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Héctor Valdivielso Sánz, el Primer Santo
de nacionalidad argentina.

 
 

      BOEDO, Barrio de la ciudad de Buenos Aires, cuenta con centenares de historias que ameritan ser considerado como uno de los más populares de la capital argentina. Esta nota se refiere a uno de los personajes que, nacido en él a principios del siglo XX, forma hoy parte de la historia universal, se trata de Héctor Valdivielso Sánz, el Primer Santo de nacionalidad argentina.
Pero vayamos ya a la historia.


     Cuando a comencé a escribir esta nota sobre mitos o leyendas de Boedo estuve vacilante en la elección del personaje ya que los sucesos o personajes que revisando la historia del barrio de Boedo aparecían en la memoria, o en los antecedentes escritos, no tenían entidad suficiente para despertar un cierto grado de interés. Los personajes que podían encarnar cierto grado de leyenda, estaban relacionados con la marginalidad o el delito, como las actividades y la propia muerte de Eufemio Pizarro o “La Chancha”, incorporados al recuerdo a través de la poesía de Julián Centeya u Homero Manzi.

     Pensé entonces que lo primero que correspondía hacer era definir la verdadera significación o sentido de las palabras Mito y Leyenda. Y no solo me ayudó el diccionario de la RAE, sino – también- un cuadernillo pedagógico de uso escolar, que pretende explicitar al cuerpo docente la aplicación de tales expresiones. No quedaba duda que hablar de Mitos era un poco arriesgado, ya que tendríamos que situarnos en un tiempo ahistórico, es decir anterior al hombre. Por el contrario, en las leyendas, podemos advertir que existe un tiempo y una geografía que, real o ficticia, están mucho más próximas a nosotros.

     De acuerdo a la definición del diccionario mayor de nuestra lengua, la palabra leyenda etimológicamente viene del latín legenda. Las dos primeras acepciones de la palabra son: 1. Acción de leer y, 2). Obra que se lee. Pero nuestro interés se centralizó en los significados 3 y 6 del término: El primero, es decir la tercera acepción dice textualmente: Historia o relación de la vida de uno o más santos, mientras que la 6. expresa: persona o cosa admirada con exaltación, -que casualidad- se halla próxima a la tercera acepción de la palabra mito, que explica: Persona o cosa de extraordinaria estima.

     En consecuencia, parecería que de hecho, en el caso particular que voy a abordar en esta ocasión, ambas definiciones serían casi paralelas: Leyenda: Persona admirada con exaltación; Mito: Persona de extraordinaria estima.

     Tras esta introducción quizás un poco tediosa, les anticipo que mi disertación va a estar referida a la vida de un santo. El único santo de nacionalidad argentina que integra el santoral de la Iglesia Católica, me refiero –en su nombre civil- a Héctor Valdivielso Sáez, que es hoy San Héctor, también el primer Héctor que ingresa a dicho santoral, que en la actualidad venera a 614 de ellos.. Y no hay duda que en la vida de todos los santos existe ese componente casi mágico, sagrado, que es un suceso de carácter extraordinario y que está dado por el Milagro, suceso inexplicable desde la experiencia humana y que es condición imprescindible para alcanzar el privilegio de la santidad.

     Y por qué San Héctor. Por la sencilla razón que nació en el actual barrio de Boedo, que en aquellos tiempos era un sector de los arrabales de Buenos Aires. Fue en una de sus calles, en ese momento recién abierta, donde dio sus primeros pasitos de niño, ciudad a la que soñó volver y barrio que lo recibió, ya santo, para reverenciar sus reliquias frente a la casa natal. Pero eso será parte de la historia.

     En nuestro caso, la leyenda será una historia real, que no nos fue transmitida por testimonios orales, sino que la hemos podido vivir en nuestro propio tiempo. Pero vayamos ya al grano.

     Eran los primeros años del siglo pasado, 1907 quizás, o 1908, década signada no solo por el permanente desarrollo de una ciudad que veinte años antes era casi una aldea, sino fundamentalmente por la oleada inmigratoria que trajo a nuestro puerto a más de 1.700.000 viajeros, en su mayoría italianos y españoles, pero también franceses, británicos, alemanes, portugueses, rusos y de toda Europa, gran parte de los cuales, casi un tercio de ellos, regresaría luego de permanecer un corto tiempo trabajando en establecimientos agrícolas, o decepcionados por no haber encontrado en nuestro suelo las oportunidades buscadas.

     Esta parecería haber sido la situación de la familia formada por Benigno Valdivielso Angulo y su esposa Aurora Sáez Ibáñez, nacidos uno en Hermosilla y otro en Zuñeda, pequeños villorrios de origen medieval, residentes luego en Briviesca, villa poblada de historia situada, como aquellas, en las proximidades de Burgos y que, en los años iniciales del primer milenio se la ubicaba a la vera del Camino de Santiago. Tierra que alguna vez le fue otorgada en premio al Cid Campeador por Alfonso VI, quién luego se la retiraría como castigo por su ausencia en la batalla de Aledo, un pequeño pueblo-fortaleza que llegó a albergar tras sus muros a más de 10.000 soldados. La historia de la villa es rica en sucesos resonantes, habiendo sido capital del Reino de Castilla en 1387, cuando era propiedad de Pedro Fernández de Velazco.

     América había recibido ya, en los años de la conquista, a un briviescano ilustre, que fue Juan de Ayolas, lugarteniente de don Pedro de Mendoza que en 1536 llega con la expedición al Río de la Plata fundando un asiento que llevó el nombre de la patrona de los navegantes: Santa María del Buen Ayre. El destino trágico de Ayolas, luego de una exitosa expedición que le permitía regresar con un importante botín de oro y plata es por todos conocido. Fue muerto por los indios Apayaguares a su regreso a Candelaria, (Paraguay) junto con los 80 hombres que le seguían. Desde 1932 el antiguo Paseo de La Taconera, en Bivriesca, lleva el nombre de Juan de Ayolas. Aquella población que en 1894 recibiera de Don Alfonso XIII el título de ciudad, por el constante aumento de su población y comercio, fue la que dejaron atrás Benigno y Aurora, en la búsqueda de un mejor proyecto de vida. América era, para los europeos de principio del siglo XX El vellocino de oro de la leyenda griega. Briviesca tenía entonces alrededor de 3.500 habitantes, pocos centenares más que la población que albergó a Juan de Ayolas.

     Boedo, para aquellos años, insinuaba ya su potencial de futuro. La apertura de las calles como producto de los loteos de quintas permitió el afincamiento de nuevos pobladores. Así ocurrió, entre otras, con la ex Treinta y Tres (1893), Génova en la denominación del plano de la Oficina de Obras Públicas de 1895, arteria que en tal época se extendía solo hasta Europa (actual Carlos Calvo), comenzando más allá las quintas de Guedes, Rosetti y otros propietarios primerizos de la zona. En el predio señalado hoy con el Nº 1075 de la actual Treinta y Tres Orientales, se levanta una construcción que aún conserva, en parte, muros de su anterior destino. Allí, próximo a la Av. San Juan y a pocas cuadras de Av. La Plata, fue a vivir el matrimonio Valdivielso. Él, de profesión talabartero, fue uno de los 644 que con ese oficio llegaron a nuestro país entre los años 1900 y 1910. Tenía solo 25 o 26 años y 22 la joven esposa. Muy pronto el hogar se alegró con el nacimiento de José Alfredo y, dos años después, el 31 de octubre de 1910 (en la partida de nacimiento emitida tres años más tarde consta 29 de octubre) Aurora daba a luz a su segundo hijo, Héctor Antonio. Era el año del Centenario y Buenos Aires celebraba el fasto acontecimiento con gran fervor. Pocos días antes del nacimiento de Héctor, el Dr. Roque Sáenz Peña asumía la presidencia de la República, en un país cuya población superaba ya los seis millones de habitantes.

     Poco o nada se conoce de la actividad laboral de Benigno Valdivielso, pero la felicidad de haber engendrado tres hijos, había nacido ya María Luisa, se vio empañada por la muerte de Cesar Manuel, un niño llegado al mundo pocos meses antes. La conmoción y pena por este desgraciado suceso pudo ser uno de las causas motivadoras del regreso a su tierra, producido en 1914. Previo a la partida, en mayo de 1913, Héctor fue bautizado en la antigua parroquia de San Nicolás de Bari, en la misma Pila bautismal donde habían sido bautizados Mariano Moreno y Bartolomé Mitre, figurando el acontecimiento en el acta Nº 435.

Finaliza así su este primer capítulo en la vida de Héctor Valdivielso Sáez

     Volvemos a encontrar a los Valdivielso en 1915, durante la Alcaldía de D. Lorenzo Munguina Sagredo, en su vivienda de la calle de Pancorbo, hoy denominada Justo Cantón Salazar, en recuerdo de quién, nacido el 19 de julio de 1824, perteneció a una de las familias más antiguas de la ciudad. La imagen nos lleva al templo de Santa María de Briviesca, uno de los más espaciosos templos del lugar, herencia renacentista, cuyas dos torres gemelas datan del S. XVIII, donde el 9 de julio de 1915 Héctor Antonio recibe el Sacramento de la Confirmación de manos del Arzobispo de Burgos, D. José Cadena y Eleta, que ejerció su ministerio entre 1913 y 1919. Pocos meses después ingresa al Colegio de las Hijas de la Caridad, en lo que llamaríamos hoy Nivel Inicial. Hacia 1918 la situación económica de la familia no había mejorado y Benigno decide regresar a América, pero ésta vez a Méjico, instalándose en la ciudad capital aparentemente con mejor suerte. La correspondencia entre papá Valdivielso y su familia es abundante, especialmente con sus hijos cuando éstos son ya mayores. Sin embargo, la dura realidad del diario vivir la enfrenta Aurora Sáez, quién debía afrontar los cuidados y educación de sus tres hijos. José y Héctor comenzaron a concurrir a la Escuela Municipal de la ciudad, recibiendo éste último su Primera Comunión cuando tenía nueve años.

     En aquella época en España, y especialmente en sus pueblos y aldeas, la religiosidad ocupaba lugar preponderante en la vida familiar. En el caso particular de la villa de Briviesca, por su proximidad geográfica con Bujedo, localidad donde desde principios del S XX se había instalado una comunidad lasaliana, se recibía frecuentemente la visita de los Hermanos que allí oficiaban de maestros, anudándose así lazos de amistad con las familias residentes. Uno de ellos, según cita el Hno. Telmo Meirone en su biografía de San Héctor, fue el Hno. Celestino Pedro, que visitaba con asiduidad la casa de los Valdivielso, reemplazando seguramente, muchas veces, la figura paterna ausente. Sus relatos, su misión pastoral y educadora lograron inclinar la vocación de José, el primer hijo del matrimonio, que con once o doce años, ingresa al Monasterio de Santa María de Bujedo, donde funcionaba la Escuela Cristiana Lasaliana.

     Es bueno en este momento detenerse un instante, para comprender mejor el resto de la narración, en la historia de San Juan Bautista de La Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. La Salle nació en Reims, Francia, el 30 de abril de 1651, ordenándose como sacerdote en 1678. En el s. XVII, la educación era casi un privilegio de la nobleza y el Sr. de La Salle imaginó la posibilidad de abrir escuelas gratuitas, para instruir a los artesanos y campesinos, a los pobres en general, enseñándoles no solo a leer, escribir y contar, sino formándolos en el molde de una educación cristiana. Reconfortado por el eco favorable que su idea había tomado en un pequeño grupo de jóvenes célibes, redactó una serie de reglas con el propósito de reemprender el camino iniciado por los primeros cristianos. Así comenzó la fervorosa tarea que iniciada a poco de su ordenación sacerdotal, en l679, llenaría de luz todos los instantes de su vida, hasta el momento mismo de su fallecimiento, el 7 de abril de 1719. En esos cuarenta años las Escuelas Cristianas se expandieron por el mundo, siendo España el primer país, fuera de Francia, que las recibió. Fue el H. Justino María el primero en llegar a Madrid en 1879, siendo 1892 el año en que el destartalado edificio del Monasterio de Santa María de Bujedo, se convierte en la sede “Alma Mater” del nuevo Instituto Lasaliano. El 22 de julio de ese año de 1892 queda fundado el luego llamado Bujedo Lasaliano. Las cifras dan idea de la proyección posterior. Hoy –en 85 países – las Escuelas Cristianas dan formación a más de 900.000 alumnos. La obra del fundador mereció la atención del Papa León XIII (Joaquín Pecci), quien aprobó su beatificación el 19 de febrero de 1888 y su canonización el 24 de mayo de 1900. S.S.León XIII dejó el legado de su encíclica Rerun Novarum, sobre el trabajo y la política social.
Retomamos los párrafos anteriores, entre los que se encontraba la cita de Bujedo, que dejamos en el momento que ingresaba al Instituto el mayor de los hermanos Valdivielso, Un año después, el 31 de agosto de 1922 probablemente influenciado por aquel ejemplo Héctor hace lo propio, expresando ambos jóvenes (14 y 12 años respectivamente) su interés por continuar luego la vida religiosa, circunstancia que contó con la aprobación primero de su madre y luego de su padre, aún en Méjico.

     La vida en el internado era una especie de aspirantado para el posterior Noviciado. Un grupo de 100 a 200 niños de 11 a 16 años completaban allí su instrucción civil, con cursos científicos y de formación humanística, que incluían el desarrollo de las artes, el deporte y también formación en el trabajo doméstico. Por supuesto la educación religiosa ocupaba lugar preferente. Cuando los alumnos alcanzaban los quince años, se acrecentaban las particularidades de ésta última, con vista a la proximidad del noviciado. Para Héctor, esta etapa no lo encontró en Bujedo. Sucedió que cuando cursaba su segundo año en el Instituto, surgió una invitación para algunos aspirantes que quisiesen continuar el Aspirantado en el Centro Internacional donde la Congregación tenía su sede central, en una ciudad belga llamada Lembecq-lez Hal. La intención de las autoridades era formar allí personas que luego estuvieran dispuestas a misionar en otras partes del mundo. Es interesante la nota que incluye el Hno. Meirone en su obra, destacando que en la carta que Héctor le envía a su padre solicitando su autorización para el viaje, que lleva fecha 10 de agosto de 1923, le habla de su deseo de ser misionero en Brasil o de regresar a la Argentina , a quién llama nuestra patria.

     Autorizado el viaje, Héctor y tres compañeros más, inician el viaje de Bujedo al país belga, incorporándose durante el trayecto otros aspirantes llegando a diez el número de viajeros que finalmente arriban al destino deseado. En Lembecq Lez Hal Héctor finalizó su preparación, continuando allí mismo el estudio del Noviciado. El 6 de octubre de 1926, a los dieciséis años, recibía el hábito y con él el nombre de Hermano Benito de Jesús, que indicaba su plena consagración a la vida religiosa.

     Pocos días más tarde, el 17 de octubre, la Congregación lasaiana celebra la primera beatificación de uno de sus miembros, con excepción de su fundador. El Papa Pío XI, que había sucedido en el trono de San Pedro a Benedicto XV, beatifica a 188 mártires muertos durante uno de los primeros episodios de crueldad de la Revolución Francesa. Entre ellos se encontraba el Hno. Salomón Leclerq (Nicolás Leclerq), nacido en Boulogne Sur Mer, Francia, el 14 de noviembre de 1745. Durante la Revolución Francesa fue uno de los sacerdotes que se negó a prestar juramento a la Constitución Civil del Clero, que daba al estado el control de la Iglesia en Francia. . El 10 de agosto de 1792, cuando se produce el ataque a las Tullerías y la consecuente caída de la Monarquía, el Hno. Salomón se desempeñaba como Secretario del Superior General de la Congregación en París. La mayoría de los Hermanos, al negarse a juramentar el nuevo orden, dejaron las comunidades pasando a vivir en la clandestinidad. El Hno. Salomón fue detenido unos días después, siendo llevado al Convento de las Carmelitas, que se había convertido en prisión. Entre el 1º y el 2 de septiembre la casi totalidad de los prisioneros fueron muertos, quedando sus cadáveres en los salones y jardines del Convento. Al día siguiente, despojados de todos sus objetos, algunos cuerpos fueron llevados al cementerio de Vaugirad, siendo otros enterrados en los propios jardines de los carmelitas.

     El conocimiento del desafortunado acontecimiento que había motivado la decisión papal conmovió sin duda el alma del joven novicio Benito de Jesús, reavivando su sentimiento de amor a Cristo y su fe religiosa. Prueba de ello es una de las cartas que se conservan fechada 9 de noviembre, cuando le escribe a su padre, que recordamos está en Méjico, diciéndole –entre otras palabras: “Usted manifieste ahí su adhesión a la Santa Iglesia, pues está en un país de persecución. Yo estaría contento, si pudiera estar como usted, en medio de una persecución, donde poder obtener el martirio e ir al cielo sin pasar por el purgatorio”. Pareciera que allí esta adivinando o eligiendo su posterior destino. Justificaban los dichos de Héctor los cruentos sucesos que se venían produciendo en Méjico, que desde 1911 vivía en un clima de guerra civil, enfrentamiento con Estados Unidos y las grandes compañías petroleras. Los nombres de Emiliano Zapata y Pancho Villa, entre otros, se constituyeron en bandera de las revueltas armadas. En 1924, había asumido la presidencia de Méjico Plutarco Elías Calles y si bien logró encaminar distintos aspectos económicos, realizó una profunda reforma religiosa, que desembocó en un serio enfrentamiento con la Iglesia que se negó a aceptar la secularización impuesta. Entre 1926 y 1929, período al que se refiere el novicio, se desata la llamada “Guerra Cristera”, donde con métodos de guerrilla los cristeros, defensores de las instituciones religiosas, atacaron pueblos haciendas y escuelas laicas. Un fanático religioso llegó a asesinar, en 1928, al reciente presidente electo Álvaro Obregón. Por supuesto que en aquella guerra, la peor parte la llevaron los activistas cristianos. Es bueno recordar que durante la guerra civil española, el gobierno mexicano apoyó a las fuerzas republicanas y, vencidas éstas, recibió a más de 40.000 asilados.

     Volviendo atrás, a la referencia sobre la beatificación del Hno. Salomón, diremos que aquellas 188 víctimas inmoladas en Las Carmelitas no fueran las únicas. Su Santidad Juan Pablo II beatificó, el 1º de octubre de 1995 a 64 mártires de la Revolución Francesa, entre los que estaban cuatro de los siete hermanos de las Escuelas Cristianas detenidos en los llamados “pontones de Rochefort”, nombre que se daba a los dos barcos anclados en el puerto de aquella ciudad, que sirvieron de prisión, entre 1794 y 1795 a más de ocho centenares de personas, de las cuales murieron en esos meses 542. El Pontífice beatificó a los Hnos. Rogelio, Uldarico, León y Pedro Cristóbal. Los tres restantes, Donato, José, Avertín y Jugon, estuvieron entre los sobrevivientes.

     Finalizado su año de noviciado y tras emitir sus primeros votos religiosos, Héctor, ahora Hno. Benito de Jesús, fue destinado a la Comunidad del Escolasticado de Bujedo, para completar sus estudios de profesor. Pudo así, por razones de cercanía, recibir la visita de su madre y sus hermanas, que lo llenaron de alegría. Durante los dos años de su estadía en el sitio se dedicó por completo al estudio y la oración, siendo muy apreciado por sus maestros y compañeros por el buen trato y el permanente buen humor que mostraba en la comunicación con ellos. Pero su pensamiento estaba en la llegada del momento en que pudiera estrenar su condición de educador. Le escribe a su padre, en noviembre de 1927, “De Bujedo tengo que salir hecho un sabio, para emplear mi ciencia en la salvación de las almas, que es el único fin de mis estudios”

     Y ese momento llega cuando es enviado a la Escuela de Astorga, donde deberá reemplazar, precisamente, a su hermano mayor, José, que recordamos se había iniciado en Bujedo un año antes que Héctor, recibiendo –al tomar el hábito- el nombre de Hermano Narciso Emiliano. Astorga era un pequeño poblado de apenas 47 km2. de extensión, en la provincia de León. En la antigüedad formó parte de la vía romana conocida como la Ruta de la Plata. Localidad también rica en historia, fue destruida primero por los godos en 457, luego por Almanzor en 984, durante una de sus campañas contra los núcleos cristianos que lo llevaron desde Barcelona hasta Santiago de Compostela y, finalmente, en tiempos de la guerra de independencia española. Se conserva su catedral gótica, s. XVI y el Ayuntamiento, s. XVIII, Su Palacio Episcopal es una de las primeras obras de Antoni Gaudí. En esa comarca, conocida como La Maragateria, zona agrícola-ganadera, se había instalado en 1909 una de las Escuelas Cristianas, que atendía a más de 300 alumnos, a cargo de cinco Hermanos. De esa correspondencia tan rica, de cuyo testimonio da cuenta la ya citada biografía del Hno. Telmo, extraemos este párrafo de una carta remitida a su padre en 1930. “¡Tengo 96 niños en clase!. Qué feliz soy en su compañía. Todos están contentos conmigo y yo estoy contento con todos”. ¡Qué lejos de imaginar el destino que le aguardaba!

     Los cuatro años transcurridos en Astorga fueron de inocultable desarrollo en la personalidad de San Héctor. Además de su entusiasta entrega a la enseñanza, no perdió ocasión de incrementar sus conocimientos, obteniendo nuevos diplomas académicos, dedicando gran parte de su tiempo a la lectura, participando como columnista en un periódico de la localidad, todo lo cual fue conformando una personalidad que, por su preparación, su vocación religiosa y su forma de ser, merecía la adhesión y el aprecio de sus alumnos, superiores y vecinos de la comarca. Las reglas de la Congregación imponían la renovación trienal de votos, para lo cual se trasladó a Valladolid donde cumplió sus ejercicios espirituales., concretada el 15 de agosto de 1929. Tras un paso por su querida Briviesca, regresó a Astorga.

     España, como toda Europa, Asia y buena parte de América, vivía para entonces años verdaderamente tumultuosos como resultado del accionar de los movimientos políticos y gobiernos revolucionarios nacidos luego de la revolución socialista de octubre Ya hemos hablado de Méjico, de Francia como ejemplos de las persecuciones religiosas desatadas en esos tiempos. En España, tras las crisis vividas por la Monarquía, Alfonso XIII, el último de los Borbones, hasta la restauración monárquica en 1975, había consentido el régimen de Dictadura impuesto en el gobierno por Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, que impuso serios controles al sistema democrático, decretando la censura de prensa, ordenando la persecución política y cerrando el Parlamento. Apoyado por elementos de extrema derecha, logró algunos éxitos en el orden económico, concretando varias obras públicas de importancia. Sin embargo, la oposición de intelectuales como Miguel de Unamuno o Ramón del Valle Inclán, de políticos, estudiantes, sindicatos y secciones militares erosionaron su gobierno, obligándole a la presentación de su renuncia al Rey el 28 de enero de 1930, Dos meses más tarde fallecía en París. Si bien el rey intentó restaurar el orden, nombrando los sucesivos gobiernos de Dámaso Berenguer y Juan Bautista Aznar, en las primeras elecciones municipales realizadas luego de estos hechos, el 13 de abril de 1931, sufrió un significativo revés, ya que socialistas y republicanos ganaron las principales ciudades de la península. El 14 de abril Alfonso XIII renunciaba para evitar la guerra civil. Se dio inicio así a la II República. Las Cortes, presididas por Nicolás Alcalá Zamora , tras azarosas conversaciones entre los miembros de los partidos de izquierda lograron conformar una Constitución que establecía a España como una República de trabajadores de toda clase. Las buenas intenciones en el aspecto socioeconómico no guardaron correspondencia con las medidas adoptadas para la relación Iglesia y Estado, motivando un incuestionable rechazo en buena parte de la población. Eso se puso de manifiesto cuando Alcalá Zamora disolvió las Cortes y llamó a elecciones municipales, en noviembre de 1933, que arrojaron un rotundo triunfo de los sectores conservadores y de derecha que se habían unido como Conferencia Española de Derechas Autónomas.

     Era necesario para interpretar los años siguientes en la vida del Hno. Benito de Jesús, esta incursión en la historia política de la madre patria. Habíamos dejado al maestro lasaiano en momentos de su regreso a Astorga, tras la ceremonia de ratificación de sus votos.

     La mencionada Constitución de 1931 prohibía ejercer la docencia a los integrantes del clero o congregaciones religiosas, por cuya razón en el Instituto de Astorga como en las demás Escuelas Cristianas ubicadas en España, hubo de recurrirse a docentes laicos. Esta situación causó verdadera desazón en los Hermanos, expresando la población, a través de la prensa local, su adhesión a la obra de los Hermanos de La Salle. También tuvo lugar un homenaje popular, como reconocimiento a esa labor educativa que –durante 24 años- habían llevado adelante los miembros de la Congregación.

     Aquellas elecciones de 1933 provocaron algunos cambios, frenando el reformismo especialmente en los aspectos vinculados con la laicicidad de las escuelas. Pero esa efímera coalición del Partido Radical y la Confederación Española de Derechos Autónomas (CEDA) que permitió a esta última tener cinco ministros y el nombramiento de Francisco Franco como Jefe de Estado Mayor del Ejército, cosechaba grandes oposiciones, provocando los alzamientos revolucionarios de Barcelona y Asturias, en octubre de 1934 con sus tristes secuelas. Estos, a su vez, engendraron en 1936 el levantamiento militar y el estallido de la Guerra Civil. Lo demás es ya historia reciente.

     Las Escuelas Cristianas, para poder continuar los propósitos educativos que se había planteado su fundador debieron simular la verdadera identidad de sus maestros que, públicamente, aparecían como profesores legos. Así sus superiores le enviaron a Turón, una localidad en la provincia de Asturias , donde funcionaba la Escuela de Nuestra Señora de Covadonga y se impartían las clases del denominado Colegio de Turón. El Hno. Benito de Jesús arribó a Turón sobre el fin del verano de 1933 e inmediatamente comenzó su labor docente y apostólica, sin cuidar demasiado las apariencias. La propia experiencia le demostró, en poco tiempo, que se encontraba en un pueblo con avanzadas ideas socialistas, hecho que le animó aún más para sostener los valores de su apostolado, organizando reuniones de oración y cursos con el propósito de multiplicar las vías de comunicación tanto con el resto de los Hermanos como con la población civil.
Para comprender un poco más el relato, deberemos primero situarnos geográfica e históricamente en el lugar.

     . En el Ayuntamiento de Mieres, Asturias, se encuentra un valle, el del río Turón, que
comprende tres parroquias históricas, cuya existencia viene ya del siglo VIII, son las de Santa María de Urbiés, la de San Martín de Turón (actualmente subdividida en la parroquia de Nuestra Señora del Cármen, en San Andrés; la de San Martín, en Felguera y la de Santa Bárbara, en La Cuadriella) y la de Santa María de Figaredo, cuyas antiquísimas actividades agropecuarias fueron reemplazadas sobe fines del XIX por la implantación de la explotación hullera que se materializará por medio de compañías arrendatarias extranjeras,
La principal de ellas Hulleras del Turón fue constituida el 20 de Abril de 1890 tras la obtención de la concesión por el Estado para explotar diversos yacimientos localizados en Turón. La creciente industrialización, la primera guerra mundial y demás conflictos bélicos, el auge de la navegación y los ferrocarriles, fueron factores incidentes en el rápido desarrollo de la actividad que, para los años 20 había incorporado las más modernas maquinarias para la industria, habiéndose conformado lo que llamaríamos hoy un polo industrial, donde vivían y trabajaban miles de personas. La parroquia que adquirió mayor importancia fue la de Turón, donde se instalaron esencialmente los modernos lavaderos de hulla. Por supuesto la villa minera fue en la época el destino de centenares de obreros provenientes de otras partes de España y de Europa y campo propicio para la propagación y el activismo de las organizaciones “rojas” como ellas mismas se llamaban, que habían hecho suyo el ideal de la revolución rusa.

     Es en ese clima de concientización obrera, militante, que como contrapartida del reformismo que surgía en Madrid y resto de la península y las medidas que presagiaban el fracaso de la revolución radical de 1931, se producen los acontecimientos del 5 de octubre de 1934, alteraciones del orden en toda la nación, que son controlados con excepción de aquellos localizados en Barcelona, que se declaraba autónoma y en Asturias, en la cuenca minera de Turón. En el primero de los casos, tras la proclamación del Estado autónomo catalán dispuesto por Luis Companys, en ese momento Presidente de la Generalitat, el Gobierno da la orden de dominar la insurrección, que se cumple luego del bombardeo del Palacio de Gobierno dispuesto por el General Bate. En el Valle de Turón, la rebelión se extendió por quince días, entre el 5 y el 20 de octubre, lapso durante el cual –según sus protagonistas- tuvieron el honor de ser la primera insurrección que durante un mes construyó y puso en práctica un estado obrero socialista, como lo fue la Comuna de París en 1871.

     De acuerdo a la información que, todavía hoy, difunde la Unión Comunista Internacional, en aquella lucha se había formado un ejército rojo de 50.000 obreros, a los que tuvo que dominarse con las tropas moras.
     Pero los hechos dramáticos sucedieron antes de la dominación del terror impuesto por la dirigencia revolucionaria. En la misma tarde del 5 de octubre, vencida la resistencia de la Guardia Civil, los dirigentes socialistas moderados dirigidos por Leoncio Villanueva fueron superados por los más violentos miembros del Partido Comunista, requisándose todos los objetos de valor de la población, procediéndose a la detención de los directores de la empresa Hullera de Turón, entre los que figuraba el Director General, Rafael Del Riego y Ramón, de los sacerdotes, párrocos de la localidad, de los Guardias Civiles, periodistas y vecinos considerados peligrosos para la revolución. Todos eran derivados a la Casa del Pueblo, convertida en prisión. Durante la revuelta fueron en total asesinados 33 religiosos, entre ellos ocho Hermanos de las Escuelas Cristianas, profesores de la Escuela de Turón y el sacerdote Pasionista Inocencio de de la Inmaculada, que les acompañaba al momento de la detención. Entre los muertos civiles se encontraba el Ing, Rafael del Riego y Ramón.

     Antes que ello ocurriera, en el Colegio, donde nada se sabía, llegaba la noticia por intermedio de la cuñada del capellán de la parroquia local, quién instó a los Hermanos a huir para evitar ser detenidos. Por el contrario, al tomar noticia de lo ocurrido, los Hnos. se reunieron en la capilla, adelantando la hora de la Santa Misa. Mientras estaban celebrando el oficio religioso, siendo las seis de la mañana, escucharon violentos golpes en la puerta. Intuyendo la profanación, el Padre Inocencio abrió el sagrario, pidiendo a los Hermanos que le ayudaran a consumir las hostias consagradas. Mientras esto ocurría ya unas treinta personas armadas se habían introducido en el patio. Los intrusos comenzaron a recorrer las instalaciones del Colegio, registrándolo todo. Finalizada la recorrida informaron a los moradores que quedaban todos detenidos y que serían llevados a la Casa del Pueblo. Salvo el Padre Inocencio, que vestía su sotana y que luego por orden de sus captores debió cambiar por una vestimenta civil, y el Director del Colegio, el Hermano Cirilo, que llevaba un abrigo, los demás vestían el guardapolvo negro que utilizaban usualmente, al no poder vestir sotana. A partir de ése momento la escuela se convertiría en el Cuartel General de los revolucionarios.

     Cuatro fueron las jornadas durante las cuales los Hermanos y el Padre Inocencio estuvieron detenidos, junto a otros personajes, en la citada Casa del Pueblo. Durante esos días las alternativas de la detención fueron dispares; mientras que por momentos eran bien atendidos, se les acercaban alimentos y a veces ropas, en otros se les amenazaba con llevarlos al frente o fusilarlos. Debe mencionarse que muchos de los obreros insurrectos no estaban de acuerdo con su dirigencia y solicitaban el buen trato y la libertad para los Hermanos.

     Lamentablemente todas las rogativas fueron vanas ante la inflexibilidad de los miembros del Comité de Guerra de Turón encabezado –entre otros- por un tal Silverio Castañón, que junto a Ceferino Álvarez Rey, Herminio García y Gaspar Argüelles, formaron luego el pelotón de ejecución. Tanto los Hnos. como el Padre Inocencio tomaron la noticia de su próximo sacrificio con entera calma. El día 7 el Padre Inocencio recibió la confesión de las 17 personas que estaban detenidas en la misma sala, incluyendo los Hnos., tras lo cual se entregaron a las oraciones y a conversaciones sobre el amor a Dios, para llevar en todos ellos el convencimiento que su muerte sería un verdadero martirio, ya que serían sacrificados por la única razón de ser religiosos. Los testimonios posteriores, tanto de sobrevivientes como de los propios revolucionarios luego encarcelados, permitieron establecer que en la tarde del día 8 en el cementerio de la villa se había cavado una amplia fosa de unos nueve metros de largo de profundidad variable. Cuando habían pasado ya las doce de la noche, Castañón impartió la orden: ¡Adelante! En marcha. Castañón y García entraron a la habitación donde dormitaban los condenados y, armados, obligaron a salir a los elegidos, previo registrar sus pocas pertenencias. En filas de tres debieron caminar hasta una camioneta ubicada al frente del local. Verificando en ese momento que las personas a transportar eran trece, contando los carabineros, siendo de once la capacidad del vehículo, dejaron en el lugar a los dos curas de la parroquia. Junto a los religiosos marchaban el Teniente Coronel y el Comandante de Carabineros, también despojados de todas sus pertenencias. La presencia de ánimo de los Hnos. era tal que durante el trayecto pronunciaron la absolución de sus captores. No hubo palabras en el trayecto al cementerio. Algunos miraron por última vez las luces encendidas del Colegio, ahora en manos del Comité.

     Abierto el cementerio, las víctimas fueron colocadas de espaldas al foso y de frente a los escopeteros. Cuando Castañón dio la orden, se escucharon dos descargas y las víctimas cayeron dentro de la fosa. Castañón y García ejecutaron los tiros de gracia. Se había consumado el crimen. Dos días después igual suerte correría el Director de la Compañía Hullera. D. Rafael del Riego.
El alzamiento revolucionario fue dominado luego de quince días de enfrentamientos. El 20 de octubre el ejército republicano logró, con el acompañamiento de legionarios y tropas moras, dominar a las milicias armadas, imponiendo luego una cerrada disciplina, cometiéndose también numerosos abusos contra la población civil, anticipo de lo que sería el cruel enfrentamiento de los años 1936 a 1939, que culminó en la dictadura del General Francisco Franco, que se prolongó hasta el momento mismo de su fallecimiento.
Finalizada la insurrección y detenidos los ejecutores en la cárcel de Mieres, el 24 de diciembre de ese año confiesa Castañón ante el Hermanos Santiago: “Cuando les dijimos que los íbamos a fusilar por rebeldes, muy recogidos y en oración, recién confesados, iban preparándose para el sumo sacrificio. Les dijeron si tenían algo que alegar y dijeron que nada, que ya estaban preparados y que hicieran de ellos lo que quisieran. Mandaron hacer fuego de fusil y escopetas y los acribillaron a balazos. A uno de ellos le dieron con una maza de hierro, que guardamos. Luego los echaron en la fosa”
     Ya para esos meses los cuerpos de los hermanos inmolados habían sido rescatados por sus compañeros de Congregación y –tras la identificación- fueron trasladados a la casa pastoral de Bujedo, en cuyo cementerio recibieron sepultura en una tumba especialmente construida para ellos.
.Esta historia sobrecogedora no fue la primera ni será la última en la cadena de persecuciones sufridas por religiosos, sin distinción de credos. Nuestro país también supo de esa trágica experiencia. En la misma España, a poco de iniciada la guerra civil, entre el 21 y el 22 de julio de 1936 fueron detenidos y fusilados el día siguiente, 26 miembros de la Comunidad Pasionista, encabezados por su Principal el Hno. Daniel. 16 de las víctimas tenían entre 16 y 21 años. Se los conoció luego como los “Mártires Pasionistas de Daimiel”
     Pero, ¿que ocurría en Buenos Aires en esos años? También las autoridades nacionales habían entrado en colisión con la jerarquía eclesiástica con motivo de la renuncia que, por razones de salud, había presentado el arzobispo de la arquidiócesis de Buenos Aires, Monseñor José María Bottaro. En aquella época regia aún el derecho de Patronato y Monseñor Bottaro había elevado su renuncia en forma directa a la Santa Sede. Se promovieron debates en el Senado y en la prensa, pero finalmente la situación no pasó a mayores, siendo designado Monseñor Copello para cubrir la vacante, elegido entre los tres postulantes presentados por el Senado, en ejercicio del derecho de Patronato.

     La circunstancia extraordinaria se dio cuando el 10 de octubre de 1934, el día siguiente de las ejecuciones de Turón , se inauguraba en Buenos Aires el Congreso Eucarístico Internacional, concurriendo como Delegado Papal el cardenal Eugenio Pacelli, quién en 1939 sería designado Papa con el nombre de Pío XII. Luego de este Congreso el Vaticano designó un cardenal y tres nuevos arzobispos, demostrando su preocupación por el avance en el país de las corrientes del nacionalsocialismo.

Regresando a España, hemos de citar que al producirse la muerte de los religiosos, Narciso Emiliano, el hermano de nuestro santo, se encontraba destinado al Colegio de Gijón. Pocos años después, en 1940, se retiró de la Congregación. La comunidad lasaliana recordó siempre el sacrificio de aquellos Hermanos y transcurridos los años se comenzó el trámite para el reconocimiento oficial de su martirio por la Iglesia Católica . Meticulosas investigaciones, entrevistas a quienes fueron testigos de los hechos narrados, recopilación de documentación y cartas personales en poder de familiares y muchos otros testimonios permitieron, finalmente, alcanzar el deseado objetivo. Si bien en los primeros siglos del cristianismo la declaración de santidad se realizaba tras un proceso sencillo. La beatificación se cumplía casi espontáneamente en el caso de los mártires.

     A partir del siglo XIII las declaraciones se reservaron a la autoridad papal. Con Urbano VII y Benedicto XIV, en el siglo XVIII se establecieron las normas que deben seguirse en las dos etapas que merece la declaración de santidad: la beatificación y la canonización, ambas reservadas al sumo Pontífice.

     El primer paso es el reconocimiento que la persona propuesta sea testimonio de vida cristiana y que su recuerdo, por su notabilidad, merezca ser conservado públicamente en la Iglesia.
La beatificación es la primera instancia, oficial y pública, que acuerda el Santo Padre para venerar a una persona ejemplar, respondiendo a una petición realizada por el obispo de la diócesis. La memoria de los beatos no se celebra universalmente, sino solamente en los lugares donde hay motivo para hacerlo. En el caso de la beatificación del Hermano Benito de Jesús, los lugares apropiados para su recuerdo fueron la Congregación Lasaliana, las poblaciones que conocieron de su obra, Buenos Aires, su lugar de nacimiento, Briviesca, la tierra de sus padres, etc. Antes de Pablo VI las beatificaciones las realizaba un cardenal, en nombre suyo.

     Para la beatificación de un mártir no se requieren virtudes especiales ni tampoco el milagro, que se exige para la canonización. Solo basta la declaración oficial de su martirio por parte de la Iglesia. Los Mártires de Turón fueron beatificados en Roma el domingo 29 de abril de 1990. Durante la ceremonia Juan Pablo II dijo que habían sido martirizados por “odium fidei”, es decir por odio a la fe, y que aceptaron cristianamente el suplicio, antes que renunciar a Cristo Jesús”

     La canonización procede cuando se compruebe un milagro atribuido a su intersección. Pero ya no es un obispo quién formula la solicitud, sino que es un proceso iniciado por la Santa Iglesia Católica, actuando en su nombre el Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos.

     El milagro que permitió la canonización de los nueve mártires de Turón está referido a la curación milagrosa de Rafaela Bravo Jirón, una joven, de 22 a 25 años de edad, (las fuentes consultadas no son coincidentes), nacida en León, Nicaragua, maestra, a la que se le detectó un tumor maligno en el útero, incurable por medios científicos, ya que el tumor era necrótico y sangrante y la infiltración llegaba hasta los huesos; por eso tuvieron que extirparle el útero y los médicos no le daban más que cinco años de vida. Anteriormente Rafaela había sido internada por cuatro episodios abortivos incompletos. Estando internada en el Hospital de la Mujer Berta Salomón, reconocido por su alta especialización, el domingo 29 de abril de 1990, luego de orar con gran devoción, junto a al Hno. Alex Zepeda, de la congregación lasaliana, dos novenarios de oraciones con invocaciones a los hermanos mártires, repentinamente sufrió intensos dolores en el bajo vientre, con expulsión desde la vagina de un gran coágulo lleno de sangre. Inmediatamente sintió una notable mejoría, que prosiguió durante meses y años sucesivos hasta llegar a su curación completa. Diez años después se encontraba totalmente restablecida, con una curación total que se ha considerado milagrosa, es decir sin inexplicable desde el punto de vista médico. Así lo consideraron primero los médicos que trataron a la señora en Nicaragua y posteriormente el colegio de médicos que trató el caso en el Vaticano.

     De esta forma se dio curso a la canonización que se concretó el 21 de noviembre de 1999. En la ceremonia que elevó a los altares a 12 nuevos santos, el Papa Juan Pablo II señalo que los lasalianos fusilados por las milicias comunistas españolas en vísperas de la Guerra Civil son “modelos de vida cristiana e intercesores nuestros ante Dios”.

     Durante la homilía, pronunciada en italiano, español y catalán, el Santo Padre señaló que el reinado de Cristo se va construyendo ya en esta tierra mediante el servicio al prójimo, luchando contra el mal, el sufrimiento y las miserias humanas hasta aniquilar la muerte” “Este es el compromiso, prosiguió el Papa, que animó al Hermano Cirilo Bertián y a sus siete compañeros hermanos de las escuelas cristianas del colegio “Nuestra Señora de Covadonga”, que habiendo nacido en tierras españolas y uno de ellos en Argentina, coronaron sus vidas con el martirio de Turón. La ceremonia contó con la presencia del Vicario General de la Congregación, Hnos. Genaro Sáenz de Ugarte, del religioso lasaliano Hno. Telmo Meirone, Provincial de Principal de la Comunidad, de José (Pepe) Valdivielso, hermano mayor de San Héctor, de Pedro Valdivielso y su esposa Sonia, sobrinos del santo, del presidente Saúl Menen y una nutrida delegación que viajó al efecto desde Argentina.

     Mientras se cumplía la ceremonia en el Vaticano, en Buenos Aires se celebraban misas en la iglesia de San Nicolás de Bari y en la capilla del Colegio de La Salle, en Riobamba 650. Días después todos regresaban a Buenos Aires, donde se celebrarían nuevos actos de agradecimiento. Pero esta vez los viajeros no volvían solos, retornaban con las reliquias del Hermano Benito de Jesús, San Héctor. La Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, inmediatamente de conocer la proximidad del venturoso acontecimiento, tomó contacto con las autoridades de la Congregación, en la persona del Hno. Telmo Meirone, exponiendo el deseo que, dentro de los actos oficiales, pudiera incluirse la celebración de una Misa de Campaña en la calle Treinta y Tres, frente al solar donde estuvo la casa natal de nuevo santo, en cuyo frente se colocaría una placa destacando el hecho. La cálida acogida del Hno Telmo, la aceptación de en nuestra idea, la declaración de Interés para la ciudad, que brindó la Legislatura porteña, la adhesión del Gobierno de la Ciudad a través de la Comisión para la Preservación del Patrimonio y la Secretaría de Acción Cultural, la participación de la comunidad de la iglesia de San José de Calasanz encabezada por su Párroco, R.P. José Antonio Gimeno y del vecindario en general, permitió vivir, el. 4 de diciembre de 1999 un momento de verdadera emoción cuando arribó la delegación de Hermanos que portaban la urna con las reliquias de San Héctor, para presidir la ceremonia religiosa.

     Las reliquias, nombre que reciben los restos óseos de los santos, llegaron a Buenos Aires traídas por el Hno. Rodolfo Meoli, Postulador de la causa. Por ser Buenos Aires tierra de nacimiento, conservará el cráneo, que luego de recorrer los institutos lasalianos en el país, se venera en la capilla del Colegio La Salle. También el hueso radio de su brazo derecho, significativo de su rol de educador.
     Así finaliza la leyenda de San Héctor. Telmo en su libro se pregunta ¿Está volviendo el Hermano Héctor Valdivielso a su patria Argentina? Y se contesta:
Y a uno le vuelve la frase tanguera de “Como va a estar volviendo, si nunca se fue”.
Finalizando: Y ahora, por la gracia de Dios está como Hermano de Todos, para protección y bendición de Dios.
De Boedo a San Pedro. Y de San Pedro a Boedo.


     Mi agradecimiento al Hermano Telmo Meirone, primer biógrafo en nuestro país de San Héctor, a Xandrú Glez Lada, actual vecino de Urbiés, a Marcelino Escudero García, historiador español que está trabajando sobre el tema de los grupos mineros, a miembros de la Comunidad Lasaliana en Argentina y descendientes de Héctor Valdivielso. Horas sentado frente a la pantalla del ordenador, permitieron obtener, tras la lectura de decenas de páginas, imposibles de citar en su totalidad, valiosos datos que solo mínimamente se vuelcan en esta monografía

Aníbal Lomba
Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo (Argentina)
Enero de 2010

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