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GIL, Antonio Mamerto (“El gauchito”)

 
 

   De la rama de un algarrobo lo colgaron de los pies, cabeza abajo, y lo degollaron. La tierra bebió su sangre y el alma se fue tras ella. Por eso, el día de su muerte, cada 8 de enero, se celebra su “cabo de año” en el mismo lugar donde fue asesinado. Allí, a ocho kilómetros de la ciudad de Mercedes, provincia de Corrientes, y a la vera de la Ruta Nacional 121, recibe el agradecimiento de cientos de miles de personas que conocieron su bondad. Lo grandioso de ese gaucho hijo de españoles, de piel blanca, profundos ojos grises y gran valor, es que, luego de su injusta y cruel sentencia, volvió a vivir en su pueblo convirtiéndose en intermediario entre el hombre y dios.

Gil Núñez era un gaucho de Pay Ubre, nombre con el que antiguamente se reconocía a la zona de Mercedes, provincia de Corrientes. Había nacido un 12 de agosto de año poco preciso, aunque se estima que fue alrededor de 1847.

Pese a que de su niñez se tienen escasas referencias, su árbol genealógico indica que sus abuelos materno y paterno ocuparon cargos importantes en los hechos históricos de la época que les tocó vivir. Uno de ellos fue Ramón Gil de la Cuadra, político madrileño que, al triunfo de los constitucionalistas en España, en 1820 lo nombraron ministro de Ultramar. Tal circunstancia, le permitió recorrer el Nuevo Mundo en estudio de las Ciencias Naturales. Fue aquí en Sudamérica que, de una relación con una compatriota suya, tuvo un hijo: José, el padre de Antonio.
Por su parte, la madre era hija del general venezolano Carlos Núñez, quién, aunque descendiente directo de españoles, abrazó la causa de la Independencia y sirvió a las órdenes de Simón Bolívar, con el que tomó parte en numerosos combates. Siendo coronel, dirigió la batalla de Zulia y desempeñó varios destinos. En uno de esos lugares asignados formó pareja con una paisana: de esa unión nació una niña. Encarnación, la mamá de Antonio.

Gaucho Alzado: Dueño de un rico vocabulario castellano gracias a las enseñanzas de su madre, cuentan que aunque era un hombre reservado y de medir sus palabras, Antonio se sentía tan seguro al hablar como domando un potro. Un día la casualidad lo cruzó con Estrella Díaz Miraflores, viuda y heredera del establecimiento La Valencia, en donde él trabajaba. Viuda y con una hija carecía de todo permiso social para rehacer su vida, según las costumbres de la época. (narrado directamente por Anabel Miraflores, la hija de Estrella, fallecida en 1961 a la edad de 101 años). La empatía fue instantánea, pero la relación que tuvieron Antonio y Estrella fue severamente cuestionada por los dos tíos de Anabel; para colmo el sargento del pueblo también le arrastraba el ala que despechado comenzó a perseguir a Gil provocándolo constantemente. El policía, lo acusa injustamente de “atentar contra la autoridad” y manda a arrestarlo por la milicia. Antonio decidió entonces abandonar la estancia alistándose en el ejército federal bajo las órdenes del general Madariaga en la infame y sangrienta guerra contra el Paraguay. Cinco años duró el infierno. Estando de regreso y todavía “bajo bandera”, fue nuevamente convocado por uno de los jefes liberales. Antonio Gil no le encontró sentido seguir al coronel liberal Juan de la Cruz Zalazar, quien además de ser el jefe departamental de Mercedes, era propietario de un campo del lugar. Junto con dos compañeros emprendió la fuga a partir de ese momento se transformó en “gaucho alzado”, desertor y cabecilla de su propia banda.
Para poder ser libre, vivió errante y huyendo permanentemente de la “autoridad”, recorrió los departamentos de San Martín, Paso de los Libres (por entonces llamado San Jorge) y Mercedes, donde se apropiaba de animales para poder comer y acosando al que cometía injusticias. Esto lo convirtió en un hombre muy querido y respetado gracias a su generosidad de espíritu, ya que defendía y ayudaba materialmente al desvalido.
Así transcurrió casi un año, hasta que en la siesta de un 8 de enero fue casualmente sorprendido por una partida del ejército en Rincón de San Jorge (hoy Paso de los Libres). Se ordenó su traslado a Goya, donde por una razón de competencia jurisdiccional debía ser juzgado. Partieron en la mañana de un 8 de enero. Se calcula que fue en el año 1874: Antonio tendría aproximadamente 27 años de edad. La partida que conducía al preso hacia Goya se detuvo a ocho kilómetros de Mercedes, en el cruce de una picada, y colgándolo por los pies de un algarrobo lo degollaron bárbaramente. Dicen que lo colocaron en esa posición para evitar el poder de su mirada.
No obstante, dirigiéndose al que portaba el cuchillo, Antonio, pronunció sus últimas palabras:
“Cuando vuelvas a tu casa, encontrarás a tu hijo muy enfermo, pero si mi sangre llega a Dios, juro que volveré en favores para mi pueblo”
Acto seguido, obedeciendo la voz de mando, el soldado le cortó el cuello. El hombre que lo degolló cavó un pozo en el charco de sangre y enterró el cuerpo. Todavía era de mañana cuando la comisión siguió viaje a Goya, llevando en la alforja del comandante, la cabeza del prisionero ejecutado

La profecía cumplida. Primer milagro
Cuenta la leyenda que once días después, al regresar la partida a Mercedes, ya todos habían olvidado al Gauchito. Aquel no fue más que otro “ajusticiamiento” entre los tantos que se practicaban en la región. Pero al entrar el verdugo en su casa, se encontró con la esposa desesperada debido a que su único hijo estaba muy enfermo, “hirviendo de fiebre” y al borde de la muerte.
Ya se había cumplido el primer presagio anunciado por el Gauchito. Ante el cuadro, acordándose de las palabras de éste, como última posibilidad, decidió regresar a su tumba. Mil veces le rogó a Gil que le devolviera la salud a su hijo. Pasó la noche, llegó el alba, se dirigió a su casa, todo estaba en calma; por un momento pensó en lo peor. Su esposa dormía sentada en una silla, apoyando una de las manos sobre los pies del niño enfermo. Corrió hasta él y al tocarle la frente se dio cuenta que su temperatura había bajado a un nivel normal. Su hijo había sanado cuando nadie lo esperaba. De la misma forma que vino, la fiebre se fue.
Feliz, armó una cruz de ñandubay y, cargándola él sobre su espalda, llevó a pie hasta la sepultura del gaucho que lo había ayudado. Esa fue la cruz -Curuzú Gil- que le dio nombre al lugar y ése el primer milagro concedido por el Gauchito Gil, a partir del cual la gente de Mercedes y la de los pueblos aledaños comenzó a llegar hasta la tumba para pedirle favores y, una vez concedidos, regresar con un presente en señal de agradecimiento.

Los Speroni, dueños del campo donde se levantaba la cruz temiendo que la profusión de velas de los promesantes provocaran un incendio, la hicieron trasladar al cementerio de Mercedes; pero entonces, una sequía castigó la estancia y otras calamidades personales se abatieron sobre la familia, hasta que la cruz fue restituida a su lugar original. Los mismos propietarios construyeron un oratorio, al que se hicieron mejoras posteriormente.

Los santuarios dedicados a Gil están adornados con multitud de estandartes rojo punzó o carmesí, lo cual según algunos simboliza la sangre derramada, aunque generalmente se relaciona con su pertenencia al partido federal o colorado. Otro aspecto sugestivo es que la celebración del 8 de enero se ha convertido en una gran fiesta criolla, con cuadreras, doma, taba y comidas típicas, donde la música y el baile del chamamé expresan la alegría colectiva.

Cuando la leyenda afirma que Antonio Mamerto Gil Núñez fue un Robin Hood de lo esteros no se refiere exactamente a que hacía lo mismo que el inglés, ya que Gil nunca fue ladrón ni asaltante.
Además, en aquellos tiempos, y sobre todo por esos caminos, no circulaban reyes ni nobles (de vergonzosa reputación) con tesoros en sus carruajes, como sí tuvo, supuestamente, oportunidad de encontrar Robin Hood. Todo en ese entonces era muy austero y, cuando había que transportar valores, se hacía con una poderosa custodia militar. Gil no era jefe de ninguna banda. Pero la comparación entre Antonio Gil y Robin Hood surge inevitable ante la gran cantidad de casos de ayuda que el correntino les brindó a los más necesitados, auxilio que consistía en dar comida a los hambrientos, sanaciones a los enfermos desahuciados y un brazo justiciero a favor de las víctimas de atropellos. Ah, hay otra diferencia, “el Mamerto”, es nuestro y nacional, que no es poca cosa.


Bibliografía
Tránsito Galarza. “Los Poderes del Gauchito Gil”. Nuestro primer santo telúrico. Latino SA. Marzo de 1991. Algarrobo 881. Buenos Aires.
Chumbita, Hugo. “Bandoleros Santificados”. Todo es Historia 340, noviembre 1995

Ricardo Lopa

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