A metros de
San Juan y Boedo, camino a Pompeya, uno
de los comercios que los antiguos vecinos
ya tienen incorporado en su memoria visual,
atesora algo más que las máquinas
de coser que pueden verse a través
de los cristales de su frente vidriado:
se trata de la cuarta generación
de una familia testigo de la historia cotidiana
de Boedo.
El comercio es un amplio pasillo. A la izquierda
y la derecha hay máquinas de coser
con sus respectivas mesas. Ordenadas, prolijas,
en exhibición. Sobre las paredes
se ven varias estanterías. Al fondo,
el mostrador. Allí, en una visita
mañanera, nos atiende Boris Lusterman,
hijo de Moisés, el fundador de la
firma, padre de Rodrigo y abuelo de Adriana
y Fabio. En otras palabras, cuatro generaciones
de trabajadores y vecinos.
Con sus 81 años, guarda una lucidez
envidiable. Con voz suave y tono calmo,
nos invita a pasar a una de las oficinas
del comercio. Mientras caminamos hacia allí
visualizamos decenas de diplomas, desde
el otorgado por la Junta de Estudios Históricos
del barrio hasta los entregados por diferentes
entidades comunitarias y asociaciones de
comerciantes que han premiado en distintos
tiempos la labor de los Lusterman.
El comienzo
Toda gran historia de vida tiene un inicio,
y en este caso nos referimos al dónde
y al cuándo: Boedo, 1939. Allí
comenzó el relato que continúa
hasta nuestros días. Moisés,
quien sería con los años uno
de los miembros fundadores de la Asociación
Amigos del Barrio de Boedo, primera institución
que agrupó a los comerciantes del
barrio, llegó a éste alquilando
el local donde actualmente trabaja su descendencia.
“Luego de cuarenta años finalmente
lo compramos”, repasa Boris.
¿Por qué ese sitio? “Como
aquí, en esta cuadra, existía
un cine, el Nilo donde actualmente se encuentra
Casa Rodó, (una placa emplazada por
la Junta de Estudios Históricos de
Boedo da cuenta de aquel entonces) y en
aquel momento la gente iba mucho al cine;
la obsesión de mi viejo era que cuando
la gente salíera del cine iba a ver
el negocio familiar”.
“Éramos mi padre, mi madre
y mi hermana, fallecida tempranamente. Seguimos
como pudimos. Mi viejo era corredor de la
compañía Singer, trabajaba
llevando máquinas de coser a domicilio
en la zona de Mataderos”, añade
Boris.
Hombre de industria
“Comenzamos vendiendo maquinas para
hogares”, rememora sobre la década
del cuarenta, cuando de joven empezó
a ayudar a su padre pintando pies de las
maquinas. “Luego industrializamos
el local: empezaba a surgir en el país
una precaria industria de la confección.
Entonces quisimos acompañar”.
“Era muy populoso Boedo. Hoy esta
cuadra, entre San Juan y Cochabamba, perdió
el esplendor de antes. La época del
año 2000 hizo estragos. Muchos locales
de esta cuadra cerraron. En cambio la zona
entre San Juan e Independencia floreció”,
reflexiona. De todos modos, aclara, que
se trata de una zona de bares y restaurantes.
“Quiero mucho a mi país, Yo
soy defensor de la industria argentina”,
afirma como buen aprendiz de un movimiento
que creció teniéndolo como
uno de los referentes en el barrio. “Es
necesario tener abiertas las puertas de
las fábricas, reivindica Lusterman
porque de seguirr así “vamos
a tener cosas baratas pero a la gente sin
trabajo.
Hombre de barrio
“Sí, es verdad, tengo bastante
memoria”. Boris es humilde, pero en
realidad tiene un recuerdo preciso. Durante
la charla, entre calle y calle, repasa cómo
era el Boedo de hace décadas, sus
cines, sus bares y restaurantes. En definitiva,
donde transcurrió la mayor parte
de su vida, como trabajador y vecino.
“Nosotros no íbamos al centro,
nos quedaba lejos, permanecíamos
en el barrio, recorriendo la avenida Boedo.
Empezábamos en Cochabamba y terminábamos
en Independencia”. A lo largo de este
trayecto familiar esperaban bares, charlas
con vecinos y el disfrute de sentirse en
casa.
Acto seguido, asoma la revisión:
“Teníamos cuatro cines, Los
Andes, donde hoy está el supermercado
Coto; el Nilo, frente a nuestro comercio;
donde está la farmacia Suiza (Boedo
entre Carlos Calvo y San Juan) el cine Moderno;
Boedo, entre Carlos Calvo y San Ignacio
tenía al cine Alegría; y el
cine Cuyo donde está ahora la Iglesia
Visión de Futuro, (en San Ignacio
y Boedo)”.
Buenos Aires y Boedo en camiseta
Boris fue testigo de los distintos periodos
de crecimiento de la ciudad de Buenos Aires.
Según recuerda, a mediados del siglo
pasado, “hubo un boom de construcción,
como se ve de acelerado ahora. Sin embargo,
Boedo no fue parte de ese movimiento. Antes,
mirábamos un edificio de siete pisos
con admiración; nos quedaron las
casas bajas”.
Sobre la vida cotidiana de aquel entonces,
Boris recuerda a sus amigos de barrio, “la
barra”: “Éramos conocidos
de la cuadra y del barrio, íbamos
a caminar, a ver a las chicas, a comer por
Boedo; había más vida familiar,
más reuniones”.
También, rememora sus años
como socio del Club San Lorenzo, donde disfrutaba
de la pileta y la gimnasia. “Me acuerdo
de los bailes que se hacían. Había
bajo las gradas un salón hermoso,
allí tocaban orquestas de tango y
grupos de jazz, como se estilaba en aquel
entonces”, cuenta Boris. “Veníamos
caminando por avenida La Plata o por cualquier
calle, no se nos ocurría que alguien
nos podía asaltar”, añade.
En tanto, las fiestas populares tuvieron
su capítulo aparte en la historia
cotidiana de Boedo: “Eran fantásticos
los carnavales, la gente compraba entradas
para ver a las murgas en el cine Nilo, había
actuaciones en el escenario con chistes
y puesta en escena, una especie de teatro
de revistas actual con murgueros maquillados
y arreglados”. “Es más,
un empleado de mi viejo hacia unos pesos
tocando en la murga”, evoca Lusterman.
En las calles, “jugábamos con
serpentinas y papel picado, luego se usó
un lanza-perfume, que era toda una novedad;
los niños y niñas disfrazados
caminaban por la avenida, se ponían
luces y los vecinos disfrutaban recorriendo
Boedo desde media tarde hasta la medianoche,
terminaban bastante temprano”.
De aquel tiempo, cuenta Boris, quedan amigos
de la barra. “Nos juntamos todavía”,
afirma, como si fuera ayer lo que nos cuenta.
Y en cierta forma lo es. Las palabras de
Boris son una especie de hilo conductor
que finaliza por zurcir un retazo de recuerdos,
de vivencias. Su memoria fresca nos ayuda
a recrear en nuestra mente aquello que sucedió
en estas mismas calles, en este barrio que
habitamos hoy. Frente a la pérdida
de identidad, al avance del supuesto progreso,
la voz pausada y calma de Boris es un freno
al sinsentido; una forma de volver a las
raíces y pensar en todos aquellos
que hicieron de Boedo el barrio que disfrutamos
en la actualidad. Cuatro generaciones de
Lusterman confirman que mantener la identidad
de este barrio es posible.
Juan Castro
ww.nuevociclo.com.ar
Producción
Propia
Más
noticias
|