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Un hombre serio, 2009.
Directores: Joel y Etan Coen

 
 

Boedo, Buenos Aires, marzo de 2010

CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA

Escribe: Josefina Peralta
( Especial para www.nuevociclo.com.ar)

   El decimocuarto Dalai Lama, guía temporal y espiritual del Tíbet, propuesto en 1989 al Premio Nobel de la Paz, ejerce su liderazgo desde el exilio. Uno de sus intereses es el diálogo interreligioso entre Oriente y Occidente. Su libro, “El Universo en un sólo átomo”, ofrece antes del prólogo, una cita de un antiguo escrito budista que dice “En cada átomo de los dominios del universo existen infinitos sistemas solares”. Algo que la película infantil Horton y el Mundo de los Quien (Horton wears a Who, en su título original) supo metaforizar maravillosamente, en la historia de un elefante que quiere proteger el mundo de unos seres microscópicos que viven en una partícula, y para los que esa partícula es el mundo, y la voz del elefante que les llega desde el espacio exterior es como la voz de Dios.

   En esta idea lo que subyace es que todos somos parte de otra cosa mayor, aunque no lo sepamos. Y que en el fondo, todos somos Uno. Es una idea extraña para la mente occidental, acostumbrada a dividir, a parcelar, a designar y a categorizar. Pero no lo es tanto para la sabiduría oriental, que a través de distintas aproximaciones místicas, han llegado a intuir ese Ser Uno esencial.

   Hoy estas intuiciones filosóficas, estas vías místicas o espirituales de llegar al conocimiento sobre las preguntas últimas (quien soy, de qué está hecho el Universo, qué es el tiempo), están convergiendo con miradas hasta hace unas décadas situadas en veredas opuestas. El discurso científico y el religioso parecerían estar aproximándose. Uno de los factores de este diálogo es el nuevo paradigma de la física cuántica que está sustituyendo al de la física newtoniana, y el paradigma de la nueva ecología que está sustituyendo al de la biología y geología clásicos. Es imposible entender para un lego, los complicadísimos razonamientos matemáticos que sostienen a la mecánica cuántica, pero basta decir, para intuir la enormidad del asunto, que una de sus proposiciones es que algo puede ser dos cosas al mismo tiempo: Un electrón puede ser onda o puede ser partícula… al mismo tiempo! Este asombroso descubrimiento, que pone patas para arriba todo el conocimiento científico desde los griegos para adelante, nos dice que un principio lógico tan obvio (fijado por Aristóteles, por otra parte) como el del tercero excluido (algo es o no es, y no hay una tercera opción) puede llegar a ser falso.

    De todo esto habla la película de los Coen, “Un hombre serio”. Como muchas de las películas de estos hermanos talentosísimos, tiene un tono entre amargo y de humor negro. La historia comienza con un prólogo que nos muestra una escena en yiddish, en una casa de hace siglos, entre un esposo, su mujer y un extraño que no se sabe si es un ser de carne y hueso el (dybbuk) espíritu maligno que ha tomado el cuerpo de un hombre muerto tres años atrás. Esta escena no vuelve a mencionarse ni retomarse en el resto de la película y sólo podemos conjeturar cuál es el sentido que los directores quisieron darle: Ahí se introducen con un registro diferente, los mismos temas que se desarrollaran in extenso en el film.

    Luego de este prólogo oscuro, y de los títulos, la película abre en la década de 1960, en un suburbio de Minneapolis. Los protagonistas pertenecen todos a la comunidad judía. El protagonista es Larry Gopnik, un profesor que está entregado a la enseñanza de la Física Cuántica a sus alumnos secundarios (este dato no es menor, por lo dicho más arriba). Vemos al principio del film una secuencia de lo que parece ser un examen médico que culmina con el doctor informándole al protagonista que su salud es excelente. Larry es un hombre que en un nivel de análisis limitado al psicoanálisis podríamos calificar como neurótico, apegado a reglas, sumiso, incapaz de rebelarse, y que empieza a sufrir una serie de contratiempos que van pasando de castaño a oscuro: Su hija le roba, obsesionada por operarse la nariz, su hijo de 13 años sufre amenazas mafiosas por no pagar una deuda de drogas, su mujer está a punto de dejarle por su mejor amigo, un alumno lo chantajea al mismo tiempo que intenta sobornarlo, su hermano, que vive con él, se dedica al juego y a la pornografía sin que él lo sepa. El novio de su mujer muere y él debe pagar su sepelio, más los abogados del divorcio, más lo de su hermano. Esto lo pone en aprietos financieros. Para colmo de males, alguien está enviando al Comité de la Universidad cartas difamatorias sobre él.

     Larry acepta estos inconvenientes con humildad, y sólo preguntándose por qué todo le pasa a él. En busca de esa respuesta (la respuesta de Job), empieza a deambular por las oficinas de los rabinos, como cualquiera deambularía hoy por los consultorios de los psicólogos. Su ira no estalla nunca, permanece contenida, a lo sumo parece que en un momento su equilibrio emocional está a punto de quebrarse, pero nunca se enoja, nunca se queja. Es un alter ego del esposo de la primera escena, que le cuenta a su mujer sólo los lados buenos de todo lo malo que le pasó en el día.

    Es que la película ofrece varios niveles de lectura: El religioso, en el que los Coen parecen hablarnos de Job, el personaje bíblico al que Dios somete a toda clase de pruebas para testear su fe. Y multitud de citas bíblicas que para el profano serán pasadas por alto pero quienes estén versados en los temas de la religión y la iconografía bíblica sabrán captar.

   El psicoanalítico, que hace que nos preguntemos por qué diablos Larry no explota nunca y se traga toda su ira, aceptando todo lo que los demás hacen con él con una resignación casi neurótica. En este nivel, podría pensarse que esta manera de encarar la vida finalmente le jugará una mala pasada, cobrándosela a través de su cuerpo. Que las consecuencias de no expulsar el enojo hacia el mundo resultan en estrés y el estrés trae enfermedades. Pero en un nivel más profundo no queda claro si ésto es verdaderamente así, o si, como parece plantearlo la filosofía New Age, el pensar optimistamente hace realmente que las cosas buenas sucedan. Ken Wilber, un filósofo americano contemporáneo sostiene que ambos enfoques pueden ser correctos, e incluso complementarios, porque operan en diferentes niveles de conciencia.

     El místico, que resulta en este caso sostenido por el discurso de los rabinos, que lo instan a aceptar la vida tal como es dada, sin preguntarse por los designios de Dios. Podría decirse que la alusión a la Kabbalah opera en este nivel.

     Y el científico, que aparece vehiculizado por el quehacer de Larry como profesor de física cuántica, disciplina que sostiene incluso la visión de los rabinos. La alusión al gato de Schrödinger no es casual. No se trata –como leí en alguna crítica- de la tradicional contradicción entre ciencia y fe, sino precisamente, de su convergencia. El experimento en cuestión (Schördinger fue uno de los fundadores de la física cuántica) tiene varias interpretaciones. Una de ellas sostiene la posibilidad de la existencia de mundos paralelos, que se abren en cada posibilidad de elección de acción de cada partícula. (Esto, que Borges mismo conjeturó en El Jardín de los Senderos que se Bifurcan). En algunas interpretaciones, estos mundos se anulan unos a otros. Algo de esto parecería esbozarse (los misterios de la sincronicidad jungiana) cuando sabemos que el accidente en el que pierde la vida Sy y el que sufre Larry ocurren en el mismo momento. ¿Sus vidas estaban interrelacionadas a un nivel cuántico?

    El cierre de la película me recordó la historia del caballo de Ozu: Un niño viene apenado ante su padre a contarle que se ha escapado su único caballo, la única riqueza que poseían. El anciano padre le responde “quien sabe?”. Algún tiempo después, el caballo regresa con otros caballos más. El niño vuelve a contarle a su padre, lleno de alegría. Este le responde “quien sabe”?. Unos días después, el niño, tratando de domar uno de los potros salvajes que han llegado, se cae y se rompe una pierna, y acude llorando, a ver a su padre. Este nuevamente le responde: “quien sabe”?. Finalmente, vienen del Ejército a reclutarlo, pero no pueden hacerlo porque está con la pierna rota. La respuesta del padre es … quien sabe.

    Al final, cada pieza del Universo encaja donde debe encajar. Por eso todos los finales son felices. Al final de “Un hombre serio”, las cosas parecen recomponerse para Larry, pero la película cierra con un llamado del médico pidiéndole lo vaya a ver lo antes posible para conversar sobre el resultado de las radiografías.

    Una película interesante, que en mucho recuerda el humor de Woody Allen cuando retrata la comunidad judía americana. Un tono que no termina de decidirse si es de sátira o de melancolía, de humor negro o de retrato sociológico. Un nivel filosófico de una profundidad mística relatada en clave de hombre común. Temas que están hoy en las mesas de superación personal de las librerías de todo el mundo.

    No queda claro si la mirada de los directores es de burla, de conmiseración o de apoyo. Quizás –como en la experiencia de la física cuántica- el que tenga que decidirlo sea el espectador. Pero lo que sí hay es respeto, por los personajes, a los que en ningún momento se juzga, por la historia que se narra y por el público, que será capaz de decodificar, y dar la interpretación individual que termine de hacer de esta obra una obra abierta con todas las de la ley.

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