.
.Esta historia sobrecogedora no fue la primera
ni será la última en la cadena
de persecuciones sufridas por religiosos,
sin distinción de credos. Nuestro
país también supo de esa trágica
experiencia. En la misma España,
a poco de iniciada la guerra civil, entre
el 21 y el 22 de julio de 1936 fueron detenidos
y fusilados el día siguiente, 26
miembros de la Comunidad Pasionista, encabezados
por su Principal el Hno. Daniel. 16 de las
víctimas tenían entre 16 y
21 años. Se los conoció luego
como los “Mártires Pasionistas
de Daimiel”
Pero, ¿que
ocurría en Buenos Aires en esos años?
También las autoridades nacionales
habían entrado en colisión
con la jerarquía eclesiástica
con motivo de la renuncia que, por razones
de salud, había presentado el arzobispo
de la arquidiócesis de Buenos Aires,
Monseñor José María
Bottaro. En aquella época regia aún
el derecho de Patronato y Monseñor
Bottaro había elevado su renuncia
en forma directa a la Santa Sede. Se promovieron
debates en el Senado y en la prensa, pero
finalmente la situación no pasó
a mayores, siendo designado Monseñor
Copello para cubrir la vacante, elegido
entre los tres postulantes presentados por
el Senado, en ejercicio del derecho de Patronato.
La
circunstancia extraordinaria se dio cuando
el 10 de octubre de 1934, el día
siguiente de las ejecuciones de Turón
, se inauguraba en Buenos Aires el Congreso
Eucarístico Internacional, concurriendo
como Delegado Papal el cardenal Eugenio
Pacelli, quién en 1939 sería
designado Papa con el nombre de Pío
XII. Luego de este Congreso el Vaticano
designó un cardenal y tres nuevos
arzobispos, demostrando su preocupación
por el avance en el país de las corrientes
del nacionalsocialismo.
Regresando a España, hemos de citar
que al producirse la muerte de los religiosos,
Narciso Emiliano, el hermano de nuestro
santo, se encontraba destinado al Colegio
de Gijón. Pocos años después,
en 1940, se retiró de la Congregación.
La comunidad lasaliana recordó siempre
el sacrificio de aquellos Hermanos y transcurridos
los años se comenzó el trámite
para el reconocimiento oficial de su martirio
por la Iglesia Católica . Meticulosas
investigaciones, entrevistas a quienes fueron
testigos de los hechos narrados, recopilación
de documentación y cartas personales
en poder de familiares y muchos otros testimonios
permitieron, finalmente, alcanzar el deseado
objetivo. Si bien en los primeros siglos
del cristianismo la declaración de
santidad se realizaba tras un proceso sencillo.
La beatificación se cumplía
casi espontáneamente en el caso de
los mártires.
A
partir del siglo XIII las declaraciones
se reservaron a la autoridad papal. Con
Urbano VII y Benedicto XIV, en el siglo
XVIII se establecieron las normas que deben
seguirse en las dos etapas que merece la
declaración de santidad: la beatificación
y la canonización, ambas reservadas
al sumo Pontífice.
El
primer paso es el reconocimiento que la
persona propuesta sea testimonio de vida
cristiana y que su recuerdo, por su notabilidad,
merezca ser conservado públicamente
en la Iglesia.
La beatificación es la primera instancia,
oficial y pública, que acuerda el
Santo Padre para venerar a una persona ejemplar,
respondiendo a una petición realizada
por el obispo de la diócesis. La
memoria de los beatos no se celebra universalmente,
sino solamente en los lugares donde hay
motivo para hacerlo. En el caso de la beatificación
del Hermano Benito de Jesús, los
lugares apropiados para su recuerdo fueron
la Congregación Lasaliana, las poblaciones
que conocieron de su obra, Buenos Aires,
su lugar de nacimiento, Briviesca, la tierra
de sus padres, etc. Antes de Pablo VI las
beatificaciones las realizaba un cardenal,
en nombre suyo.
Para
la beatificación de un mártir
no se requieren virtudes especiales ni tampoco
el milagro, que se exige para la canonización.
Solo basta la declaración oficial
de su martirio por parte de la Iglesia.
Los Mártires de Turón fueron
beatificados en Roma el domingo 29 de abril
de 1990. Durante la ceremonia Juan Pablo
II dijo que habían sido martirizados
por “odium fidei”, es decir
por odio a la fe, y que aceptaron cristianamente
el suplicio, antes que renunciar a Cristo
Jesús”
La
canonización procede cuando se compruebe
un milagro atribuido a su intersección.
Pero ya no es un obispo quién formula
la solicitud, sino que es un proceso iniciado
por la Santa Iglesia Católica, actuando
en su nombre el Prefecto de la Congregación
de las Causas de los Santos.
El
milagro que permitió la canonización
de los nueve mártires de Turón
está referido a la curación
milagrosa de Rafaela Bravo Jirón,
una joven, de 22 a 25 años de edad,
(las fuentes consultadas no son coincidentes),
nacida en León, Nicaragua, maestra,
a la que se le detectó un tumor maligno
en el útero, incurable por medios
científicos, ya que el tumor era
necrótico y sangrante y la infiltración
llegaba hasta los huesos; por eso tuvieron
que extirparle el útero y los médicos
no le daban más que cinco años
de vida. Anteriormente Rafaela había
sido internada por cuatro episodios abortivos
incompletos. Estando internada en el Hospital
de la Mujer Berta Salomón, reconocido
por su alta especialización, el domingo
29 de abril de 1990, luego de orar con gran
devoción, junto a al Hno. Alex Zepeda,
de la congregación lasaliana, dos
novenarios de oraciones con invocaciones
a los hermanos mártires, repentinamente
sufrió intensos dolores en el bajo
vientre, con expulsión desde la vagina
de un gran coágulo lleno de sangre.
Inmediatamente sintió una notable
mejoría, que prosiguió durante
meses y años sucesivos hasta llegar
a su curación completa. Diez años
después se encontraba totalmente
restablecida, con una curación total
que se ha considerado milagrosa, es decir
sin inexplicable desde el punto de vista
médico. Así lo consideraron
primero los médicos que trataron
a la señora en Nicaragua y posteriormente
el colegio de médicos que trató
el caso en el Vaticano.
De
esta forma se dio curso a la canonización
que se concretó el 21 de noviembre
de 1999. En la ceremonia que elevó
a los altares a 12 nuevos santos, el Papa
Juan Pablo II señalo que los lasalianos
fusilados por las milicias comunistas españolas
en vísperas de la Guerra Civil son
“modelos de vida cristiana e intercesores
nuestros ante Dios”.
Durante
la homilía, pronunciada en italiano,
español y catalán, el Santo
Padre señaló que el reinado
de Cristo se va construyendo ya en esta
tierra mediante el servicio al prójimo,
luchando contra el mal, el sufrimiento y
las miserias humanas hasta aniquilar la
muerte” “Este es el compromiso,
prosiguió el Papa, que animó
al Hermano Cirilo Bertián y a sus
siete compañeros hermanos de las
escuelas cristianas del colegio “Nuestra
Señora de Covadonga”, que habiendo
nacido en tierras españolas y uno
de ellos en Argentina, coronaron sus vidas
con el martirio de Turón. La ceremonia
contó con la presencia del Vicario
General de la Congregación, Hnos.
Genaro Sáenz de Ugarte, del religioso
lasaliano Hno. Telmo Meirone, Provincial
de Principal de la Comunidad, de José
(Pepe) Valdivielso, hermano mayor de San
Héctor, de Pedro Valdivielso y su
esposa Sonia, sobrinos del santo, del presidente
Saúl Menen y una nutrida delegación
que viajó al efecto desde Argentina.
Mientras
se cumplía la ceremonia en el Vaticano,
en Buenos Aires se celebraban misas en la
iglesia de San Nicolás de Bari y
en la capilla del Colegio de La Salle, en
Riobamba 650. Días después
todos regresaban a Buenos Aires, donde se
celebrarían nuevos actos de agradecimiento.
Pero esta vez los viajeros no volvían
solos, retornaban con las reliquias del
Hermano Benito de Jesús, San Héctor.
La Junta de Estudios Históricos del
Barrio de Boedo, inmediatamente de conocer
la proximidad del venturoso acontecimiento,
tomó contacto con las autoridades
de la Congregación, en la persona
del Hno. Telmo Meirone, exponiendo el deseo
que, dentro de los actos oficiales, pudiera
incluirse la celebración de una Misa
de Campaña en la calle Treinta y
Tres, frente al solar donde estuvo la casa
natal de nuevo santo, en cuyo frente se
colocaría una placa destacando el
hecho. La cálida acogida del Hno
Telmo, la aceptación de en nuestra
idea, la declaración de Interés
para la ciudad, que brindó la Legislatura
porteña, la adhesión del Gobierno
de la Ciudad a través de la Comisión
para la Preservación del Patrimonio
y la Secretaría de Acción
Cultural, la participación de la
comunidad de la iglesia de San José
de Calasanz encabezada por su Párroco,
R.P. José Antonio Gimeno y del vecindario
en general, permitió vivir, el. 4
de diciembre de 1999 un momento de verdadera
emoción cuando arribó la delegación
de Hermanos que portaban la urna con las
reliquias de San Héctor, para presidir
la ceremonia religiosa.
Las
reliquias, nombre que reciben los restos
óseos de los santos, llegaron a Buenos
Aires traídas por el Hno. Rodolfo
Meoli, Postulador de la causa. Por ser Buenos
Aires tierra de nacimiento, conservará
el cráneo, que luego de recorrer
los institutos lasalianos en el país,
se venera en la capilla del Colegio La Salle.
También el hueso radio de su brazo
derecho, significativo de su rol de educador.
Así
finaliza la leyenda de San Héctor.
Telmo en su libro se pregunta ¿Está
volviendo el Hermano Héctor Valdivielso
a su patria Argentina? Y se contesta:
Y a uno le vuelve la frase tanguera de “Como
va a estar volviendo, si nunca se fue”.
Finalizando: Y ahora, por la gracia de Dios
está como Hermano de Todos, para
protección y bendición de
Dios.
De Boedo a San Pedro. Y de San Pedro a Boedo.
Mi agradecimiento
al Hermano Telmo Meirone, primer biógrafo
en nuestro país de San Héctor,
a Xandrú Glez Lada, actual vecino
de Urbiés, a Marcelino Escudero García,
historiador español que está
trabajando sobre el tema de los grupos mineros,
a miembros de la Comunidad Lasaliana en
Argentina y descendientes de Héctor
Valdivielso. Horas sentado frente a la pantalla
del ordenador, permitieron obtener, tras
la lectura de decenas de páginas,
imposibles de citar en su totalidad, valiosos
datos que solo mínimamente se vuelcan
en esta monografía
Aníbal Lomba
Junta de Estudios Históricos del
Barrio de Boedo (Argentina)
Enero de 2010
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