Boedo,
Buenos Aires, marzo de 2010
CRÍTICA
CINEMATOGRÁFICA
Escribe: Josefina Peralta
( Especial para www.nuevociclo.com.ar)
El decimocuarto
Dalai Lama, guía temporal y espiritual
del Tíbet, propuesto en 1989 al Premio
Nobel de la Paz, ejerce su liderazgo desde
el exilio. Uno de sus intereses es el diálogo
interreligioso entre Oriente y Occidente.
Su libro, “El Universo en un sólo
átomo”, ofrece antes del prólogo,
una cita de un antiguo escrito budista que
dice “En cada átomo de los
dominios del universo existen infinitos
sistemas solares”. Algo que la película
infantil Horton y el Mundo de los Quien
(Horton wears a Who, en su título
original) supo metaforizar maravillosamente,
en la historia de un elefante que quiere
proteger el mundo de unos seres microscópicos
que viven en una partícula, y para
los que esa partícula es el mundo,
y la voz del elefante que les llega desde
el espacio exterior es como la voz de Dios.
En esta
idea lo que subyace es que todos somos parte
de otra cosa mayor, aunque no lo sepamos.
Y que en el fondo, todos somos Uno. Es una
idea extraña para la mente occidental,
acostumbrada a dividir, a parcelar, a designar
y a categorizar. Pero no lo es tanto para
la sabiduría oriental, que a través
de distintas aproximaciones místicas,
han llegado a intuir ese Ser Uno esencial.
Hoy estas
intuiciones filosóficas, estas vías
místicas o espirituales de llegar
al conocimiento sobre las preguntas últimas
(quien soy, de qué está hecho
el Universo, qué es el tiempo), están
convergiendo con miradas hasta hace unas
décadas situadas en veredas opuestas.
El discurso científico y el religioso
parecerían estar aproximándose.
Uno de los factores de este diálogo
es el nuevo paradigma de la física
cuántica que está sustituyendo
al de la física newtoniana, y el
paradigma de la nueva ecología que
está sustituyendo al de la biología
y geología clásicos. Es imposible
entender para un lego, los complicadísimos
razonamientos matemáticos que sostienen
a la mecánica cuántica, pero
basta decir, para intuir la enormidad del
asunto, que una de sus proposiciones es
que algo puede ser dos cosas al mismo tiempo:
Un electrón puede ser onda o puede
ser partícula… al mismo tiempo!
Este asombroso descubrimiento, que pone
patas para arriba todo el conocimiento científico
desde los griegos para adelante, nos dice
que un principio lógico tan obvio
(fijado por Aristóteles, por otra
parte) como el del tercero excluido (algo
es o no es, y no hay una tercera opción)
puede llegar a ser falso.
De
todo esto habla la película de los
Coen, “Un hombre serio”. Como
muchas de las películas de estos
hermanos talentosísimos, tiene un
tono entre amargo y de humor negro. La historia
comienza con un prólogo que nos muestra
una escena en yiddish, en una casa de hace
siglos, entre un esposo, su mujer y un extraño
que no se sabe si es un ser de carne y hueso
el (dybbuk) espíritu maligno que
ha tomado el cuerpo de un hombre muerto
tres años atrás. Esta escena
no vuelve a mencionarse ni retomarse en
el resto de la película y sólo
podemos conjeturar cuál es el sentido
que los directores quisieron darle: Ahí
se introducen con un registro diferente,
los mismos temas que se desarrollaran in
extenso en el film.
Luego
de este prólogo oscuro, y de los
títulos, la película abre
en la década de 1960, en un suburbio
de Minneapolis. Los protagonistas pertenecen
todos a la comunidad judía. El protagonista
es Larry Gopnik, un profesor que está
entregado a la enseñanza de la Física
Cuántica a sus alumnos secundarios
(este dato no es menor, por lo dicho más
arriba). Vemos al principio del film una
secuencia de lo que parece ser un examen
médico que culmina con el doctor
informándole al protagonista que
su salud es excelente. Larry es un hombre
que en un nivel de análisis limitado
al psicoanálisis podríamos
calificar como neurótico, apegado
a reglas, sumiso, incapaz de rebelarse,
y que empieza a sufrir una serie de contratiempos
que van pasando de castaño a oscuro:
Su hija le roba, obsesionada por operarse
la nariz, su hijo de 13 años sufre
amenazas mafiosas por no pagar una deuda
de drogas, su mujer está a punto
de dejarle por su mejor amigo, un alumno
lo chantajea al mismo tiempo que intenta
sobornarlo, su hermano, que vive con él,
se dedica al juego y a la pornografía
sin que él lo sepa. El novio de su
mujer muere y él debe pagar su sepelio,
más los abogados del divorcio, más
lo de su hermano. Esto lo pone en aprietos
financieros. Para colmo de males, alguien
está enviando al Comité de
la Universidad cartas difamatorias sobre
él.
Larry
acepta estos inconvenientes con humildad,
y sólo preguntándose por qué
todo le pasa a él. En busca de esa
respuesta (la respuesta de Job), empieza
a deambular por las oficinas de los rabinos,
como cualquiera deambularía hoy por
los consultorios de los psicólogos.
Su ira no estalla nunca, permanece contenida,
a lo sumo parece que en un momento su equilibrio
emocional está a punto de quebrarse,
pero nunca se enoja, nunca se queja. Es
un alter ego del esposo de la primera escena,
que le cuenta a su mujer sólo los
lados buenos de todo lo malo que le pasó
en el día.
Es
que la película ofrece varios niveles
de lectura: El religioso, en el que los
Coen parecen hablarnos de Job, el personaje
bíblico al que Dios somete a toda
clase de pruebas para testear su fe. Y multitud
de citas bíblicas que para el profano
serán pasadas por alto pero quienes
estén versados en los temas de la
religión y la iconografía
bíblica sabrán captar.
El psicoanalítico,
que hace que nos preguntemos por qué
diablos Larry no explota nunca y se traga
toda su ira, aceptando todo lo que los demás
hacen con él con una resignación
casi neurótica. En este nivel, podría
pensarse que esta manera de encarar la vida
finalmente le jugará una mala pasada,
cobrándosela a través de su
cuerpo. Que las consecuencias de no expulsar
el enojo hacia el mundo resultan en estrés
y el estrés trae enfermedades. Pero
en un nivel más profundo no queda
claro si ésto es verdaderamente así,
o si, como parece plantearlo la filosofía
New Age, el pensar optimistamente hace realmente
que las cosas buenas sucedan. Ken Wilber,
un filósofo americano contemporáneo
sostiene que ambos enfoques pueden ser correctos,
e incluso complementarios, porque operan
en diferentes niveles de conciencia.
El
místico, que resulta en este caso
sostenido por el discurso de los rabinos,
que lo instan a aceptar la vida tal como
es dada, sin preguntarse por los designios
de Dios. Podría decirse que la alusión
a la Kabbalah opera en este nivel.
Y
el científico, que aparece vehiculizado
por el quehacer de Larry como profesor de
física cuántica, disciplina
que sostiene incluso la visión de
los rabinos. La alusión al gato de
Schrödinger no es casual. No se trata
–como leí en alguna crítica-
de la tradicional contradicción entre
ciencia y fe, sino precisamente, de su convergencia.
El experimento en cuestión (Schördinger
fue uno de los fundadores de la física
cuántica) tiene varias interpretaciones.
Una de ellas sostiene la posibilidad de
la existencia de mundos paralelos, que se
abren en cada posibilidad de elección
de acción de cada partícula.
(Esto, que Borges mismo conjeturó
en El Jardín de los Senderos que
se Bifurcan). En algunas interpretaciones,
estos mundos se anulan unos a otros. Algo
de esto parecería esbozarse (los
misterios de la sincronicidad jungiana)
cuando sabemos que el accidente en el que
pierde la vida Sy y el que sufre Larry ocurren
en el mismo momento. ¿Sus vidas estaban
interrelacionadas a un nivel cuántico?
El
cierre de la película me recordó
la historia del caballo de Ozu: Un niño
viene apenado ante su padre a contarle que
se ha escapado su único caballo,
la única riqueza que poseían.
El anciano padre le responde “quien
sabe?”. Algún tiempo después,
el caballo regresa con otros caballos más.
El niño vuelve a contarle a su padre,
lleno de alegría. Este le responde
“quien sabe”?. Unos días
después, el niño, tratando
de domar uno de los potros salvajes que
han llegado, se cae y se rompe una pierna,
y acude llorando, a ver a su padre. Este
nuevamente le responde: “quien sabe”?.
Finalmente, vienen del Ejército a
reclutarlo, pero no pueden hacerlo porque
está con la pierna rota. La respuesta
del padre es … quien sabe.
Al
final, cada pieza del Universo encaja donde
debe encajar. Por eso todos los finales
son felices. Al final de “Un hombre
serio”, las cosas parecen recomponerse
para Larry, pero la película cierra
con un llamado del médico pidiéndole
lo vaya a ver lo antes posible para conversar
sobre el resultado de las radiografías.
Una
película interesante, que en mucho
recuerda el humor de Woody Allen cuando
retrata la comunidad judía americana.
Un tono que no termina de decidirse si es
de sátira o de melancolía,
de humor negro o de retrato sociológico.
Un nivel filosófico de una profundidad
mística relatada en clave de hombre
común. Temas que están hoy
en las mesas de superación personal
de las librerías de todo el mundo.
No
queda claro si la mirada de los directores
es de burla, de conmiseración o de
apoyo. Quizás –como en la experiencia
de la física cuántica- el
que tenga que decidirlo sea el espectador.
Pero lo que sí hay es respeto, por
los personajes, a los que en ningún
momento se juzga, por la historia que se
narra y por el público, que será
capaz de decodificar, y dar la interpretación
individual que termine de hacer de esta
obra una obra abierta con todas las de la
ley.
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